Bajo la protección del Jeque

Capítulo 3 —El yate que no admitía errores

El puerto de Valenfort brillaba como una constelación artificial. Luces blancas y doradas se reflejaban en el agua oscura mientras la música flotaba entre embarcaciones elegantes, risas medidas y copas de cristal elevándose al cielo nocturno.

Elara caminaba junto a Rayan, intentando que sus pasos no delataran el nudo que llevaba en el estómago.

Y entonces lo vio.

El yate no solo destacaba. Dominaba.

Era el más grande del puerto, una estructura imponente de líneas limpias y modernas, iluminada con luces suaves que delineaban cada nivel como si fuera una obra de arte flotante. Varias cubiertas se elevaban una sobre otra, amplias terrazas abiertas, barandales de cristal, escaleras curvas que parecían conducir a otro mundo. No había ostentación vulgar, sino lujo silencioso… del que no necesita anunciarse.

Elara se detuvo en seco.

—Rayan… —susurró, apretando su mano—. No quiero que nos echen.

Él la miró con calma.

—No ocurrirá.

Ella negó con la cabeza, el pánico aflorándole en los ojos.

—Gracias por ayudarme —añadió deprisa—. De verdad. Eres un actor increíble. Pero… —lo miró fijamente— no te he visto en ninguna película de mi hermano. Dime en cuáles has actuado, te prometo que las veré todas.

La sonrisa de Rayan fue lenta. Controlada.

—Ven —dijo simplemente.

La tomó de la mano y la guió hacia la pasarela.
A cada paso, Elara comprendía algo inquietante: los yates que sus padres y las otras familias de la ciudad presumían con orgullo parecían ahora lanchas pequeñas, juguetes caros al lado de aquella mole elegante. Incluso los invitados que ya se encontraban a bordo miraban hacia Rayan… pero no se acercaban. No por desinterés. Por respeto.

Elara tragó saliva.

Estoy paranoica, pensó.

Pero no pudo ignorar la sensación.

Una vez a bordo, la opulencia se volvió abrumadora. Maderas oscuras pulidas, sofás blancos impecables, mesas de mármol, barras de cristal iluminadas desde abajo. El aire olía a sal, perfume caro y champaña recién abierta.

Mujeres y hombres se movían con naturalidad entre copas y risas, muchos ya en trajes de baño. Cuerpos esculpidos, piel bronceada, seguridad absoluta.

Elara bajó la mirada a su vestido.

—Yo no… —empezó—. No pienso meterme a la piscina.

Rayan siguió su mirada. Luego la observó a ella.

—¿Por qué no?

—Míralos —dijo ella en voz baja—. Son perfectos.

Él sonrió, esta vez con algo distinto en la mirada.

—Comparada con todas las mujeres que he visto —respondió—, tú eres una diosa.

Elara suspiró, preparada para replicar, pero Rayan ya se había girado.

—Adel —dijo en voz firme.

Un hombre se acercó de inmediato. Vestía impecablemente, discreto, atento. No era un mayordomo común. Se movía con la familiaridad de quien conocía cada rincón del yate… y a su dueño.

—Llévala a mi camarote —ordenó Rayan—. Ayúdala a elegir un traje de baño.

El hombre asintió con una leve inclinación de cabeza. Elara no supo si fue una reverencia, pero lo pareció.

—Por aquí, señora.

Elara lo siguió, aún aturdida.

El camarote principal la dejó sin aliento.

Era amplio, silencioso, elegante hasta el último detalle. Paredes en tonos marfil y madera oscura, una cama grande vestida con sábanas blancas impecables, una sala privada con sofás de cuero claro, una mesa baja de cristal y una iluminación cálida que parecía pensada para no incomodar nunca. El baño, visible tras una pared de cristal esmerilado, era un santuario de mármol y cromo.

—Espere aquí —dijo el hombre—. Traeré los trajes de baño que se compraron para las invitadas.

Cuando salió, Elara comenzó a caminar lentamente por el camarote, tocando las superficies con cuidado, como si temiera romper algo. Todo era real.

Demasiado real.

Su teléfono vibró.

Lucas.

—¿Dónde estás? —preguntó él sin preámbulos—. ¿Por qué dejaste plantado a mi amigo?

Elara palideció.

—Yo no lo dejé plantado —respondió—. Estoy… estoy en el puerto.

—¿Cómo que en el puerto?

—Lucas… —susurró—. No sé con quién estoy.

Escuchó voces al fondo, alguien llamándolo.

—Escúchame —dijo él deprisa—. No te preocupes. Yo ya le pagué a mi amigo. Sé fuerte, ¿sí? Julien y Camille no valen la pena. Tengo que irme. Cuando me desocupe, te dedicaré el día entero, vete del puerto y regresa a casa.

La llamada se cortó.

Elara bajó el teléfono lentamente.

Por primera vez esa noche, el miedo fue real.

Y no tenía idea de quién era el hombre que la había llevado hasta allí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.