Los destellos de las cámaras fotográficas iluminaban el gran ventanal de cristal del salón principal como un enjambre de relámpagos blancos. Al otro lado de la barrera de seguridad, los periodistas gritaban preguntas que se ahogaban en el murmullos de la alta sociedad, atrapados en la fascinación de lo que los titulares ya llamaban «la unión del siglo».
La fusión entre la corporación Vance y el grupo Alaric no era una alianza cualquiera; era el cese al fuego entre dos imperios que habían estado a punto de destruirse mutuamente en la bolsa de valores. Y en el centro de ese escenario, perfectamente vestidos con trajes a medida de un tono gris oscuro casi idéntico, estaban los herederos.
Mika Vance permanecía de pie junto a la barra de caoba, sosteniendo una copa de champán intacta entre sus dedos largos y cuidados. Su postura era la definición misma de la compostura. Con la mirada fija en el flujo constante de empresarios y diplomáticos que se acercaban a dar la enhorabuena, sonreía con una amabilidad calculada, la justa para parecer accesible sin permitir que nadie cruzara un límite invisible. Como Enigma, su sola presencia transmitía una autoridad densa y sutil, una gravedad tranquila que obligaba a los Alfas de la sala a mantener una distancia prudente sin saber exactamente por qué. Sus feromonas estaban bajo un control absoluto, tan imperceptibles que era imposible adivinar qué pensaba.
A menos de tres pasos de él, la energía de Lewin Alaric era todo lo contrario: una tormenta a punto de estallar.
Lewin tenía la mandíbula apretada con tanta fuerza que un pequeño músculo en su mejilla palpitaba de forma imperceptible para cualquiera que no lo conociera. Llevaba el primer botón de la camisa desabrochado por pura rebeldía, ignorando los susurros de los invitados más tradicionales. Sostenía un vaso de whisky con dos hielos a medio derretir, haciendo girar el líquido con un movimiento rítmico mientras su mirada recorría la multitud con aburrimiento simulado. Era un Alfa nato y lo sabía; rezumaba esa confianza magnética y arrogante que siempre había hecho que la gente orbitara a su alrededor. Pero esta noche, la sonrisa burlona que solía llevar como armadura se sentía pesada, casi forzada.
Un fotógrafo de la prensa oficial de las familias se acercó con una inclinación de cabeza.
—Señor Vance, señor Alaric... una foto más para la portada de mañana, por favor. Algo un poco más cercano.
Mika no perdió la calma. Ladeó ligeramente el rostro hacia Lewin, manteniendo la voz baja, suave, impregnada de ese tono sereno que a Lewin siempre le había parecido una provocación directa.
—Haz el esfuerzo, Lewin. Solo son tres segundos más —murmuró Mika, sin mirar a su recién estrenado esposo, dirigiendo la vista al lente de la cámara.
Lewin soltó una risa seca, un chasquido ahogado por el ruido de la fiesta.
—No me digas qué hacer, Mika —respondió entre dientes, dibujando una sonrisa deslumbrante hacia el fotógrafo mientras sus dedos se apretaban sobre el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Disfruta la función mientras dure. Cuando las luces se apaguen, tú y yo volvemos a ser lo que siempre fuimos.
—Nadie está diciendo lo contrario —dijo Mika con total neutralidad, rozando sutilmente la espalda de Lewin con la mano abierta solo para la foto.
El contacto fue breve, apenas un segundo, pero Lewin tensó los hombros al instante, sintiendo una punzada de calor frío recorrerle la columna. Odiaba esa capacidad de Mika para mantener la cabeza fría. Odiaba la soltura con la que pretendía que esto era solo un trámite de negocios más.
El destello de la cámara los envolvió a ambos, congelando en el tiempo la imagen perfecta: dos hombres jóvenes, poderosos y atractivos, unidos por el destino y el deber corporativo. Para el mundo fuera de ese salón, eran el epítome del éxito y la armonía.
Nadie en esa fiesta podía ver la grieta que se abría entre los dos. Ninguno de los invitados imaginaba que debajo del lujo, del champán carísimo y de los apretones de manos, la guerra entre Mika y Lewin no había terminado. Solo había cambiado de escenario, volviéndose más estrecha, más silenciosa y peligrosamente íntima.
Y ninguno de los dos estaba preparado para el momento en que las reglas que habían guardado durante años terminaran por romperlos.