Elara salió del camarote con el corazón desbocado.
El traje de baño que le habían entregado era de un tono profundo, entre esmeralda y azul noche. Se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido diseñado para ella: resaltaba su cintura estrecha, abrazaba sus caderas con naturalidad y sostenía sus pechos grandes, esos de los que siempre se había avergonzado, sin pedir disculpas por existir. Se colocó una bata ligera encima, pero al caminar, el tejido se abría lo suficiente para dejar claro que su cuerpo no era frágil ni discreto. Era presencia.
Avanzó por la cubierta principal.
La música era suave, elegante. Conversaciones en varios idiomas. Risas medidas. Copas brillando bajo luces cálidas. Hombres y mujeres rodeaban a Rayan, hablándole con familiaridad respetuosa. Nadie lo tocaba sin permiso. Nadie lo interrumpía.
Él la vio.
No sonrió de inmediato. La recorrió con la mirada, despacio, como si confirmara algo que ya sabía. Luego, con un gesto apenas perceptible, la llamó.
Elara caminó hacia él sintiendo las miradas clavarse en su espalda.
Se colocó a su lado, aceptando la copa que alguien le ofreció. Bebió un sorbo, más para darse valor que por gusto. Esperaba que, en algún momento, se quedaran solos. Necesitaba preguntarle quién era. Necesitaba la verdad.
No ocurrió.
Camille y Julien aparecieron en la cubierta como dos intrusos en un mundo que no les pertenecía.
Camille observaba todo con los ojos muy abiertos: el tamaño del yate, el número de invitados, la naturalidad con la que se movían los meseros, la calidad de las joyas, los relojes, los vestidos. Julien caminaba tenso, con una expresión entre incredulidad y rabia.
Elara los vio acercarse antes de que estuvieran lo suficientemente cerca.
Camille fue la primera en hablar.
—Es… impresionante —dijo, mirando alrededor—. No imaginé que fuera así.
Luego miró a Rayan. Esta vez sin burla. Con evidente interés.
—¿El yate es suyo? —preguntó.
Rayan asintió con calma.
—Lo es.
—Vaya… —murmuró Camille—. Es usted muy generoso al abrirlo para una fiesta.
—Mis invitados son bienvenidos —respondió él, sin sonreír.
Se volvió hacia Elara.
—¿Te apetece algo de comer?
Ella asintió de inmediato. Necesitaba moverse.
Pensar. Respirar.
Camille y Julien los siguieron.
Elara no pudo evitar notar cómo Camille observaba a Rayan de reojo, evaluándolo, calculando. La misma mirada que había tenido cuando le robó el vestido. Cuando le robó al prometido.
¿Cómo lo hiciste? parecía preguntarse.
¿Cómo atrapaste a un hombre así?
Llegaron a una mesa con bocadillos delicados, pequeños platos que parecían obras de arte. Elara tomó uno sin probarlo realmente.
—Elara —dijo Julien de pronto—. Nunca pensé que...—calló, apretando los labios—. Nunca pensé que llegarías tan lejos.
Ella lo miró con serenidad.
—Yo tampoco —respondió.
Fue entonces cuando el ambiente cambió.
Un murmullo distinto recorrió la cubierta. No de fiesta. De reconocimiento.
Un hombre mayor, de traje impecable, acompañado por dos personas más, avanzó directamente hacia Rayan. Su postura era firme. Su expresión, respetuosa.
—Alteza —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Es un honor tenerlo en el país. Jeque Rayan Al-Zahir.
El tiempo se detuvo.
Elara sintió cómo la sangre se le retiraba del rostro.
Camille palideció. Julien quedó rígido.
El nombre cayó como una losa.
Rayan Al-Zahir.
El jeque.
Uno de los hombres más ricos del mundo y no lo decía ella, estaba en la lista de los hombres más ricos que publicaban en la revista de negocios y estaban en la casa de su padre, también en las revistas de sociedad.
El que nunca daba entrevistas.
El que no permitía fotografías.
El que aparecía en listas internacionales acompañado de cifras imposibles.
Rayan respondió con una leve inclinación.
—El honor es mío.
Elara apretó la copa con fuerza.
Todo encajó demasiado rápido.
El reloj.
El yate.
Las miradas.
El silencio respetuoso.
No estaba con un actor.
No estaba con un desconocido cualquiera.
Estaba al lado de un hombre que no necesitaba fingir nada.
Y que, desde el primer momento, había decidido no soltarla.
El mar seguía moviéndose con calma alrededor del yate.
Pero para Elara, el mundo acababa de cambiar para siempre.
Editado: 22.01.2026