Desde aquella noche del baile, Valeria no podía dejar de pensar en Andrés. Su presencia era magnética: alto, impecable, con esa sonrisa controlada que parecía esconder más de lo que mostraba. Cada palabra que pronunciaba, cada gesto suyo, parecía diseñado para despertar algo en ella: admiración, deseo y una mezcla de fascinación y alerta que no podía ignorar.
Valeria seguía en su silla de ruedas, y aunque su independencia había crecido tras años de rehabilitación, sabía que su vulnerabilidad física podía ser un imán para quienes no entendieran su mundo. La silla, su compañera diaria, era también su escudo y su fuerza, aunque aquella noche se sentía vulnerable frente a la intensidad de Andrés.
El primer contacto después del baile llegó con un mensaje: “Me encantaría verte. Hay un lugar que quiero mostrarte”. Valeria lo leyó y su corazón se aceleró. La curiosidad y la fascinación competían con la prudencia; sabía que no todo lo que parecía halagador era seguro.
Cuando se encontraron, Andrés la recibió con esa mezcla de cortesía y autoridad que parecía controlar el espacio a su alrededor. Cada gesto suyo estaba medido, pero no de forma torpe: era seguro, elegante, convincente.
—Valeria —dijo suavemente—. Me alegra verte fuera del salón. Quiero mostrarte un lugar especial. Solo nosotros dos.
Ella dudó un instante, consciente de su vulnerabilidad y de la intensidad que emanaba él, pero aceptó. Caminó a su lado, sintiendo cómo su presencia lo llenaba todo: su postura, su ritmo, cada movimiento parecía imponer un orden silencioso.
El lugar era elegante y casi intimidante: luces bajas, música suave, un ambiente que combinaba comodidad con una autoridad silenciosa. Andrés la invitó a sentarse mientras servía un trago. Cada detalle parecía cuidadosamente calculado, cada palabra medida para mantener su atención fija.
—Nadie te ha visto como yo te veo —susurró, inclinándose levemente hacia ella—. Nadie. Quiero que confíes en mí.
Valeria sintió cómo sus palabras tocaban las emociones correctas: admiración, cercanía, la sensación de ser comprendida. Su mente, sin embargo, permanecía alerta. La atracción que sentía era intensa, pero había algo que no terminaba de encajar; un instinto silencioso que la mantenía consciente de los límites que no debía cruzar.
—Podría cuidarte —continuó, con suavidad—. Entender tu vida de una forma que nadie más podría.
Era una oferta seductora, casi irresistible, pero Valeria percibió el matiz: no era una propuesta casual, sino una prueba de cómo reaccionaría frente a su influencia. Cada elogio, cada gesto, la hacía sentir visible y poderosa, pero también vulnerable.
Durante los días siguientes, Andrés se volvió constante. Mensajes, llamadas, encuentros que parecían casuales pero siempre cuidadosamente cronometrados. La atención que parecía halagadora comenzaba a envolverla; su presencia se hacía indispensable sin que ella lo notara del todo. La silla, su símbolo de independencia, también la hacía consciente de cada movimiento, de cada espacio que compartían.
Una tarde, mientras compartían un café, Andrés tomó suavemente su mano. No era un gesto romántico, sino una conexión sutil, que pedía reciprocidad. Valeria retiró la mano lentamente, consciente de la tensión que generaba la cercanía, y de la fuerza que debía mantener para no perder su control.
—Valeria —dijo, mirándola directo a los ojos—. Nadie puede comprenderte como yo. Solo déjame mostrarte.
Ella percibió cómo su presencia llenaba la habitación, cómo su magnetismo jugaba con su mente y su corazón. Fascinante y cautivadora, la atención de Andrés era imposible de ignorar, y Valeria se dio cuenta de que cada interacción requería cuidado y estrategia. No podía dejarse arrastrar por la atracción sin mantener sus límites claros.
Esa noche, al regresar a casa y empujar las ruedas de su silla, recordó las palabras de Lucía: “Tu fuerza no está en ser vista, sino en ser consciente de quién tiene acceso a tu mundo”. La lección resonaba más que nunca. La fascinación que Andrés despertaba era peligrosa, pero también reveladora: la hacía consciente de su propio poder, de su autonomía y de la necesidad de mantener el control de su vida.
Mientras las luces de la ciudad dibujaban sombras en su rostro, Valeria comprendió que aquel juego apenas comenzaba. La sonrisa de Andrés era atractiva, intrigante… y un recordatorio de que la línea entre admiración y peligro podía ser delgada. La decisión sobre cómo moverse en ese mundo de encanto y tensión sería suya, y solo suya.
Editado: 11.01.2026