Bajo la piel de Bangkok

8

Jenny Thongpradith

Nunca me han gustado las galas. Me parecen un escenario donde la gente finge sonreír para ocultar las grietas. Pero esa noche, cuando Kim me dijo que el hospital donde trabajaba Nam organizaba una cena benéfica y que la familia Manopakorn asistiría, no pude negarme. Parte de mí quería ver a Nam en su ambiente. Verla sin la bata, sin el peso del hospital. Verla como ella.

El salón estaba envuelto en luces doradas y música suave. Los invitados eran una mezcla de empresarios, médicos, políticos y donantes. Las copas tintineaban, las risas sonaban forzadas. Todo ese brillo era demasiado, pero esa noche yo también había decidido brillar.

Mi vestido era de seda carmesí, con un escote discreto y una abertura lateral que me daba la libertad de moverme con elegancia. No lo hice por los demás. Lo hice porque sabía que Nam estaría allí.

Cuando la vi, el mundo pareció reducirse a ella. Su traje negro de corte impecable, el cabello suelto pero perfectamente arreglado, la mirada serena. No necesitaba adornos; era la clase de mujer que dominaba el espacio sin intentarlo.

Nuestras miradas se cruzaron, y durante un instante me olvidé del ruido, del vino, del resto del mundo. Me sonrió apenas, con esa calma que siempre esconde algo más profundo.

Pero la calma no duró mucho.

—Señorita Thongpradith —dijo una voz masculina a mi lado, con ese acento británico que suena más arrogante que elegante—. Qué coincidencia tan agradable.

—Doctor McGonagall —respondí, educada, pero con distancia—. No esperaba verlo fuera del hospital.

—Los milagros también ocurren fuera del quirófano —dijo, con una sonrisa ensayada—. Y a veces se visten de rojo.

Me reí, aunque no por el cumplido.

—¿Siempre es así de encantador, o es parte del espectáculo de beneficencia?

—Solo con quien lo merece.

Antes de que pudiera responder, Christopher extendió la mano.

—¿Me concede este baile?

Dudé unos segundos, pero el impulso me ganó. Tal vez porque sentí la mirada de Nam a lo lejos, fija en nosotros, o tal vez porque quería entender qué era lo que en realidad me incomodaba de ese hombre.

La música era lenta, envolvente. Nos movimos entre las demás parejas con una sincronía mecánica. Christopher sabía moverse, hablaba poco, pero cada palabra era calculada.

—No imaginaba que Nam tuviera amistades tan… deslumbrantes —comentó, con una sonrisa.

—No soy su amiga —contesté—. Soy parte de su familia extendida.

—¿Familia? Qué curioso. Nunca la mencionó.

—¿Y por qué habría de hacerlo? —pregunté.

Christopher alzó una ceja.

—Porque todo lo que toca Nam se vuelve interesante.

Lo miré fijamente.

—No sé si lo dice como halago o advertencia.

—Quizá ambas —susurró, acercándose un poco más—. Siempre fue una mujer brillante… pero el brillo también puede cegar.

—¿Y usted? —pregunté—. ¿Fue uno de los cegados?

Su sonrisa cambió; se volvió más amarga.

—Digamos que la doctora Manopakorn y yo compartimos más de un fracaso.

La música continuaba, pero mi mente ya no estaba en el ritmo. Había algo en su tono, una punzada de resentimiento.

—¿Se refiere a un fracaso profesional?

—Profesional… emocional… a veces esas líneas se cruzan —dijo, girándome suavemente—. ¿Nunca le habló de Evelyn Blackwood?

El nombre cayó entre nosotros como un vaso rompiéndose. Evelyn.

Nunca había escuchado ese nombre, pero la forma en que lo pronunció me heló.

—No —respondí, midiendo cada palabra—. Pero por su tono, parece alguien importante.

Christopher sonrió, con esa ironía que solo tienen los que disfrutan del dolor ajeno.

—Digamos que Evelyn fue… su tormenta favorita.

Antes de que pudiera exigirle una explicación, una voz firme cortó el aire.

—Doctor McGonagall.

Nam estaba junto a nosotros. Sus ojos eran dos cuchillas contenidas. Christopher sonrió como un niño que acaba de romper un juguete.

—Nam —dijo—. Estaba hablando con tu… amiga.

—No parece una conversación muy apropiada —respondió ella, con un tono suave que escondía furia.

—¿Te preocupa lo que pueda decirle? —preguntó él, inclinándose apenas hacia ella.

Nam lo miró sin pestañear.

—Me preocupa que sigas respirando cerca de mí.

Christopher rió bajo, encantado con su reacción.

—Sigues igual que siempre. Tan intensa, tan… vulnerable cuando se trata de Eve.

Nam lo fulminó con la mirada.

—Cállate.

Fue la primera vez que vi a Nam perder el control, aunque fuera por un segundo. Su voz no era fría: era humana. Dolida.

Christopher se inclinó en una reverencia exagerada.

—Como desees, doctora Manopakorn.

Se marchó, dejándonos solas en medio del salón. Los murmullos del resto parecían lejanos.

—¿Quién es Evelyn? —pregunté en voz baja.

Nam respiró hondo, sin mirarme.

—Alguien que ya no importa.

Pero su mirada decía lo contrario.

La seguí hasta la terraza del hotel. Afuera, el aire nocturno olía a jazmín y a tormenta. Nam apoyó las manos en la baranda, mirando las luces de la ciudad.

—No deberías haber venido —dijo sin volverse.

—Y tú deberías dejar de fingir que todo está bien —respondí, acercándome.

—No estoy fingiendo. Solo… elijo qué mostrar.

—Eso se llama esconderse, Nam.

Silencio. Solo el ruido lejano de la música filtrándose desde el salón.

—No todos tenemos el lujo de hablar de lo que nos duele —murmuró.

—¿Evelyn? —pregunté con cautela.

Su nombre, en mis labios, la hizo tensarse.

—No la menciones —susurró—. No quiero que ella exista aquí.

—Pero existió —insistí—. Y por cómo reaccionas, todavía existe en ti.

Nam me miró entonces, y por primera vez no vi a la doctora imperturbable. Vi a una mujer herida, con un pasado que le quemaba por dentro.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó en voz baja.




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