Elara cruzó el umbral de la mansión cuando el sol aún no estaba del todo alto.
Las puertas se cerraron a su espalda con el mismo sonido grave de siempre, ese que marcaba el regreso al lugar donde había nacido, pero nunca terminado de encajar. El mármol pulido, las escaleras amplias, los ventanales altos… todo estaba intacto. Inmutable. Como si la casa no admitiera grietas.
Ella sí las tenía.
Subió despacio, evitando el ala principal. Sabía que sus padres aún no habían despertado y agradeció ese silencio. No estaba lista para miradas largas, para preguntas envueltas en cortesía, para el peso del apellido cayendo sobre sus hombros.
Entró en su habitación y cerró la puerta.
El aire ahí era distinto. Más denso. Más correcto.
Se quitó el vestido con movimientos mecánicos y se puso ropa sencilla. Se sentó en la orilla de la cama, con las manos apoyadas sobre el colchón, intentando ordenar pensamientos que se negaban a alinearse.
Había sido una noche.
Una sola.
Y aun así, el mundo ya no parecía el mismo.
Tomó el teléfono.
Lucas.
Marcó sin pensarlo.
—Elara —respondió él casi de inmediato—. Estoy entre tomas, dime.
La voz de su hermano fue un ancla.
—Estoy en casa —dijo ella en voz baja.
—Bien —respondió—. Eso es bueno. ¿Estás bien?
Elara dudó.
—No lo sé.
Hubo un silencio breve, cargado de comprensión.
—Escúchame —dijo Lucas—. No puedo salir del set ahora, pero regreso a casa en cuanto terminemos. Hoy. Tenemos que hablar tranquilos.
Elara cerró los ojos.
—Gracias.
—Y Elara… —añadió—. Pase lo que pase, no hiciste nada mal. ¿Sí?
Ella asintió, aunque él no podía verla.
—Te espero.
Colgó sintiéndose un poco menos sola… pero no a salvo.
La mansión comenzó a despertar poco a poco.
Elara escuchó pasos en el pasillo, voces lejanas, el sonido controlado de una casa que funcionaba como un reloj antiguo. Bajó a la cocina auxiliar y se sirvió café, sin apetito. Se apoyó en la encimera, observando el jardín por la ventana.
Siempre había sido así.
Criada para representar.
Educada para no incomodar.
Amada solo en la medida en que no rompiera la armonía del apellido.
Pensó en Gabriel.
Su hermano mayor regresaría al país ese mismo día. El responsable. El que sostenía los negocios familiares. El que había permitido que Lucas fuera actor y que ella viviera sin preocuparse por nada… excepto por encajar.
Gabriel no era cruel.
Pero era distante.
Y profundamente leal al apellido.
Elara sabía que tarde o temprano tendrían que hablar.
*****
En otra parte de la ciudad, lejos de la mansión Montreux, Rayan no levantó la voz.
No era necesario.
Estaba de pie en la sala privada de su suite, con la chaqueta perfectamente colocada y el reloj ajustado a la muñeca. Adel permanecía frente a él, atento, con una tableta en las manos.
—Su nombre es Elara —dijo Rayan—. Nada más.
—¿Apellido? —preguntó Adel.
—Aún no.
—¿Edad?
—Joven. No inexperta en el mundo… pero sí en decisiones impulsivas.
Adel asintió.
—Eso reduce el círculo.
Rayan caminó hasta la ventana.
—Pertenece a la élite local —continuó—. No estaba en ese hotel por casualidad.
—¿Familia influyente?
—Sí —respondió—. Orgullosa de su apellido. Eso deja huellas.
Adel hizo una nota rápida.
—¿Cómo procedemos?
Rayan se giró lentamente.
—Sin presión. Sin contacto directo. Quiero saber dónde vive. Quién la protege. Quién cree que manda sobre ella.
—¿Y si se asusta?
—No lo hará —dijo con calma—. Las mujeres como ella no huyen. Resisten.
El silencio se tensó.
—Cuando tengamos todo —añadió Rayan—, me avisas.
—¿Y entonces?
La mirada de Rayan fue serena. Absoluta.
—Entonces recordaré a Elara dónde dejó lo que es mío.
*****
Elara subió de nuevo a su habitación cuando escuchó un auto detenerse en la entrada.
Miró por la ventana.
El coche de Gabriel.
El peso del apellido volvió a posarse sobre ella.
Se sentó en la cama, respirando hondo.
No sabía que, en ese mismo instante, su nombre comenzaba a circular en despachos silenciosos, en agendas que no admitían errores, en voces que no preguntaban dos veces.
Editado: 22.01.2026