El Instituto San Jorge no era un lugar para la mediocridad. Entre sus paredes de piedra y ventanales pulidos se educaba a los futuros herederos de la élite, jóvenes acostumbrados a que el mundo se amoldara a sus apellidos antes de haber cumplido los diecisiete años. En un ambiente así, la jerarquía social solía estar clara, pero el inicio de aquel curso rompió el equilibrio habitual.
Lewin Alaric no caminaba por los pasillos; los reclamaba.
Apenas llevaba tres semanas en el instituto y ya se había adueñado del ritmo del lugar. Caminaba con la chaqueta del uniforme entreabierta, la corbata ligeramente floja y esa sonrisa despreocupada de quien sabe que los profesores le perdonarán el retraso solo por el peso de su presencia. Como Alfa nato, poseía un carisma magnético que atraía las miradas sin esfuerzo. Le gustaba el ruido, le gustaba ganar y, sobre todo, le gustaba ser el centro de atención. La gente gravitaba a su alrededor en la cafetería, en los entrenamientos de atletismo y en las gradas.
Todo el mundo parecía rendirse a su paso. Todo el mundo, excepto una persona.
Mika Vance ocupaba el asiento junto a la ventana en la tercera fila de la clase de Historia Económica. Mientras los demás alumnos entraban entre risas y escándalo, Mika leía un libro denso con la espalda recta y una postura impecable. No necesitaba alzar la voz para hacerse notar. Su aureola era totalmente distinta: una serenidad absoluta, casi intimidante por lo inquebrantable que resultaba.
A pesar de pertenecer a una de las familias más influyentes y de haber nacido Enigma —una rareza biológica respetada por todos—, Mika jamás presumía de su posición. Trataba a todo el mundo con un respeto impecable y mantenía sus feromonas bajo un control tan estricto que era imposible adivinar lo que cruzaba por su mente. Esa compostura fría era exactamente lo que a Lewin le sacaba de quicio.
Aquella tarde, la clase de Historia se vio interrumpida por un trabajo en parejas asignado por el profesor.
—Las parejas las he seleccionado yo para evitar distracciones —anunció el profesor desde el estrado, revisando sus notas—. Alaric con Vance. Se encargarán del análisis de la reestructuración financiera de la década pasada.
Un murmullo suave recorrió el aula. Lewin, que hasta ese momento mantenía los pies cruzados debajo de su pupitre jugando con un bolígrafo, se detuvo en seco. Ladeó la cabeza para mirar hacia la tercera fila.
Mika no reaccionó con molestia ni sorpresa. Simplemente cerró el libro que estaba leyendo, tomó su cuaderno y levantó la vista hacia el profesor con un asentimiento educado. Cuando sus ojos grises se cruzaron con la mirada desafiante de Lewin, Mika no los apartó. Ni siquiera parpadeó.
—Parece que vamos a tener que pasar tiempo juntos, Vance —dijo Lewin en voz alta, arrastrando las palabras con una ironía afinada mientras la clase se dispersaba para organizarse. Caminó hasta el pupitre de Mika y apoyó las dos manos sobre la madera, inclinándose lo suficiente para invadir su espacio personal.
Mika esperó a que Lewin terminara de acomodarse antes de responder. No se echó hacia atrás ni mostró la menor incomodidad por la cercanía del Alfa.
—Es un trabajo académico, Alaric. Si logras concentrarte durante dos horas, terminaremos rápido —contestó Mika. Su voz era tranquila, baja y perfectamente modulada, sin un solo rasgo de burla, pero la frase llevaba una precisión que golpeó de lleno el orgullo de Lewin.
La sonrisa de Lewin se tensó imperceptiblemente. Apoyó un codo en el escritorio, reduciendo la distancia aún más, buscando provocar esa chispa de molestia que lograba sacar en cualquier otro.
—¿Crees que no puedo mantenerte el ritmo? —murmuró Lewin, con los ojos brillando de competitividad pura—. Cuidado, Mika. A lo mejor te sorprende descubrir que no eres el único que sabe pensar en esta aula.
—No dudo de tu capacidad —respondió Mika, mirándolo fijamente con una calma desesperante mientras abría una libreta limpia—. Dudo de tu paciencia. Nos vemos en la biblioteca a las cinco. No llegues tarde.
Mika volvió a centrar su atención en sus apuntes, dando por terminada la conversación de forma tan natural que dejó a Lewin de pie junto a su mesa, sintiendo cómo la sangre le hervía bajo la piel. Nadié le daba la espalda a Lewin Alaric. Nadie lo despachaba con esa indiferencia educada.
Lewin apretó la mandíbula, dio media vuelta y caminó hacia la salida con una idea clavada en la cabeza: no solo iba a hacer ese trabajo mejor que Mika, sino que encontraría la forma de hacer que ese Enigma perfecto perdiera el control por primera vez.