NUEVA YORK. DESPACHO DE TOMÁS WOOD
Tomás Wood parecía haber envejecido diez años en una sola noche. Su rostro estaba grisáceo, con ojeras oscuras bajo los ojos. No había dormido en toda la noche, no había ido a casa, simplemente se quedó en su despacho, tratando de encontrar una manera de localizar a su hija y, al mismo tiempo, ocultar su desaparición de la prensa.
Delante de él, sobre el escritorio, había un teléfono que no dejaba de sonar, una taza de café que hacía rato se había enfriado y papeles desordenados, sin el orden impecable al que estaba acostumbrado.
La puerta se abrió y entró su joven asistente, visiblemente nervioso y asustado.
— Señor, hemos movilizado a todos nuestros contactos en la policía y los servicios especiales, el FBI está listo para iniciar la operación de búsqueda en cuanto dé su autorización... —comenzó, pero Tomás lo interrumpió bruscamente.
— Quiero saber absolutamente TODO sobre Rafael Moretti —la voz del fiscal era afilada como una navaja—. Podría ser él... ese miserable. Necesito saber con quién trabaja, qué conexiones tiene en la ciudad, qué activos posee, todo hasta el último detalle.
El asistente asintió, anotando las instrucciones en su tableta. Tomás se tocó las sienes con los dedos, intentando calmar la migraña que lo atormentaba desde la mañana.
— Y otra cosa, investiga a David Carlson, averigua dónde está ahora —añadió de repente.
El asistente levantó la cabeza, claramente sorprendido por esa petición.
— ¿Carlson? Pero si él es su más cercano... —comenzó, pero no pudo terminar.
— ¡HE DICHO QUE LO HAGAS! —gritó Tomás tan fuerte que el joven se sobresaltó.
El asistente salió apresuradamente del despacho, dejando a su jefe solo. Tomás se levantó lentamente de su silla y se acercó al enorme ventanal panorámico que ofrecía una vista de todo Nueva York. La carrera que había construido durante años, paso a paso, decisión tras decisión, por primera vez en su vida no le producía satisfacción.
— Si este secuestro se hace público...
No terminó el pensamiento en voz alta, pero flotaba en el aire, pesado y amenazador. Moretti no solo había secuestrado a su hija para vengarse, podía despojar a Wood de todo. Lo que Tomás creía fervientemente, lo que era, ahora estaba en peligro.
En sus ojos apareció el miedo, y no era solo el miedo de un padre por su hija, ni solo el deseo de vengarse por la afrenta. Era el pánico de un hombre cuya carrera y reputación impecable podían desmoronarse si su plan de casar a su hija no salía como él quería.
***
Amelia estaba de pie en su habitación junto al ventanal panorámico, mirando el océano que se extendía hasta el horizonte. Las olas chocaban contra las rocas una y otra vez, eternas e inmutables, indiferentes a los dramas humanos.
Su padre no se rendiría, lo conocía demasiado bien como para esperar un compromiso. Rafael tampoco cedería; sus ojos esa mañana se lo habían dicho más elocuentemente que cualquier palabra. Estaba atrapada entre dos mundos, entre dos personas que se odiaban y estaban dispuestas a destruir todo a su paso.
Pero había un pensamiento que la asustaba más que la perspectiva de quedarse allí para siempre. Si lograba escapar esta vez, si encontraba la manera de volver a casa, su padre usaría todo su poder, todos sus recursos y conexiones para destruir a Rafael. No solo lo encerraría en prisión, sino que se aseguraría de que Rafael sufriera cada minuto hasta el final de su vida.
Mientras ella, voluntariamente o no, permaneciera con Rafael, eso era una especie de garantía de su seguridad, porque su padre no se arriesgaría a hacer algo que pudiera dañarla.
¿Era esa una excusa que había inventado para calmar su conciencia? ¿O era la verdadera razón por la que una parte de su alma, la que intentaba silenciar, en realidad quería quedarse allí, con él, a pesar de todo?