Bajo la mirada equivocada

Capítulo 5

Lo que se apaga lento”

Valeria creyó que el martes pasaría sin más, pero el martes pesaba en el calendario como un recuerdo anticipado. Andrés no escribió en todo el día, hasta que, cerca del anochecer, apareció frente a su edificio con un ramo que no era un ramo: eran flores secas, prensadas, perfectamente conservadas.

—Las flores muertas duran más —dijo él, entregándolas como si fueran algo hermoso en lugar de triste.

No sabía si era una metáfora o una advertencia.

La llevó a un café escondido en la parte antigua de la ciudad. No tenía nombre en la puerta, ni menú en las paredes. Solo una vitrola, olor a madera antigua y mesas que parecían testigos de demasiadas conversaciones.

Cuando entraron, la dueña los miró con una mezcla extraña: sorpresa… y reconocimiento.

—Hacía tiempo —dijo, sin sonreír del todo.

Andrés inclinó la cabeza en un gesto mínimo.

Valeria no entendió, pero sintió que había entrado en un lugar que no le pertenecía todavía.

Durante un largo rato hablaron de cosas pequeñas: música, libros de fotógrafos que Valeria no conocía, ciudades que él había visitado. Andrés hablaba bien, con precisión, sin adornos innecesarios. Pero Valeria notó que evitaba sistemáticamente una sola cosa: el futuro. Nunca decía “vamos”, “iremos”, “cuando tú y yo”. Todo era presente o pasado, como si hacia adelante hubiera niebla.

La dueña trajo café y pastel de almendras sin que ellos pidieran.

—Lo de siempre —dijo, dejando los platos.

Valeria levantó la mirada hacia Andrés.

—¿Vienes mucho aquí?

—Venía —corrigió él—. Hace años que no pasaba.

La dueña lo interrumpió desde la barra:

—Ya no vienes desde… bueno.

No terminó la frase. Andrés tensó la mandíbula.

Valeria sintió la grieta.

Después de pagar, Andrés insistió en acompañarla hasta su departamento. Fueron en silencio por un buen trecho hasta que él se detuvo frente a una vitrina que reflejaba la calle como un espejo.

—No te lo dije antes —empezó, mirando su reflejo en vez de mirarla—, pero lo del salón… yo ya sabía que estarías allí.

Valeria sintió un leve temblor en la espalda.

—¿Cómo?

—Pedí la lista —dijo él, como quien confiesa algo sencillo—. Y pedí a alguien que te asegurara la invitación.

—¿Por qué?

—Porque quería verte.

Valeria tragó saliva. Quería verle los ojos, pero él aún hablaba al vidrio.

—No me conocías.

—Te había visto —corrigió—. Dos veces. Y eso me bastó.

No explicó dónde. No explicó cuándo.

Cuando al fin la dejó en su puerta, Valeria sintió que debía preguntar algo que evitaba desde que lo conocía:

—¿Por qué dejaste de venir al café?

Esta vez sí la miró. Una mirada limpia, pero llena de un dolor que no hacía ruido.

—Porque ella ya no estaba —respondió.

No dijo su nombre. No dijo cómo.

Valeria no insistió.

Esa noche, googleó el nombre del café. No encontró mucho, solo una foto vieja en un periódico local. Y ahí estaba él, años más joven, sentado junto a una mujer con la mirada más luminosa que la suya. Cabello oscuro, sonrisa amplia, un pañuelo en la cabeza que no dejaba lugar a dudas.

Valeria sintió una punzada. No de celos, sino de comprensión.

Seguía bajando con el dedo cuando encontró la palabra que cerraba el rompecabezas:

“Homenaje a la fotógrafa Clara Rivas, fallecida a los 28 años tras una larga lucha contra el cáncer.”

Fecha: hacía solo dos años.

Cuando Valeria apagó la pantalla, el silencio se volvió denso.

En ese momento entendió dos cosas:

Que Andrés no amaba ligero.
Y que la próxima vez que se enamorara… sería para reemplazar algo que aún no estaba muerto del todo.




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