En Creta, el miedo no era una historia, era una regla que nadie cuestionaba en voz alta. Desde pequeños, todos aprendían lo mismo: el laberinto no era un castigo, era una necesidad. No porque el pueblo fuera cruel, sino porque el miedo a lo que podía pasar si dejaban de obedecer era mucho peor.
El laberinto existía, y dentro de él… también.
Nadie sabía con certeza desde cuándo, pero todos conocían la razón. Una antigua profecía, repetida tantas veces que ya no parecía una advertencia sino una verdad absoluta, marcaba el destino del pueblo: si el Minotauro dejaba de recibir sus presas, encontraría la forma de salir. Y cuando lo hiciera, no habría muros, ni puertas, ni distancia suficiente para detenerlo.
Por eso, cada dos meses, los superiores elegían a dos personas.
No era al azar, o al menos eso decían. Elegían a quienes mantenían un lazo entre sí: familiares, amigos cercanos… personas que se conocían lo suficiente como para no abandonarse fácilmente. Según la creencia, eso aumentaba sus posibilidades de sobrevivir dentro.
A los elegidos se les daba un mes.
Un mes para entrar al laberinto y encontrar la salida.
Un mes para escapar de algo que nadie había visto realmente, pero que todos temían. Después de ese tiempo, si no regresaban… se asumía lo inevitable.
Y nadie regresaba.
El pueblo había aprendido a vivir con ese ciclo. No lo aceptaban con tranquilidad, pero sí con resignación.
Las despedidas se volvieron parte de la vida, y el silencio después, una forma de seguir adelante.
Entre todo eso creció Teseo.
Desde niño escuchó la profecía, pero nunca logró creer en ella como los demás. No porque pensara que era falsa, sino porque algo en la forma en que todos la aceptaban le parecía… incompleto. Como si la historia estuviera mal contada, como si faltara una parte que nadie quería enfrentar.
Mientras otros evitaban pensar en el laberinto hasta que era necesario, Teseo no podía hacerlo. Observaba, recordaba los nombres, las miradas antes de entrar, el vacío que dejaban después. No veía sacrificios necesarios… veía personas.
Y eso cambiaba todo.
Porque donde los demás veían una obligación, él veía una injusticia.
Nunca lo dijo abiertamente. Sabía que cuestionar aquello no cambiaría nada… o eso creían todos. Pero en su interior, la idea de que ese destino debía aceptarse sin más comenzó a desgastarse, creciendo en silencio, esperando el momento en que ya no pudiera ignorarla.
Si había algo que lograba que Teseo dejara de pensar por un momento, era ella.
Selene no llamaba la atención como otros en el pueblo. No necesitaba hacerlo. Su presencia era tranquila, casi silenciosa, pero tenía una forma de estar en el mundo que hacía que todo a su alrededor pareciera más simple. Mientras muchos hablaban para llenar el vacío, ella sabía cuándo callar… y cuándo decir lo justo.
No era frágil, aunque algunos lo creyeran por su forma de moverse o por la suavidad de su voz. Había firmeza en sus decisiones, una seguridad que no necesitaba imponerse. Y quizás por eso, Teseo nunca sintió que tuviera que demostrar nada cuando estaba con ella.
Aquella tarde, el cielo estaba despejado y el aire corría ligero entre las calles. Se habían alejado un poco del centro del pueblo, como solían hacer, buscando un lugar donde el ruido no interrumpiera.
Selene caminaba unos pasos delante, siguiendo un sendero de tierra que bordeaba los campos.
—Siempre eliges los caminos más largos —dijo Teseo desde atrás.
—Siempre te quejas y aun así me sigues —respondió ella sin detenerse.
Teseo soltó una leve risa.
—No me quejo. Solo lo noto.
Selene finalmente se giró, caminando ahora hacia atrás, mirándolo.
—Claro… “lo notas”.
—Exacto.
Ella entrecerró los ojos, como si analizara su respuesta, y luego negó suavemente con la cabeza.
—Algún día vas a admitir que te gusta perderte un poco.
Teseo la alcanzó, igualando su paso.
—No me gusta perderme.
—No —dijo ella, con una pequeña sonrisa—, pero tampoco haces mucho por evitarlo.
Caminaron en silencio unos segundos. No era incómodo. Con Selene, nunca lo era.
El viento movió ligeramente su cabello, y por un momento ella se quedó mirando el horizonte, como si buscara algo en la distancia.
—¿Alguna vez has pensado en irte? —preguntó de pronto.
Teseo frunció levemente el ceño.
—¿Irme?
—Sí… lejos de aquí. A un lugar donde nadie te conozca, donde todo sea distinto.
Teseo la observó con atención antes de responder.
—¿Tú quieres eso?
Selene dudó apenas un instante.
—No lo sé… a veces sí.
—¿Y otras no?
—Otras veces pienso que no importa a dónde vayas —dijo, bajando la mirada un momento—. Siempre terminas llevando lo mismo contigo.
Teseo no respondió de inmediato.
—Entonces no tendría mucho sentido —dijo al final.
Selene lo miró otra vez, esta vez más seria.
—Supongo que no.
El silencio volvió, pero esta vez fue distinto, más profundo. Aun así, ninguno intentó romperlo.
Si en el pueblo Teseo era reservado, en casa era distinto.
No porque hablara más, sino porque no lo necesitaba.
Su madre siempre decía que lo conocía incluso cuando guardaba silencio, y él, aunque no lo admitiera, sabía que era cierto. Había una cercanía entre ellos que no dependía de palabras, sino de pequeños gestos que se repetían día tras día.
La casa era sencilla, pero cálida. Siempre había algo preparado, algo que mostraba que alguien había pensado en él antes de que cruzara la puerta. A veces era comida, otras veces solo el orden de las cosas… pero bastaba.
—Llegas tarde —dijo ella una tarde, sin levantar la mirada mientras acomodaba unos utensilios.
—No tanto —respondió Teseo, dejando sus cosas.
—Para mí, sí.
No había reproche en su voz, solo una costumbre.
Teseo se acercó y tomó uno de los panes que estaban sobre la mesa.