Rayan no la dejó sola ni un segundo después de que el político se retiró.
La tomó del brazo con firmeza suave, guiándola lejos de la cubierta principal, lejos de las miradas que ahora pesaban distinto. Elara caminó junto a él con el corazón acelerado, aún intentando procesar lo ocurrido. Arriba, en la cubierta superior, la fiesta seguía viva: la música llegaba amortiguada, un ritmo lento y seductor que hacía vibrar ligeramente las paredes del yate; risas lejanas, copas que chocaban, voces que se perdían en la brisa nocturna.
—¿Estás bien? —preguntó él cuando atravesaron un pasillo silencioso, apenas iluminado por apliques dorados.
Elara asintió… pero no era verdad.
—Necesito hablar contigo —dijo al fin, deteniéndose—. A solas.
Rayan la observó un instante antes de asentir. La condujo hacia el camarote principal. La puerta se cerró tras ellos con un sonido sordo que, por un segundo, apagó casi por completo el eco de la fiesta. Casi.
El lujo del lugar volvió a abrumarla: la amplitud, la cama king size con sábanas blancas impecables, la luz cálida, el ventanal amplio que dejaba entrar la luna sobre el mar oscuro. Y, muy lejos, el murmullo constante de los invitados, como un recordatorio de que no estaban solos del todo.
Elara se giró hacia él de inmediato.
—Te confundí —dijo sin rodeos—. Creí que eras el amigo actor de mi hermano, la persona que le pagué para que fingiera ser mi novio, en la boda de mi ex amiga y mi ex novio.
Rayan no pareció sorprendido.
—Lo imaginé.
—Lucas me dijo que su amigo venía en camino, que con el dinero que le pagué se había comprado un traje elegante… y cuando te vi entrar al hotel… —suspiró—. Todo encajó en mi cabeza.
Rayan apoyó una mano en el respaldo de una silla, escuchándola con atención.
—¿Qué hacías en el hotel? —preguntó ella—. ¿Por qué no dijiste nada?
—Me hospedo ahí —respondió—. Regresaba de una reunión. Iba tarde a otra. Y de pronto… me tomaste de la mano.
Elara bajó la mirada.
—Lo siento.
—No lo hagas —dijo él con calma—. No me arrepiento.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue expectante. Afuera, la música cambió a algo más lento, más profundo; se oyó una risa femenina aguda que se desvaneció rápido.
Elara levantó la vista. Rayan estaba cerca. Demasiado cerca. La brisa salada entraba por el ventanal entreabierto, moviendo apenas las cortinas.
—Nunca me había pasado algo así —admitió—. Jamás habría hecho algo tan impulsivo.
—Lo sé —respondió él, la voz más grave.
Elara tragó saliva.
—Y aun así… —susurró— no quiero que esta noche termine con explicaciones.
Rayan no respondió con palabras.
Se acercó despacio, como si le diera tiempo de apartarse. No lo hizo. Elara permaneció quieta, sintiendo cómo la respiración se le volvía superficial, cómo el suave balanceo del yate parecía acompasarse con el pulso acelerado en su garganta.
El beso fue lento.
Exploratorio.
Nada que ver con los besos que Julien le había dado alguna vez. Aquellos habían sido cuidados, correctos, siempre detenidos a tiempo. Este no. Este despertó algo profundo, una reacción inmediata y ardiente que la recorrió entera, como si alguien hubiera encendido una llama que llevaba años contenida.
Elara se aferró a él sin darse cuenta, las manos subiendo por su pecho hasta enredarse en su nuca. Rayan la sostuvo por la cintura, firme, atrayéndola hasta que no quedó espacio entre ellos. El beso se volvió más profundo, más exigente; sus lenguas se encontraron, se provocaron, y un gemido bajo escapó de la garganta de ella sin permiso.
Las manos de él bajaron por su espalda, deteniéndose en la curva de sus caderas, apretándola contra sí como si quisiera borrar cualquier distancia. Elara sintió el calor de su cuerpo, la evidencia innegable de su deseo, y algo dentro de ella se rindió por completo.
Rayan la guió hacia la cama sin romper el beso, hasta que las piernas de ella tocaron el borde del colchón. Se separaron solo lo necesario para quitarse la ropa: él desabrochó lentamente los botones de su camisa mientras ella deslizaba las manos por su torso; ella dejó que el vestido cayera al suelo con un susurro de tela. La música de afuera seguía, un latido lejano que contrastaba con el ritmo acelerado de sus respiraciones.
Cuando por fin estuvieron piel con piel, la sensación fue abrumadora. Rayan la tendió sobre las sábanas frescas y se colocó sobre ella, sosteniéndose con los antebrazos para no aplastarla. Sus ojos se encontraron un segundo —oscuros, intensos— antes de que volviera a besarla, esta vez en el cuello, en el hueco de la clavícula, descendiendo con una lentitud deliberada que la hizo arquearse.
Cada caricia era precisa, como si él supiera exactamente lo que ella necesitaba antes de que ella lo supiera. Sus manos exploraron, provocaron, adoraron. Elara se perdió en el calor de su boca, en el peso perfecto de su cuerpo, en la forma en que el yate se mecía suavemente bajo ellos, amplificando cada movimiento.
Editado: 22.01.2026