Jenny Thongpradith
Los días empezaron a pasar con una calma sospechosa.
No diría que todo estaba mal, pero había algo… algo invisible que flotaba entre Nam y yo, como una cortina de humo imposible de apartar del todo.
Desde que Evelyn reapareció, Nam había vuelto a ser ese tipo de mujer que se encierra tras sus propias murallas. No lo decía, pero podía verlo en su mirada: ese reflejo distante, como si cada palabra que pronunciaba tuviera que atravesar una frontera antes de llegar hasta mí.
Aun así, seguíamos viéndonos casi a diario.
A veces almorzábamos juntas en la cafetería del hospital; otras veces, yo la recogía para cenar después de su turno.
Me encantaba verla reír, incluso cuando fingía que no estaba cansada.
Pero últimamente había empezado a evitar ciertos temas… especialmente uno.
Evelyn.
No la mencionaba nunca. Ni siquiera cuando los rumores se volvieron imposibles de ignorar.
Rumores que no nacían de la nada, sino del hospital, ese nido de voces que nunca duermen.
La tarde que todo empezó, estábamos en su oficina.
Yo había llegado para esperarla al final de su turno.
Nam repasaba un informe con la precisión casi quirúrgica que tanto la caracteriza. Yo, por mi parte, jugaba con su bolígrafo, intentando arrancarle una sonrisa.
—¿Sabes? —dije, mirándola de reojo—. Si sigues tan concentrada, voy a empezar a ponerme celosa de esos expedientes.
Nam soltó una risa suave, sin levantar la vista.
—No creo que los expedientes me miren como tú lo haces.
—Entonces tienes suerte —respondí con una sonrisa que buscaba esconder mi ansiedad.
Justo en ese momento, una enfermera llamó a la puerta. Llevaba una pequeña caja en las manos.
—Doctora Manopakorn, la doctora Blackwood le envía esto —anunció.
Nam ni siquiera necesitó mirar para saber de quién venía. El gesto en su rostro fue tan fugaz como el parpadeo de una vela.
—Por favor, tíralo —dijo con calma—. Y avísale que no quiero que me continúe enviando cosas.
Pero antes de que la enfermera pudiera girarse, hablé impulsivamente:
—Un momento. Si es comida, dámela a mí.
Nam me miró, arqueando una ceja.
—Jenny…
—¿Qué? —respondí, inocente—. Llevo todo el día antojándome de algo dulce. Si Evelyn cree que puede ganarte con helado, al menos que sirva para algo.
La enfermera me entregó el envase, intentando no sonreír. Era helado de chocolate con maní.
Nam, al verlo, negó con la cabeza.
—No puedo comer eso.
—Por suerte, yo sí. —Abrí el envase con entusiasmo—. Además, se ve rico. Si Evelyn quería impresionarte, falló miserablemente.
Nam me observaba con esa mezcla de ternura y exasperación que tanto me gusta. Esa mirada suya, suave, pero con fondo de tormenta, siempre me derrite.
—Eres imposible —dijo al final.
—Y tú me adoras así —le respondí, dándole un beso corto antes de abrir el envase.
El primer bocado fue glorioso: frío, dulce y con el toque salado del maní.
—Definitivamente —dije con la boca llena—, si Evelyn quería impresionarte con esto, falló. Porque el premio me lo llevé yo.
Nam soltó una risa suave, una de esas que pocas veces deja salir.
Por un momento, pensé que todo estaba bien.
Pero, aunque su sonrisa era real, había un cansancio en sus ojos que no supe descifrar.
Necesitaba hablar con alguien que no me viera como “la actriz celosa”, así que llamé a Somsak.
Ella, como siempre, estaba encantada de armar un plan.
—¿Y si nos encontramos en esa cafetería bonita fuera de la ciudad? —sugirió—. Te invito un pastel, tú traes los chismes.
Al final, se nos unió Kim también.
La tarde estaba templada, el aire olía a café recién molido y lluvia próxima.
Nos sentamos junto a una ventana grande y, apenas me serví mi bebida, Somsak habló sin rodeos:
—¿Entonces ya te estás comiendo la cabeza por mi hermanita otra vez?
—No es eso —dije, removiendo mi café—. Es solo que… no habla de Evelyn. Ni una palabra. Y yo no sé si es porque ya no le importa o porque le importa demasiado.
Somsak suspiró, dejando su taza en la mesa.
—Jenny, Nam no es de esas que se quedan atrapadas en el pasado. Créeme, lo que tuvo con Evelyn fue real, sí, pero lo que tú provocas en ella… eso es otra cosa.
Kim asintió, con ese aire despreocupado que la hace parecer más sabia de lo que admite.
—Además —añadió Somsak—, Nam ha estado pidiéndome consejos sobre cómo manejar todo esto. Incluso habló con mamá y con papá.
La miré, sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí. Y te diré algo más —continuó Somsak, bajando la voz—. Juró por la memoria de su madre que jamás volvería a caer en los juegos de Evelyn. Y cuando Nam jura por su mamá… lo dice muy en serio.
Mi corazón se relajó un poco, aunque la duda seguía allí, escondida entre las sombras.
Kim, por su parte, se limitó a comentar con media sonrisa:
—Si Nam rompiera esa promesa, mi adorada suegra le deshereda hasta el alma.
Somsak soltó una carcajada.
—O peor, la encierra en un convento de monjas para que recapacite.
Las tres reímos, y por un instante sentí que podía respirar.
Aun así, la inquietud no desapareció del todo.
Pasó una semana más antes de que todo explotara.
Esa mañana, Kim, Somsak y yo decidimos pasar por el hospital para invitar a Nam a salir el fin de semana.
Queríamos distraerla, sacarla del ambiente tenso que Evelyn y Christopher parecían alimentar cada día.
Apenas entramos, notamos un alboroto discreto en el pasillo central.
Las enfermeras murmuraban, y la tensión era palpable.
Entonces la vi.
Evelyn.
Radiante, elegante, con una caja blanca entre las manos, adornada con un lazo azul.
Nam estaba frente a ella, seria, impecable como siempre.
La escena era silenciosa, pero la energía era brutal.
Nos detuvimos a unos metros.
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Editado: 19.11.2025