Unas manos fuertes cubrieron la boca de Amelia antes de que pudiera comprender lo que estaba sucediendo. El mundo se redujo a la palma caliente que presionaba sus labios y al olor penetrante de cuero y metal.
Amelia ni siquiera tuvo tiempo de gritar; el sonido se quedó atrapado en su garganta, transformándose en un suspiro silencioso. Se retorció, intentando liberarse por instinto, pero su cuerpo chocó contra una pared sólida e inamovible. Los dedos extraños apretaban sus mejillas, impidiéndole exhalar o pronunciar una sola palabra.
— Silencio, estrella, silencio —susurró una voz ronca que quemó la piel de su cuello—. No grites, no hace falta…
Unos minutos antes
El corsé del vestido, adornado con perlas preciosas, apretaba tanto que apenas podía respirar. Treinta mil dólares costaba esta jaula de seda francesa y perlas de Tahití. Estas lujosas cadenas habían sido alquiladas para Amelia por su padre, al igual que todo lo demás en esa velada. «Estás impecable, hija, el senador Preston estará encantado», resonaba aún la voz de su padre en sus oídos, fría como el filo de un bisturí.
Por supuesto que estaría encantado, porque esta fiesta de compromiso no era una celebración de amor. Era un trato, sellado con champán y apretones de manos entre dos dinastías políticas, y ella no era más que el bonito envoltorio de las ambiciones ajenas.
Amelia estaba junto a la ventana del salón de baile, aferrando una copa de champán con tanta fuerza que sus dedos se habían vuelto blancos, mientras intentaba respirar. Abajo, Manhattan latía con vida, una vida real y libre, donde las personas amaban y sufrían, tomaban decisiones y vivían con las consecuencias.
— Amelia, sonríe, es tu fiesta —dijo su padre, posando una mano sobre su hombro. Su toque no era tierno, sino autoritario. Tomás Wood, fiscal federal con aspiraciones de llegar a la Corte Suprema, no pedía, ordenaba.
Una fiesta de compromiso. En un mes se convertiría en la señora Preston, esposa de un político, parte de una imagen perfecta para la prensa y los votantes, una mujer sin voz propia.
— Amelia, querida, ¡tú y Jonathan son la pareja ideal! —de una nube de perfume sofocante emergió la secretaria de su padre, besando el aire cerca de su mejilla, cuidando de no estropear su maquillaje con un contacto real.
La pareja ideal para todos los que miraban desde fuera, los que solo veían la bonita imagen de las revistas de moda. Pero no para ella, no para la persona que tendría que vivir esa vida hasta el final de sus días.
Jonathan apareció a su lado, rodeándola por la cintura con un gesto posesivo que dejaba frío en su piel, no calor. Olía a whisky caro y ambición, un aroma que ella había aprendido a odiar en los últimos meses.
— El gobernador quiere una foto con nosotros, es importante para la imagen de mi futura campaña —dijo Jonathan con una voz tan vacía como su mirada al verla.
Siempre la imagen, siempre la campaña, siempre la política. Nunca el amor, los sentimientos, nunca una pregunta sobre lo que ella quería.
Se dejó llevar por él hasta el gobernador, sonrió para las cámaras que destellaban cegándola. Jugó el papel de la novia perfecta, la futura primera dama del estado, la mujer sin sueños propios.
Cuando Jonathan finalmente se alejó para hablar con el senador Mills, absorto en una conversación sobre nuevos proyectos de ley, ella escapó a la terraza, moviéndose casi por instinto. Por fin, silencio, aire fresco y la posibilidad de quitarse la máscara aunque fuera por unos minutos.
El viento de noviembre enfriaba sus mejillas ardientes, y cerró los ojos, recuperando el aliento. El océano rugía abajo con su eterna canción, indiferente a las tragedias humanas.
— ¿Cansada de la fiesta? —sonó una voz a su espalda, grave, aterciopelada, con un leve acento que suavizaba las consonantes de un modo que no era habitual en los estadounidenses.
Se giró bruscamente, y su corazón comenzó a latir desbocado.
Un hombre vestido de negro, con una máscara veneciana, estaba en la penumbra entre las columnas. Era alto, de al menos un metro ochenta, con hombros anchos enfundados en un esmoquin impecable. Unos ojos grises la observaban a través de las rendijas de la máscara, y en esos ojos había algo que hizo que su corazón se apretara de dolor y esperanza al mismo tiempo.
— ¿Quién eres? —su voz tembló más de lo que hubiera querido mostrar—. Esta es una fiesta privada, solo para invitados.
Él dio un paso hacia adelante, y la luz de las farolas se deslizó por la línea afilada de su mandíbula, por unos labios donde la sombra y la luz se entrelazaban como la verdad y la tentación.
— Soy un invitado, como todos los demás aquí —respondió con una calma deliberada, pero en su voz había algo que la puso en alerta.
— No te vi en el salón con los otros invitados.
— Tal vez no estabas mirando en la dirección correcta, estrella mía.
La máscara veneciana cubría la mitad de su rostro, pero esos ojos grises, esa postura, esa voz... Había algo en ellos dolorosamente familiar, algo que le cortaba la respiración.
— ¿Bailas conmigo? —extendió una mano, y la luz cayó sobre su muñeca, donde una fina cicatriz blanca recorría su piel.
Su corazón dio un vuelco y luego comenzó a latir tan rápido que parecía que iba a salirse de su pecho.
— Tengo que volver, mi prometido me estará buscando —las palabras apenas lograron atravesar la niebla de una extraña sensación.
— Tu prometido —algo brilló en su voz, como si el dolor se mezclara con una burla—. ¿Ese hombre con el que te casas no por amor, sino por obligación?
Ella retrocedió, y su espalda chocó contra la fría barandilla.
— ¿Cómo sabes eso? ¿Quién eres y qué te atreves a decir?
Él se acercó, y un aroma a madera y cítricos le golpeó los sentidos, familiar, dolorosamente familiar. Sándalo y bergamota, la misma colonia que aún la hacía temblar al pasar por una perfumería.