La mañana en el hospital tenía el olor del café recalentado y del cansancio acumulado de mil guardias. Las luces frías del pasillo apenas lograban disimular la tensión que flotaba entre batas y carpetas. El director había convocado al personal del hospital a una reunión extraordinaria; las sillas se llenaban rápido, las conversaciones bajaban de tono.
Nam, recién llegada del área de Neurología, se sentó al fondo, cruzando las piernas con elegancia automática. Desde su asiento, alcanzó a ver a Phan, tres filas más adelante, revisando su tableta con la expresión neutra de quien teme que algo lo alcance por la espalda.
El murmullo se apagó cuando el director habló:
—Escuchen todos, permítanme presentarles al nuevo jefe del Departamento de Oncología: el doctor Typhoon Rattanakosin.
El nombre cayó como una piedra en el estanque. Varias cabezas se giraron; otras se alzaron. Nam levantó la vista y lo vio entrar: el porte seguro, la sonrisa medida, la mirada que sabía exactamente el efecto que causaba. Y lo más revelador fue el silencio de Phan.
Typhoon avanzó hasta el frente con paso tranquilo, sin apuro, sin titubeos. Llevaba el cabello bien arreglado, la bata limpia y ordenada, y esa serenidad que se confunde con arrogancia. Cuando el director le cedió la palabra, él recorrió la sala con la mirada hasta que sus ojos se toparon con los de Phan. Solo un segundo. Lo suficiente para que el tiempo se congelara.
—Gracias —dijo Typhoon, con voz grave y tranquila—. Es un honor volver a Tailandia… y trabajar con viejos conocidos.
Hubo un murmullo casi imperceptible. Nam sintió el ambiente cargarse. No necesitaba que nadie le contara la historia, pues ella se la sabía de memoria: Typhoon había sido su compañero de promoción en el instituto… y el primer amor de Phan.
Ella bajó la vista al expediente que tenía sobre las piernas. Esto va a ser un infierno, pensó.
Horas después, la cafetería del hospital hervía de rumores. Somsak acababa de salir de visitar una de las tiendas de ropa que pertenecían a la empresa familiar, y había quedado con Nam, Jenny y Kim a tomar un café rápido.
Kim, en su trono improvisado de sarcasmo, soltó la frase con la precisión de un bisturí:
—Tu drama terminó, Nam. Pero el de Phan, según veo, recién empieza.
Nam suspiró, revolviendo el azúcar en su taza.
—Ni lo digas. Si Typhoon sigue siendo como en el instituto, esto va a parecer una telenovela en vivo.
Jenny levantó la ceja.
—Entonces que pongan cámaras, así al menos ganan rating.
Las cuatro rieron, pero Nam no pudo evitar mirar por el ventanal hacia la cafetería inferior, donde Phan caminaba fingiendo tranquilidad. Sus pasos eran meticulosos, sus gestos tensos.
Ese chico va a explotar antes de fin de mes, pensó. Y no se equivocó.
Días después, Neurología y Oncología coincidieron en un mismo caso: una mujer de cuarenta años con un tumor cerebral agresivo y metástasis ósea. Nam dirigía la parte neurológica; Typhoon, la oncológica. Phan, como neurocirujano principal, debía trabajar con ambos.
La primera reunión fue un campo minado disfrazado de junta médica. Typhoon expuso su plan de tratamiento con tono sereno.
—Propongo un abordaje combinado de quimioterapia temprana con intervención mínima. Si controlamos la metástasis antes del trauma cerebral, reducimos el riesgo sistémico.
Phan lo interrumpió sin mirarlo.
—Eso retrasaría la cirugía necesaria. Si el tumor sigue creciendo, perderá movilidad en menos de dos semanas.
Typhoon apoyó las manos en la mesa.
—Y si entra al quirófano sin estabilizar su cuadro oncológico, podría morir en la mesa.
Nam, entre ambos, respiró hondo.
—Lo importante es la paciente. No sus egos.
Un silencio cortó el aire. Typhoon la miró con una leve sonrisa; Phan bajó la vista.
Finalmente, el director decidió combinar ambas estrategias. Pero todos sabían que lo que se había librado allí no era una discusión médica, sino una conversación que llevaba diez años interrumpida.
Esa noche, Typhoon permaneció en su despacho. La lluvia repicaba contra las ventanas, el sonido del aire acondicionado era el único testigo de su soledad. Sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero. Dentro, una fotografía arrugada: él y Phan, adolescentes, en uniforme escolar, riendo en una azotea.
Recordó aquella tarde. El viento, el olor del cemento mojado, la promesa de que nada los separaría. Hasta que la vida —y los padres de ambos— intervinieron.
Typhoon había terminado con Phan antes de viajar a Estados Unidos. No porque quisiera hacerlo, sino porque no se atrevió a pedirle que esperara. Lo había amado demasiado para condenarlo a la incertidumbre. Pero ahora, entre paredes blancas y luces frías, no podía evitar pensar que había cometido el mayor error de su vida.
Bangkok se oscurecía a una velocidad casi poética. Las nubes se arremolinaban como si el cielo también recordara algo doloroso.
Phan salió del hospital pasada la medianoche. Había dejado su paraguas en su departamento. Caminaba sin dirección fija, hasta que un auto se detuvo a su lado.
La ventanilla bajó y una voz conocida lo llamó:
—¿Quieres que te lleve?
Typhoon. Perfectamente seco. Perfectamente fuera de lugar.
Phan dudó, pero la lluvia no daba tregua. Entró al auto en silencio. El aire estaba cargado, húmedo y lleno de cosas no dichas.
—Nunca imaginé verte aquí otra vez —dijo finalmente Phan, mirando la carretera.
—Yo tampoco —respondió Typhoon con una sonrisa apenas triste—. Pero la vida tiene esa forma curiosa de darnos segundas oportunidades… justo cuando menos las merecemos.
Phan apretó los puños.
—No te atrevas a hablar de oportunidades. Tú fuiste quien se fue.
Typhoon giró el volante con calma, la mirada fija al frente.
—No tenía más opciones.
El silencio volvió denso, punzante. El sonido de la lluvia era casi un aplauso fúnebre. Ninguno se atrevió a mirarse. Ninguno sabía si lo que temblaba en el aire era rabia o nostalgia.
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Editado: 19.11.2025