El todoterreno dejó atrás las luces parpadeantes de Nueva York, que poco a poco se hacían más pequeñas hasta convertirse en un leve resplandor en el horizonte. Amelia se sentó lo más lejos posible de Rafael, pegada a la puerta, intentando crear alguna distancia entre ellos. Su corazón aún latía con tanta fuerza que parecía que iba a salirse de su pecho, la adrenalina pulsaba en sus venas, haciendo que cada nervio de su cuerpo temblara de tensión.
Él.
Era realmente él, no un fantasma del pasado, no una alucinación provocada por el champán y el estrés. Durante ocho años se había convencido de que había olvidado su rostro, sus caricias, su voz. Ocho años intentando enterrar ese dolor tan profundamente que nunca volviera a la superficie. Se mintió a sí misma diciendo que seguía adelante, que Jonathan podía llenar el vacío que Rafael había dejado.
Mentira. Todo había sido una patética mentira con la que intentó proteger su corazón de la verdad.
— ¿A dónde me llevas? —su voz casi temblaba, aunque intentaba hablar con firmeza y mesura, como su padre le había enseñado.
Rafael miraba por la ventana, su rostro permanecía impasible, como tallado en mármol, y solo la línea tensa de su mandíbula delataba que él tampoco estaba tan tranquilo como pretendía parecer.
— A un lugar donde tu padre no nos encontrará hasta que repare el error que cometió hace dos años.
El hombre pelirrojo al volante guardaba silencio, completamente concentrado en la carretera, sus manos descansaban en el volante con seguridad, como si transportar personas secuestradas fuera su rutina diaria.
Amelia tiró de la manija de la puerta una vez más, aunque sabía que era inútil. Las puertas permanecieron cerradas, robándole la última esperanza de escape.
— No gastes fuerzas, estrella —dijo Rafael con calma, sin siquiera girar la cabeza hacia ella—. Este seguro solo se abrirá cuando yo lo decida.
— ¡No tienes derecho a hacerme esto! —la furia hervía en su interior, mezclándose con el miedo y algo más que no quería reconocer.
Ahora él la miró directamente a los ojos, y esos ojos grises en la penumbra del coche parecían casi negros, llenos de algo frío e implacable.
— ¿Derecho? —en su voz resonó una amarga burla—. Tu padre tampoco tenía derecho a destruir una vida inocente, pero eso no lo detuvo, ¿verdad?
— ¿De qué estás hablando? —no entendía a dónde quería llegar con esa conversación.
— De Marco, de mi hermano menor, a quien tu padre encerró por un crimen que nunca cometió.
Rafael apartó la mirada hacia la ventana, pero continuó hablando, y su voz se volvió dura, cargada de un dolor que ya no intentaba ocultar.
— Hace dos años, tu padre lo envió a prisión por un asesinato, aunque Marco era inocente. El tribunal lo declaró culpable basándose en pruebas falsificadas y testimonios comprados.
Finalmente se giró hacia ella, y Amelia vio en sus ojos algo que hizo que su corazón se apretara de compasión, a pesar de toda su ira.
— Marco era arquitecto, tenía solo veintidós años cuando lo arrestaron. Acababa de graduarse con honores, tenía una novia que esperaba su boda, soñaba con construir casas hermosas, no con destruir vidas ajenas.
En su voz apareció algo cálido al hablar de su hermano, un amor verdadero y el dolor de la pérdida se mezclaban en cada palabra.
— La noche en que supuestamente ocurrió el asesinato, él ni siquiera estaba en Nueva York, sino en una conferencia de arquitectura en Boston, y su coartada era clara y directa. Hubo testigos que lo vieron allí, tenía boletos de tren, recibos del hotel, fotos con otros participantes de la conferencia.
Amelia escuchaba en silencio, y sus palabras la hacían sentir cada vez más inquieta.
— Pero de repente apareció un testigo especial, un policía llamado O’Riley, quien juró en el juicio que vio a Marco en la escena del crimen en ese preciso momento. Y el peritaje supuestamente confirmó que las huellas dactilares en el arma eran de mi hermano.
— Entonces, ¿cómo puedes afirmar que es inocente si hay pruebas tan contundentes? —preguntó, aunque muchas cosas en esa historia ya no encajaban.
— O’Riley compró una casa nueva en Long Island con efectivo un mes después del juicio, aunque antes vivía en un diminuto apartamento y estaba lleno de deudas —Rafael apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos—. El experto que realizó el análisis de huellas dactilares se mudó repentinamente a Florida justo después del juicio y desapareció sin dejar rastro. Las pruebas fueron falsificadas, los testigos comprados, y tu padre firmó la sentencia sin siquiera verificar todas esas inconsistencias.
— Mi padre nunca haría... —comenzó, pero él la interrumpió.
— Tu padre quería tanto destruir a la familia Moretti, vengarse por algo de su pasado, que no se detuvo ante nada, ni siquiera ante encerrar a un chico inocente.
El silencio en el coche se volvió pesado, sofocante. Amelia no sabía en qué creer, su mundo se desmoronaba en pedazos.
— Marco lleva dos años en prisión, ahora tiene veinticuatro —la voz de Rafael se quebró por primera vez en toda la conversación—. Su novia lo abandonó un mes después de la sentencia porque no creyó en su inocencia. Todos sus sueños están destrozados, su vida destruida, y cada día tras las rejas mata algo vivo en él.
Ella vio en sus ojos un dolor real, profundo, que no se podía fingir ni falsificar. Así duele alguien que ha perdido a un ser querido y no puede hacer nada para recuperarlo.
— Contraté a los mejores abogados del país —continuó Rafael, y su voz temblaba de impotencia—. Presentaron apelación tras apelación, pero todas fueron rechazadas. Tu padre cerró todas las puertas, usó su influencia para asegurarse de que Marco nunca salga libre.
— ¿Entonces para qué me necesitas? —susurró Amelia, y su voz era apenas audible—. Esto no traerá a tu hermano de vuelta, no abrirá las puertas de su celda.