Bajo la mirada equivocada

Capítulo 1

La música llenaba el auto como si quisiera empujar el paisaje hacia atrás. El pop suave que sonaba en la radio hablaba de amores imposibles y finales felices, justo lo que a ella le gustaba imaginar. Tenía quince años, y a esa edad el mundo todavía parecía un ensayo general del día en que la vida de verdad empezaría.

—Bájale un poco, que me vas a dejar sordo —dijo su padre, sin dejar de sonreír.

—No exageres, papá —respondió ella, riéndose mientras subía apenas un poco más el volumen.

Su padre negó con la cabeza, pero no volvió a insistir. Ella sabía que él disfrutaba esos momentos: el sol entrando en el parabrisas, el olor de la panadería que acababan de dejar atrás, y la ilusión de que la rutina era una cosa amable y predecible.

Ella sacó la mano por la ventana y sintió el aire chocarle los dedos como si fueran alas. No podía evitarlo: siempre que escuchaba música imaginaba escenas, vestidos largos, escaleras brillantes y un príncipe que la miraba como si fuera la única mujer del salón. Un príncipe alto, claro. Y que oliera bien. Y que supiera bailar. Aunque ella sabía —con esa mezcla de ingenuidad y premonición adolescente— que en la realidad los príncipes hablaban poco, trabajaban mucho y no sabían coordinar los pies.

—Cuando tenga dieciocho, voy a viajar —dijo ella de pronto, como quien lanza una flecha sin saber a dónde va a caer.

—¿Ah, sí? ¿Y con qué plata, princesa? —preguntó su padre, fingiendo preocupación.

—No sé. Con la mía. Con la que voy a ganar cuando me contraten como… —hizo una pausa dramática— …como diseñadora de moda.

—Claro, sí, ya veo las pasarelas gritando tu nombre. —miró la carretera— “¡A un lado, París, que viene mi hija!”

Ella se rió. No importaba si él no lo creía del todo. Bastaba con que se lo dijera con esa voz que hacía todo parecer posible.

A tres metros de distancia, nadie habría imaginado que en ese pequeño auto gris viajaban los restos de un futuro que todavía no había llegado, pero que ya estaba construido dentro de la cabeza de una niña de quince años.

—¿Y tú cómo sabías que querías estar con mamá? —preguntó ella.

El padre levantó una ceja.

—¿Qué pregunta es esa?

—Una seria. Quiero saberlo. ¿Fue como en las películas?

—No, no fue como en las películas. —sonrió— Fue peor. Tropezamos uno con el otro en un pasillo del hospital, ella cargaba unos papeles, se le cayeron, yo los recogí, nos quedamos viendo y dijimos algo muy romántico como: “Perdón”. Y así empezó.

—Qué trágico —dijo ella, rodando los ojos—. Qué historia tan… pasional.

—Bueno, la pasión vino después. —y guiñó un ojo.

Ella volvió la mirada hacia la ventana. El cielo estaba medio apagado, pero todavía tenía luz suficiente para hacerle creer que el día estaba lleno de promesas.

La canción cambió. Ahora sonaba algo más lento, una voz masculina cantando sobre encontrar el amor en el momento menos esperado. Y ella imaginó otra vez ese salón de baile, esta vez con lámparas grandes y flores blancas. Imaginó su vestido moviéndose, las luces reflejándose en los cristales, y la mano de alguien llevándola hacia el centro.

No vio el camión aparecer por la izquierda. Ni escuchó el frenazo primero. Solo sintió que la música se cortaba y el mundo se inclinaba hacia adelante como un cuadro mal colgado.

El golpe fue un sonido seco, metálico, absurdo.

El vidrio estalló como lluvia.

Su cuerpo voló sin moverse.

Después vino el silencio.

Un silencio que no era ausencia de ruido, sino algo más grande. Un silencio que parecía contenerlo todo: el olor a gasolina, el eco de los gritos, el nombre de alguien que no alcanzó a pronunciar.

Luego, sirenas.

Y la vida, como la había conocido hasta ese momento, dejó de existir.




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