Amelia despertó con la luz del sol filtrándose a través de las cortinas transparentes, dibujando franjas doradas sobre la ropa de cama blanca como la nieve. Durante los primeros segundos, no pudo entender dónde estaba, por qué el techo le resultaba desconocido y por qué, en lugar del bullicio de Manhattan, se escuchaba el rugido del océano tras la ventana. Entonces, todo regresó en una dolorosa ola de recuerdos.
La mansión junto al océano, Rafael, quien la había secuestrado de su fiesta de compromiso. Una noche que había puesto su vida patas arriba.
Se sentó en la cama, sintiendo cómo todo su cuerpo dolía por la tensión del día anterior. El vestido bordado con perlas, con el que debía aparentar ser una novia feliz, yacía arrugado en una silla junto a la ventana, como un montón de seda cara y perlas. Se lo había quitado en plena madrugada, cuando ya no tenía fuerzas para llorar, y encontró en el armario una camiseta grande y suave con la que se durmió al amanecer.
Amelia se levantó y se acercó al guardarropa, abriendo las pesadas puertas de roble. Lo que vio dentro hizo que su corazón diera un vuelco. Ropa de su talla colgaba en filas ordenadas: jeans, suéteres, algunos vestidos e incluso zapatos en los estantes inferiores, desde un par de zapatillas deportivas hasta elegantes tacones.
Él había preparado su secuestro no en un día ni siquiera en una semana; lo había planeado durante mucho tiempo, con meticulosidad, pensando en cada detalle.
Eso la asustaba aún más que el secuestro en sí. No era un acto impulsivo de desesperación, sino una operación fría, calculada y planificada, que había preparado durante meses, tal vez años. Sabía su talla de ropa, sabía lo que le gustaba usar, sabía todo sobre ella, aunque no se habían visto en ocho años.
Sacó los primeros jeans que encontró a mano y un sencillo suéter gris, vistiéndose mientras intentaba no pensar en cómo había obtenido toda esa información. Bajó por las amplias escaleras de madera, aferrándose a la barandilla porque sus piernas aún temblaban por el estrés del día anterior.
El aroma del café recién hecho le llegó mientras bajaba, mezclado con el olor de algo frito. En la cocina, una amplia y luminosa habitación con ventanales panorámicos al océano, estaba Rafael preparando huevos revueltos. Vestía de manera sencilla, con una camiseta y jeans, el cabello ligeramente despeinado, como si acabara de despertarse. La escena era surrealistamente hogareña, como si fueran una pareja preparando el desayuno juntos, y no un secuestrador y su rehén.
— Buenos días, estrella —dijo sin siquiera girarse, como si sintiera su presencia con cada fibra de su ser.
Ella no respondió, simplemente caminó hasta la mesa y se sentó en una silla lo más lejos posible de él, intentando mantener alguna distancia.
Él colocó frente a ella un plato con huevos revueltos, tostadas y una taza de café caliente del que salía vapor. Se sentó enfrente y comenzó a comer su desayuno como si fuera la mañana más normal del mundo.
— No tengo hambre y no quiero nada de ti —dijo ella, mirando por la ventana en lugar de a él.
— Mientes, estrella, siempre tienes hambre por las mañanas y solías decir que no podías funcionar sin desayunar —en su voz se coló una nota cálida, como si recordara algo agradable.
El silencio entre ellos se volvió pesado e incómodo. Amelia giraba el tenedor en su mano sin tocar la comida, un movimiento inútil que imitaba el torbellino de pensamientos que no podían detenerse ni encontrar paz.
— ¿Por qué te casas con Preston? —preguntó Rafael de repente, levantando la mirada de su plato y mirándola directamente a los ojos.
Amelia alzó la vista, encontrándose con sus ojos grises, que ahora parecían casi suaves.
— Eso no es asunto tuyo, mi vida personal ya no te concierne —respondió con brusquedad.
— No lo amas, lo vi ayer en la terraza —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. Cómo estabas allí, mirando la ciudad como si quisieras escapar a algún lugar lejano, pero no podías porque estabas atada por cadenas invisibles. Considéralo un favor de mi parte.
— No todos se casan por amor, hay cosas más importantes que los sentimientos —intentó sonar convincente, pero su voz la traicionó.
— Alguna vez dijiste que preferías estar sola antes que con alguien a quien no amaras —no apartó la mirada.
Su corazón se apretó tanto que le costaba respirar. Recordaba esa noche, cuando estaban tumbados en el tejado de su loft en Brooklyn, mirando las estrellas y hablando del futuro. Recordaba todas esas promesas que entonces parecían tan simples y reales.
— Eso fue hace mucho, éramos otras personas, jóvenes e ingenuas —susurró.
— No, estrella —negó con la cabeza, y en sus ojos apareció una ternura obstinada—. Sigues siendo la misma Amelia que amé hace ocho años. Solo has aprendido a esconderte detrás de las máscaras que tu padre creó para ti.
El teléfono sobre la mesa sonó de repente, rompiendo bruscamente la atmósfera tensa entre ellos. Rafael miró la pantalla y todo su cuerpo se tensó al instante; la suavidad desapareció de su rostro, dando paso a una fría determinación.
— Por cierto, tu padre ya ha movilizado todos sus recursos para buscarte, ha involucrado al FBI y todas sus conexiones —dijo mientras tomaba el teléfono.
Escuchó sin decir casi nada, solo asintiendo brevemente de vez en cuando. Su rostro se volvió de piedra, impenetrable, y Amelia no pudo leer sus emociones.
— Entiendo la situación, manténganme al tanto de todo. Gracias por la información —colgó y miró a Amelia con una expresión sombría.
— Tu padre ha declarado oficialmente la guerra a la familia Moretti, no tiene intención de negociar —dijo Rafael con voz tranquila, pero con un matiz de amenaza—. Bueno, si quiere guerra, que así sea. Estoy listo para pelear hasta el final.