Elara estaba sentada en el salón de té cuando escuchó el sonido de los neumáticos sobre la grava.
No era la llegada de un auto común.
Había una precisión distinta en el ritmo, una seguridad que no pertenecía a los visitantes habituales de la mansión Montreux.
Margaux levantó la vista primero.
—¿Esperamos a alguien? —preguntó, acomodando con cuidado la servilleta sobre su regazo.
Henri frunció el ceño.
—No.
Elara sintió un leve estremecimiento sin saber por qué.
Minutos después, el mayordomo apareció en la entrada, visiblemente tenso.
—Señor, señora… —dijo—. Ha llegado un envío. Varios, en realidad.
Henri se puso de pie de inmediato.
—¿Para quién?
—Para la señorita Elara.
El silencio cayó como una losa.
Elara parpadeó.
—¿Para mí?
Margaux se incorporó con elegancia contenida.
—¿De parte de quién?
El mayordomo dudó un segundo.
—Del Emirato de Al-Qadar.
Henri y Margaux intercambiaron una mirada rápida.
Elara sintió cómo el pulso se le aceleraba.
—Tráigalos —ordenó Henri.
Las cajas llegaron una tras otra. Madera clara, sellos discretos, sin ostentación vulgar. Todo estaba envuelto con un cuidado casi reverencial.
Elara permaneció inmóvil.
Cuando abrieron la primera, el aroma llenó el salón.
Flores blancas.
No exuberantes.
Perfectas.
En la segunda caja había una joya sencilla: un collar de líneas limpias, elegante, imposible de confundir con un regalo casual.
La tercera contenía una carta.
Margaux la tomó antes de que Elara pudiera reaccionar.
—Permíteme —dijo.
Henri asintió.
Margaux leyó en silencio. Su expresión cambió gradualmente: primero sorpresa, luego cálculo… y finalmente algo muy cercano a la satisfacción.
—¿Qué dice? —preguntó Henri.
Margaux alzó la mirada.
—Es una presentación formal —respondió—. El jeque Rayan Al-Zahir expresa su interés en conocer a nuestra hija… con miras a una alianza matrimonial.
Elara sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—¿Matrimonial? —repitió Henri.
—Sí —dijo Margaux—. Con términos muy favorables.
Henri tomó la carta y la leyó con atención. Cada línea parecía tensar algo en su rostro… pero no de enojo.
De asombro.
—Esto… —murmuró—. Esto es extraordinario.
Margaux sonrió apenas.
—¿Sabes lo que significa que un hombre así se interese por Elara?
Elara no dijo nada.
Sentía el corazón golpeándole el pecho con fuerza.
No era una invitación.
No era una pregunta.
Era una declaración de intenciones.
—Es una oportunidad única —continuó Margaux—. Un nombre de peso. Un poder real. Una alianza que elevaría a los Montreux a otro nivel.
Henri asintió lentamente.
—Y además —añadió—, cerraría definitivamente el episodio con los Moreau y los Renaud.
Elara apretó las manos sobre su falda.
—¿Puedo… leer la carta? —preguntó al fin.
Margaux dudó apenas, pero se la entregó.
Elara reconoció la letra de inmediato, sin haberla visto nunca, pero encajaba con Rayan.
No era romántica.
No era fría.
Era segura.
No hablaba de amor.
Hablaba de intención.
De respeto.
De un deseo claro de unir destinos.
Elara levantó la vista.
—¿Cuándo quiere verme?
Henri respondió por ella.
—Eso lo discutiremos como familia.
Elara entendió el mensaje.
No era su decisión.
Aún no.
Pero por primera vez, nadie hablaba de ella como “la mujer aburrida”.
La hablaban como una elección valiosa.
*****
Muy lejos de Valenfort, en el Palacio Al-Zahir, Rayan observaba el patio central desde el balcón de sus aposentos.
Adel se acercó con discreción.
—Los regalos han sido entregados.
—¿Reacción?
—Exactamente la esperada —respondió Adel—. Interés inmediato.
Rayan asintió.
—Bien.
—¿Y si ella se niega?
Rayan no apartó la vista del jardín.
—No lo hará —dijo—. Pero aun si lo hiciera… iría por ella de frente.
Editado: 22.01.2026