Nam Manopakorn
El silencio en la oficina del director pesaba más que cualquier regaño. Podía escuchar mi propio pulso, lento y torpe, retumbando entre mi sien como si aún me quedara sangre por recuperar. Dio igual: enderecé la espalda, tomé aire y empujé la puerta con la mano temblorosa.
El ambiente apenas cambió cuando cruce el umbral. El director del hospital estaba sentado detrás de su escritorio, con el rostro tenso y las manos cruzadas sobre los papeles. A un costado, mi padre se mantenía erguido, con la mandíbula apretada y el ceño tan fruncido que parecía dolerle sosteniendo la mirada. La tía Sue, siempre elegante y medida, lo observaba en silencio; pero sus ojos —dulces, protectores— me siguieron desde el primer paso que di.
Y justo en el centro de todo, como un rayo de energía en medio de la tormenta, estaba Somsak. Mi hermana. Mi otra mitad.
No tuve tiempo de decir nada. Somsak me vio, soltó un pequeño grito ahogado y corrió hacia mí.
—¡Nam! —exclamó, y antes de que pudiera reaccionar, sus brazos me envolvieron con una fuerza casi dolorosa.
El olor a su perfume floral, mezclado con el sudor y la ansiedad, me resultó casi reconfortante.
—Eres una completa idiota —murmuró contra mi hombro—. ¿Cómo se te ocurre hacer algo así?
Intenté hablar, pero mi voz se quebró.
—Yo... tenía que hacerlo.
—¿Tenías que hacerlo? —repitió, separándose lo suficiente para verme el rostro—. ¿Qué clase de excusa es esa? ¿Qué ibas a hacer si no te despertabas, ¿eh? ¿Dejarme sola con papá y mamá?
Sonreí con debilidad. Era tan Somsak. Gritar, llorar, regañar y, al mismo tiempo, temblar de miedo por perderme.
—Lo siento —susurré—. Pero no podía dejar que esa niña muriera. Yo era la única que podía ayudarla.
—Podías esperar la sangre, podías… —Su voz se quebró, y lo siguiente que hizo fue darme un golpe suave en el brazo—. ¡Podías no hacerme esto!
—No podía —repetí, más suave, bajando la mirada—. A veces, ser médico no se trata de protocolos, Somsak. Se trata de humanidad.
Ella me miró en silencio unos segundos más, y aunque trataba de mantener el ceño fruncido, la vi suspirar.
—Eres insoportable —masculló—. Pero te quiero.
Sonreí, apenas un poco, antes de girar hacia el resto.
La tía Sue se acercó, su mano cálida se posó sobre mi mejilla.
—Cariño, no vuelvas a hacer algo así —dijo con voz suave, casi maternal—. Nos asustaste de verdad.
—Lo sé, tía. Lo siento.
—Sabemos que tu trabajo es salvar vidas, pero también queremos que cuides la tuya —añadió, y aunque sonreía, había lágrimas contenidas en sus ojos.
Mi padre, que seguía en silencio, finalmente habló. Su voz, grave como siempre, llenó la sala.
—Nalinee Manopakorn.
Solo escucha mi nombre completo en su tono bastó para erizarme la piel.
—Eres brillante. Lo sabes. Pero algún día, tu necesidad de cargar el mundo sobre tus hombros te va a destruir.
Asentí con la cabeza, sin intentar justificarme.
—Tal vez —dije al fin—. Pero prefiero cargarlo que dejar que se derrumbe sobre alguien más.
El director, que hasta entonces había observado con los brazos cruzados, dejó escapar un suspiro profundo.
—Bien —dijo con firmeza—. Ya que terminamos el drama familiar, pasamos a lo importante.
Las miradas se centraron en él.
—Lo que hizo ayer fue imprudente, doctora Manopakorn. —Su tono era tan frío que sentía una punzada en el estómago—. Pero también fue heroico. La paciente está estable gracias a su imprudencia.
Bajé la mirada, un poco avergonzada.
—Solo hice lo necesario.
—Aun así —continuó él—, necesitamos respuestas. La solicitud de sangre se realizó correctamente, pero unos minutos después de que alguien llamó para cancelarla, alegando que ya habían conseguido una donante.
Mi estómago se contrajo. No era solo una coincidencia.
—Ya estamos investigando —añadió el director—. Le prometo que descubriremos quién fue el responsable.
Solo pude sentir.
—Por ahora, tiene el resto del día libre. Descanse, recupérese. Pero mañana habrá una reunión con todo el personal. Nadie quedará fuera. Y cuando encontremos al culpable, no solo será despedido del hospital, sino que su licencia médica será totalmente revocada y no podrá volver a ejercer como médico en ningún hospital del país.
—Gracias, señor —susurré.
El resto de la conversación pasó como un eco lejano. Al final, el director me dio un gesto de despedida, y mi familia me escoltó fuera de la oficina.
Cada paso se sentía como si caminaba sobre agua. Débil, pero en paz.
El auto se detuvo frente a la mansión, y el aire de casa me golpeó con una mezcla de familiaridad y cansancio. La fachada imponente, las fuentes, las luces cálidas filtrándose por las ventanas… todo parecía igual y, sin embargo, yo ya no lo era.
La tía Sue entró primero, hablando con uno de los mayordomos; papá la siguió sin decir palabra, aún serio, pero menos tenso. Solo Somsak se quedó conmigo, caminando a mi lado hasta mi habitación.
—Vas a descansar —declaró apenas entramos—. No te quiero ni cerca de un bisturí por los próximos días.
—Eres peor que el director del hospital.
—Alguien tiene que cuidar de ti, Nam.
—No soy una niña.
—Pues te comportas como una —replicó, rodando los ojos.
No pude evitar reírme. Y por un segundo, la habitación se llenó de esa sensación cálida que tanto extrañaba: hogar.
Me acerque al borde de la cama. El cuerpo me pesaba, pero lo que más dolía no era físico. Era la ausencia. La de Jenny.
Saqué el teléfono del bolsillo, sin esperanza real. Pero entonces lo vi. El contacto desbloqueado. Los mensajes marcados como leídos. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que sentarme.
Somsak lo notó y arqueó una ceja.
—¿Qué pasa?
—Jenny… —dije apenas—. Leyó todo.
—¿Lo hizo?
—Sí. Mis mensajes.
#7811 en Novela romántica
#1769 en Chick lit
romance lesbico, segundas oportunidades al amor, doctora fria
Editado: 19.11.2025