Amelia despertó en su habitación con vista al océano, cuando el sol apenas comenzaba a filtrarse a través de las ligeras cortinas, dibujando franjas doradas en el suelo. No había podido dormir bien después de la noche anterior en la biblioteca, después de ese casi-beso que nunca ocurrió. Después de sus palabras junto a la estantería, que aún resonaban en su cabeza, robándole la paz.
Se levantó, se vistió rápidamente y bajó las escaleras, donde Rafael ya llevaba tiempo despierto, a juzgar por los sonidos que provenían de la cocina. Cuando entró, lo encontró de pie junto al gran ventanal panorámico con una taza de café caliente en la mano, mirando el océano que rugía tras el cristal con su eterna canción.
— Buenos días —dijo en voz baja, insegura de cómo reaccionaría él después de lo sucedido la noche anterior.
Él se giró, y su mirada era pesada, cargada de algo que ella no podía descifrar por completo.
— Buenos días. Hay algo importante que cambiará tu comprensión de toda la situación —su voz era seria, pero también había en ella un matiz que parecía triunfo.
La llevó al segundo piso, a su despacho, una habitación en la que ella aún no había entrado. Sobre un robusto escritorio de madera había una carpeta gruesa, tan voluminosa que Amelia sintió un escalofrío al pensar en cuánta información podría contener.
— Caso número 2847, el expediente penal oficial contra Marco Moretti —dijo Rafael, y su voz era firme, aunque ella podía percibir el dolor que intentaba ocultar—. Una copia, por supuesto, pero con todos los datos.
Amelia abrió la carpeta con manos temblorosas. Hojeó los documentos, organizándolos con cuidado, y encontró protocolos de interrogatorios, testimonios, informes periciales y fotografías de la escena del crimen. Comenzó a leer, sumergiéndose en los detalles de un caso que había destruido la vida de un joven.
El protocolo de detención afirmaba que Marco había sido arrestado a las 23:47 cerca de su casa en Brooklyn. Sin embargo, según los documentos de su coartada, en ese mismo momento estaba en una conferencia de arquitectura en Boston, a cientos de millas de distancia.
El testimonio del policía O’Riley declaraba categóricamente: "Vi personalmente al sospechoso Marco Moretti en la escena del crimen a las 23:30, saliendo del edificio vestido con ropa oscura e intentando pasar desapercibido".
Amelia pasó la página y encontró las pruebas de la coartada: la fecha de la conferencia coincidía con la del crimen, boletos de tren a Boston, recibos del hotel donde se hospedó, fotografías de la conferencia donde él mismo dio una ponencia esa noche.
Todo esto demostraba sin lugar a dudas que Marco no podía estar físicamente en dos lugares al mismo tiempo, que no podía haber cometido el crimen del que se le acusaba.
— ¿Cómo es posible? ¿Cómo el tribunal no vio estas contradicciones tan evidentes? —susurró, sintiendo un frío que se extendía por su espalda.
— Sigue mirando, estrella, esto es solo el comienzo —respondió Rafael, de pie a su lado, observando su reacción.
El informe pericial de las huellas dactilares, firmado por un experto llamado Robert Mills, afirmaba categóricamente que las huellas en el arma pertenecían a Marco Moretti y que la probabilidad de error era menor al uno por ciento.
Pero el siguiente documento que Amelia extrajo de la carpeta era una copia del informe original de ese mismo peritaje, de otro caso fechado un año antes. La caligrafía del experto era la misma, la firma casi idéntica, pero la fecha había sido claramente alterada, borrada y reescrita.
— Dios mío, esto es una falsificación, una falsificación evidente —sus manos temblaron tanto que casi dejó caer el documento.
Rafael permanecía a su lado, observándola en silencio mientras ella descubría la verdad que él había conocido durante dos años.
— Sigue leyendo, hay más inconsistencias —dijo en voz baja.
El testimonio del testigo O’Riley incluía una descripción detallada de Marco: altura aproximada de seis pies, peso de unas 180 libras, vestido con jeans oscuros y una chaqueta, con un tatuaje visible en la muñeca izquierda.
Pero Amelia encontró una fotografía de Marco en el expediente, y el tatuaje era claramente visible en su mano derecha, no en la izquierda. Un detalle pequeño, pero ¿cómo era posible que nadie lo hubiera verificado o notado durante el juicio?
Continuó hojeando los documentos, y las discrepancias se multiplicaban con cada página. Protocolos con fechas que no coincidían, testimonios que se contradecían en detalles clave, peritajes firmados por una persona que se había jubilado un año antes de que el caso siquiera comenzara.
— Esto no puede ser real, es una pesadilla horrible —su voz era apenas audible, pues su garganta se había cerrado por el horror de lo que veía.
Rafael se acercó y colocó una mano con cuidado sobre su hombro, intentando apoyarla sin asustarla.
— Pero es real, Amelia, estos son los documentos auténticos del caso —dijo con suavidad—. Alguien se esforzó mucho y de manera profesional para falsificar estas pruebas, invirtiendo tiempo y dinero. Y tu padre dictó la sentencia acusatoria sin verificar todas estas inconsistencias evidentes.
Ella miró el acta de acusación, donde al final estaba la firma de Tomás Wood, segura y clara, una firma que conocía desde la infancia, una firma que había destruido la vida de una persona inocente.
— Él no sabía de la falsificación, estoy segura —susurró, intentando defender a su padre incluso ante sí misma—. Mi padre nunca habría...
— Tal vez realmente no conocía todos los detalles —Rafael fue cauteloso con sus palabras—. Pero conscientemente no verificó las pruebas porque quería destruir a la familia Moretti a cualquier costo, y eso lo hace responsable de lo que ocurrió.
Amelia sintió que su mundo interior se resquebrajaba.
— ¿Quién? —lo miró de repente, sintiendo cómo la ira comenzaba a hervir dentro de ella—. ¿Quién hizo esto realmente, quién fabricó las pruebas?