Bajo la protección del Jeque

Capítulo 7—El palacio donde se deciden los destinos

El avión privado aterrizó entrada la noche.
Rayan descendió sin prisa, con el rostro impasible y la mente alerta. La llamada de su padre había sido breve, carente de explicaciones, pero con una urgencia que no admitía retrasos. En su mundo, ese tono solo significaba una cosa: algo se estaba moviendo sin su consentimiento.

El trayecto hasta el palacio fue silencioso.

El convoy avanzó por caminos perfectamente iluminados, flanqueados por jardines infinitos y fuentes de piedra blanca. A lo lejos, la residencia principal emergía como una fortaleza elegante, imponente sin necesidad de alzar muros amenazantes. No era un castillo antiguo ni un edificio moderno. Era una combinación de ambos: líneas limpias, arcos amplios, cúpulas discretas y ventanales altos que reflejaban la luz cálida del interior.

El Palacio Al-Zahir no estaba hecho para impresionar a visitantes.

Estaba hecho para recordar a quienes vivían allí quién tenía el poder.

Rayan cruzó el vestíbulo principal sin detenerse. El mármol pulido, las alfombras tejidas a mano, los detalles dorados y la madera oscura hablaban de siglos de dominio silencioso. Cada paso resonaba con una historia que él conocía demasiado bien.

—Alteza —saludó uno de los asistentes, inclinando la cabeza.

Rayan respondió con un gesto mínimo.
Subió las escaleras centrales, consciente de algo que no había sentido en años: resistencia interna.
No era cansancio.
No era fastidio.

Era la certeza de que esa noche intentarían decidir por él.

La confirmación llegó antes de que pudiera desvestirse.

—La familia cenará esta noche —informó Adel al entrar en sus aposentos—. Sus padres han invitado a una joven.

Rayan no se volvió de inmediato.

—¿Una joven?

—De una familia respetada —continuó Adel—. Educada. De nuestra cultura. Considerada… adecuada.

Rayan cerró los ojos un segundo.

Así que no había emergencia.

Había intención.

—¿Cuándo lo decidieron? —preguntó.

—Al parecer hace semanas.

Rayan dejó el abrigo sobre una silla y caminó hasta el ventanal. Desde allí se veía el patio interior, iluminado por antorchas discretas y el reflejo del agua en los canales que recorrían el jardín.

—No dijeron nada porque sabían que no aprobaría —murmuró.

—Lo sabían —confirmó Adel.

Rayan guardó silencio.
Luego habló con voz firme.

—Envía regalos a Elara.

Adel levantó la mirada, sorprendido apenas un segundo.

—¿Algo en particular?

—Flores blancas —dijo Rayan—. Nada ostentoso. Joyas discretas. Y una carta… sin explicaciones.

—¿Y la oferta?

Rayan se giró lentamente.
—Prepárala —ordenó—. Todo. Términos, tiempos, protocolos.

Adel asintió sin preguntar más.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Rayan se preparó para la cena con movimientos medidos.

Se duchó, se vistió con una túnica oscura de líneas simples, sin adornos excesivos. No necesitaba demostrar nada. Su sola presencia bastaba. Mientras se ajustaba los gemelos, su mente regresó, sin permiso, a unos ojos que no eran negros ni marrones.

Verdes. A veces grises.

A un cabello castaño que caía en ondas suaves.
A una piel clara que había sentido bajo sus manos.
A un cuerpo que no pedía disculpas por existir.
Nada de eso estaba en ese palacio.
Y, sin embargo, todo lo que deseaba estaba lejos.

La joven los esperaba en el comedor principal.
Era hermosa, sin duda. Rasgos delicados, porte elegante, mirada segura. Vestía con sobriedad y se movía con la gracia aprendida de quien sabe que está siendo evaluada.

—Rayan —dijo su madre con una sonrisa controlada—. Permíteme presentarte a…

Él inclinó la cabeza con cortesía.

Durante la cena, la conversación fluyó sin tropiezos. La joven hablaba con inteligencia, respondía con educación, conocía las normas, las expectativas, los silencios adecuados.

Era perfecta.

Y no despertó nada.

Rayan la observó sin verla realmente. Cada palabra de ella era correcta… y completamente ajena. No había fuego. No había desafío. No había esa forma de mirarlo como si no le tuviera miedo.

Pensó en Elara.

En cómo lo había tomado de la mano sin saber quién era.

En cómo había huido al amanecer creyendo que podía escapar.

Rayan tomó una decisión en ese instante.
Silenciosa.
Definitiva.
No obedecería esta vez.

Al terminar la cena, se levantó antes que nadie.

—Estoy cansado por el viaje —dijo—. Les pido que me disculpen.

Sus padres asintieron, observándolo con atención.




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