El Hotel Valenfort Royal era el tipo de lugar donde nada se dejaba al azar. Mármol pulido, columnas altas, lámparas de cristal suspendidas como constelaciones y un aroma suave a flores blancas que no pertenecían a ninguna estación en particular. Todo estaba diseñado para impresionar… y para recordarles a los invitados quiénes pertenecían ahí y quiénes no.
Elara estaba sentada en uno de los sillones del vestíbulo del Hotel Valenfort Royal, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el bolso. El vestido que llevaba era elegante, sobrio, de un tono marfil que realzaba su piel clara, aunque no gritaba lujo. Nunca lo hacía. Siempre había aprendido a ocupar poco espacio.
Sus curvas, suaves y proporcionadas, contrastaban con la rigidez de las figuras que entraban al salón: mujeres delgadas, espaldas rectas, sonrisas ensayadas. Elara sentía el peso de cada mirada, incluso antes de cruzar las puertas.
Miró el teléfono por quinta vez.
—Lucas… —murmuró.
Lo llamó.
—Ya va en camino —dijo la voz de su hermano al contestar—. Tranquila. Mi amigo está por llegar.
Elara cerró los ojos un segundo.
—¿Seguro? Falta poco para que empiece la ceremonia.
—Relájate —respondió él—. Es apuesto, no pasa desapercibido. Con el adelanto que le diste se compró un traje elegante, así que no desentona en absoluto.
Elara soltó una risa nerviosa.
—Esto es una locura.
—Es dignidad —corrigió Lucas—. No dejes que te vean rota. Ah… —añadió—, voy a entrar a filmar. No podré responder mensajes, pero cuando lo veas, vas a saber quién es.
—Lucas, espera —dijo ella—. ¿Cómo se llama?
La llamada se cortó.
Elara bajó lentamente el teléfono.
—Genial… —susurró.
Intentó llamarlo de nuevo. Una vez. Dos. Nada.
El estómago se le encogió.
Se levantó, caminando hacia la entrada del gran salón, tratando de controlar la respiración. Fue entonces cuando lo vio.
Entraba al vestíbulo como si el lugar le perteneciera.
No miraba a su alrededor con curiosidad ni con nerviosismo. Caminaba con la seguridad de quien está acostumbrado a espacios lujosos, a miradas largas, a silencios respetuosos. Alto, de hombros anchos, vestido con un traje oscuro impecable que parecía hecho a medida. No llevaba prisa. Tampoco duda.
Elara tragó saliva.
Debe ser él, pensó.
No solo era guapo; era imponente. Piel tostada, barba oscura perfectamente cuidada, rasgos firmes y una mirada profunda que parecía observar sin necesidad de fijarse demasiado en nada.
El corazón le latía con fuerza cuando se acercó.
—Llegamos tarde —dijo, tomando su mano sin pensar—. Si entramos ahora nadie hará preguntas.
Él se detuvo.
Miró la mano de ella enlazada a la suya. Luego la miró a ella.
De cerca, Elara sintió algo distinto. No intimidación exactamente… sino una presencia que pesaba.
—Creo que se equivoca —dijo él con voz grave.
—Lo sé —respondió ella deprisa—, pero por favor. Mi hermano me dijo que venías. Te pagaré lo que falta en cuanto termine la boda.
Silencio.
Elara sostuvo la mirada, preparada para el rechazo.
En lugar de eso, él cerró la mano alrededor de la suya.
—De acuerdo —dijo—. Entremos.
Ella exhaló, sin darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
Caminaron juntos hacia las puertas del salón.
—Perdón —susurró ella antes de cruzarlas—. Olvidé tu nombre.
La leve sonrisa que apareció en sus labios fue la primera grieta en su control.
—Rayan —respondió.
Elara asintió, mirándolo a los ojos.
—Diremos que nos conocemos desde hace seis meses —dijo—. Y que nuestra relación es… muy apasionada, quiero que ese perro pulgoso crea que también le fui infiel.
Rayan la observó un segundo más.
—Como prefieras.
Las puertas se abrieron.
El efecto fue inmediato.
Las conversaciones no se detuvieron del todo, pero bajaron de volumen. Miradas curiosas, evaluadoras, sorprendidas. Elara lo sintió en la piel: por primera vez, no era invisible.
Avanzaron despacio entre las mesas. Personas que nunca antes le habían dirigido la palabra se acercaron ahora con sonrisas interesadas.
—Elara, querida, no sabía que vendrías acompañada.
—Qué sorpresa verte hoy tan… radiante.
—¿No nos presentas?
Ella respondía como podía, aún incrédula. Rayan permanecía a su lado, atento, sereno, como si aquel mundo no le impresionara en lo más mínimo.
Fue entonces cuando la vio.
Editado: 22.01.2026