Kim Thongpradith
El día había empezado demasiado bien para lo que normalmente es una mañana mía. Somsak me había convencido de ir a un parque de diversiones, y como buena víctima del amor —y porque sus ojos suplicantes me resultan imposibles de ignorar—, terminé accediendo. El sol brillaba con descaro, el aire olía a algodón de azúcar y las risas de los niños llenaban cada rincón. Era el tipo de sitio donde la gente va a olvidar los problemas.
Y ahí estábamos nosotras: Somsak devorando palomitas como si no existiera el mañana, y yo, con el ceño fruncido y un vaso de café en la mano, preguntándome por qué diablos una cirujana brillante como Nam tenía que rodearse de gente tan peligrosa y por qué mi novia sonreía como si estuviera planeando el crimen del siglo. Porque, claro, la conozco demasiado bien. Esa sonrisa ladeada, inocente en apariencia, siempre es el comienzo del caos.
—Cariño —dijo con su tono más dulce mientras caminábamos tranquilamente por el parque—, ¿alguna vez ha pensado en hacer justicia por cuenta propia?
La miré sin disimular mi escepticismo.
—Si esa frase viene después de comer palomitas, normalmente implica que vas a meternos serios en problemas.
—No son problemas —replicó, dándome un golpe juguetón en el brazo—, es... una misión de limpieza moral.
—Ajá. ¿Y qué clase de “limpieza” requiere de ti, Compoowan Manopakorn, en medio de un parque de diversiones?
Ella me lanzó una mirada tan inocente que supe que el infierno estaba a punto de abrirse.
—Evelyn Blackwood y Christopher McGonagall —dijo al fin, como si pronunciara el nombre de dos plagas bíblicas.
Solté un suspiro largo.
—Sabía que esto no era una cita normal.
—Escúchame, Kim. No me digas que no lo has pensado. —Somsak bajó la voz, acercándose—. Lo que esos dos le hicieron a Nam y a Jenny fue asqueroso. Todo ese sabotaje, las mentiras, las manipulaciones... y lo peor: que casi matan a mi hermana en el proceso.
Tenía razón. Aunque no lo admitiera en voz alta, también lo había pensado.
—Entonces —dije, arqueando una ceja—, ¿Qué quieres haga qué exactamente? ¿Un ataque cibernético? ¿Un chantaje? ¿secuestro y tortura?
Somsak se rio.
—No, aunque esa última opción suena tentadora. Solo... quiero recopilar información. Demostrar lo que todos sospechamos. Que Evelyn y Christopher sabotearon la cirugía de Nam.
Me detuve frente al carrusel. Detrás de nosotros, una niña con un globo rosa corría hacia su madre. El mundo parecía tan tranquilo que la idea de conspirar sonaba ridículamente divertida.
—Y ¿por qué me lo dices ahora? —pregunté.
—Porque tú eres la única con la cabeza lo suficientemente fría para no meter la pata.
Ahí estaba: el halago disfrazado de manipulación.
—Y supongo también porque tengo el contacto de un hacker con alto nivel de experiencia en conseguir información de donde no se puede conseguir, ¿verdad?
Somsak sonrió de oreja a oreja.
—Te amo —dijo simplemente.
—Claro que me amas. Pero si esto termina mal, quiero que conste que fue idea tuya —le advertí.
Ella me abrazó de repente, dejando su cabeza en mi hombro.
—Lo sé. Pero si todo sale bien, será por ti.
Una hora más tarde, estábamos sentadas frente a una fuente, compartiendo un helado y un plan criminal. Somsak ya había obtenido de manera sorprendente los nombres, horarios, y hasta la marca de cada teléfono del hospital. No pregunté cómo. No quería saberlo.
—Y tú ¿Qué pondrás de tu parte? —pregunto.
—A un amigo.
Hablaba de Bak. Un tipo flacucho con cerebro de supercomputadora y cero habilidades sociales. El tipo de persona que podría hackear todas las computadoras de la NASA solo para cambiar el fondo de pantalla de cada ordenador por fotos de gatitos.
Esa misma noche le escribí:
“Necesito algo grande. Sin rastros. Nivel pentágono. ¿Interesado?”
Su respuesta llegó cinco segundos después:
“Ya estoy dentro. ¿A quién le vamos a destruir la reputación?”
Dos días después, el caos tenía nombre y apellido: Evelyn Blackwood y Christopher McGonagall. Y un correo anónimo que detonó una bomba digital en el hospital.
Bak envió todos los documentos desde un servidor imposible de rastrear:
Registros internos de llamadas.
Vídeos de seguridad.
Informes disciplinarios confidenciales del hospital en Londres.
Y lo mejor: una copia escaneada del documento donde se revocaba la licencia médica de Christopher por atender pacientes en estado de ebriedad y bajo sustancias psicoactivas.
El correo fue enviado simultáneamente a todos los directivos del hospital, al comité de ética del ministerio de salud y a los principales medios del país. En menos de media hora, internet ardía.
Y nosotras también… pero de risa.
Estábamos en mi departamento, con el televisor a todo volumen, viendo cómo los noticieros competían por ver quién daba más detalles. El presentador hablaba con esa voz grave que solo usa cuando anuncia tragedias nacionales.
“Última hora: se filtran documentos que comprometen a los doctores Evelyn Blackwood y Christopher McGonagall. Según las pruebas, el doctor Christopher McGonagall habría ejercido la medicina en Tailandia con una licencia falsa, mientras que la doctora Evelyn Blackwood está involucrada en un presunto sabotaje de una cirugía que casi le cuesta la vida a una niña de 8 años y a una neurocirujana local”.
Somsak saltó del sofá gritando:
—¡Eso es! ¡Esa es mi chica! —y me abrazó como si acabáramos de ganar un premio Emmy.
Yo solo sonreí, disfrutando del espectáculo con una copa de vino en la mano.
—Por Nam.
—Por Jenny.
—Y por nosotras, las dos brujas del karma.
Chocamos las copas y bebimos, riéndonos a carcajadas mientras la televisión mostraba el caos. Era extraño, pero profundamente satisfactorio: destruirlos sin ensuciarnos las manos.
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Editado: 19.11.2025