Bajo la mirada equivocada

Capítulo 4

La grieta en el encanto

Valeria no solía mirar su reflejo tanto como esa tarde. No por vanidad, sino por nervios.

Se estaba enamorando. Eso ya no era discutible. Su pecho lo sabía antes que ella.

Cuando el timbre sonó, el corazón se le subió a la garganta como si aún tuviera diecisiete años.

Andrés estaba ahí. Impecable, como siempre. Pero había algo nuevo: un olor sutil a tabaco que no había estado antes, aunque él nunca fumaba en su presencia.

—¿Lista? —preguntó, como si no fuera evidente que él ya tenía un plan.

Valeria asintió.

El trayecto en el coche fue tranquilo, casi demasiado. Andrés manejaba con una concentración que rayaba en lo obsesivo; nunca rebasaba, nunca se distrajo, nunca usó el celular. No era simple precaución. Era control.

Al llegar al mirador, él abrió su puerta primero, rodeó el auto, y ayudó con movimientos calculados. Pero esta vez, Valeria notó algo: su mano tembló apenas cuando la sostuvo por la espalda. Fue mínimo, casi invisible. Como un vibrato dentro de un hombre que no admitía grietas.

La vista desde lo alto era espectacular: la ciudad parecía una constelación derramada sobre la tierra. El viento helado traía el ruido lejano de sirenas, motores, vida.

—No sabía que tuvieras miedo a las alturas —dijo Andrés, acomodando la silla junto a la baranda.

—No lo tengo —respondió ella—. Tengo miedo a caer… es distinto.

Él sonrió, como si hubiera entendido algo que ella no había dicho todavía.

—Yo no te dejaría caer —murmuró.

La frase era tierna, pero había un filo debajo, como una promesa hecha con demasiado énfasis.

Valeria quiso ignorarlo.

Hablaron de libros, de viajes postergados, de cosas que él quería fotografiar. Pero cuando ella le preguntó de su familia, Andrés se cerró sin aviso. No de forma brusca, sino como quien apaga una luz sin explicar por qué.

—No hay mucho que contar —dijo.

Valeria sintió que no era cierto. Lo vio en la mirada: lo que no hay mucho que contar suele ser lo que más pesa.

Cuando la conversación volvió a fluir, él tomó una foto de ella sin pedir permiso. El flash la sorprendió.

—Avísame —protestó, suavemente.

—No puedo —dijo él—. Lo que vale la pena nunca se avisa.

Ella lo miró de reojo. Por primera vez, la frase la rozó distinto. Admiración y alerta en el mismo trazo.

De regreso, algo más ocurrió.

El ascensor del edificio de Valeria estaba dañado. Una cadena y un cartel anunciaban “Fuera de servicio”. Ella soltó un suspiro frustrado.

—No pasa nada —dijo—. Uso la rampa del estacionamiento. Es más largo, pero…

—No —cortó él, firme—. Yo te subo.

La frase no era propuesta, era decisión.

Antes de que ella pudiera objetar, Andrés ya la estaba levantando. Esta vez no hubo suavidad. No hubo la delicadeza de la primera noche. Hubo fuerza seca, apuro, casi ansiedad. La sostuvo como si temiera que algo o alguien fuera a arrebatársela.

Valeria sintió un vértigo inesperado.

—Andrés… me estás apretando —dijo, intentando que sonara ligero.

Él paró un segundo. El músculo del brazo se tensó, luego aflojó. La subió el tramo restante sin hablar.

Cuando al fin la dejó en la silla, respiró hondo, como si volviera de un lugar que ella no conocía.

—Perdón —dijo—. A veces calculo mal.

No era verdad. Andrés calculaba todo de forma milimétrica. Ese error no era físico. Era emocional.

El pasillo quedó en silencio. Andrés se quedó mirándola, con esa mezcla de ternura y algo más oscuro que ella no sabía nombrar.

—No dejes de responder mis mensajes —dijo finalmente.

No era una petición. Era una instrucción.

Valeria sintió un escalofrío que no sabía si era deseo o advertencia.

—No tengo razones para no hacerlo —dijo.

Él sonrió, satisfecho. Un detalle demasiado pequeño para pasar desapercibido.

Cuando se fue, Valeria tardó varios minutos en entrar a su departamento. No porque dudara de lo que sentía… sino porque empezaba a darse cuenta de que hay personas que enamoran con la luz… y otras que enamoran también con la sombra.

Y Andrés tenía ambas.




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