Elara despertó con una sensación extraña en el pecho.
No fue miedo inmediato.
Fue algo más sutil: la conciencia de que la noche anterior había cambiado el equilibrio de su mundo.
La luz de la mañana se filtraba entre las cortinas de su habitación en la mansión Montreux. Todo estaba en silencio. Demasiado ordenado. Demasiado normal para lo que ella sentía por dentro.
Se incorporó lentamente.
La pulsera seguía en su muñeca.
Los diamantes captaron la luz con un brillo frío, impecable, recordándole que nada de lo ocurrido había sido un sueño. El jeque había estado allí. Había mirado a sus padres a los ojos. Había dejado clara una intención.
Y ella… había sido el centro de todo.
Se duchó despacio, como si el agua pudiera ordenar sus pensamientos. Al vestirse eligió algo sencillo. Necesitaba sentirse ella misma antes de bajar.
El desayuno fue tenso.
Henri leía el periódico sin levantar la vista. Margaux tomaba café con la elegancia habitual, pero sus dedos se movían con más rigidez de lo normal. Gabriel estaba de pie junto a la ventana, observando el jardín, con su jugo verde en la mano.
—Dormiste poco —dijo Margaux al verla.
—Sí —respondió Elara—. Fue una noche larga.
Gabriel giró la cabeza apenas.
—Lo fue para todos.
Hubo un silencio cargado de cosas no dichas.
—El jeque Rayan Al-Zahir pidió una reunión formal —continuó Henri—. No hoy. En los próximos días.
Elara apretó los dedos alrededor de la taza.
—¿Sobre qué?
Margaux respondió sin dudar.
—Sobre una posible alianza.
Elara entendió el eufemismo.
—Quiero estar presente —dijo.
Henri levantó la vista por primera vez.
—Eso se discutirá.
Gabriel intervino entonces, con voz firme.
—No —dijo—. No se discutirá. Ella estará presente.
Margaux frunció el ceño.
—Gabriel…
—No es una negociación cualquiera —continuó él—. Y Elara no es una cláusula.
Elara lo miró, sorprendida, desde que fue traicionada por su ex novio y ex amiga, Gabriel actuaba protector con ella.
—No considero a mi hermana una moneda de cambio —añadió Gabriel—. Si ese hombre ha venido personalmente, es porque tampoco la ve así.
El silencio se volvió denso.
Henri observó a su hijo mayor con atención antes de asentir.
—De acuerdo —dijo—. Estará presente.
Elara bajó la mirada, con el corazón acelerado.
*****
A media mañana, Elara salió al jardín trasero para respirar un poco de aire fresco.
Fue entonces cuando lo vio.
Julien estaba de pie junto a la reja, como si hubiera estado esperando el momento exacto. No llevaba traje ni sonrisa social. Vestía de forma informal, pero su postura estaba cargada de tensión.
Elara se detuvo en seco.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Julien dio un paso hacia ella.
—Necesitaba verte.
—No deberías estar en esta casa —respondió—. Márchate.
—No vine a hablar —dijo él, con voz baja—. Vine porque anoche entendí algo.
Elara sintió un nudo en el estómago.
—No me interesa.
Julien la miró con una mezcla de deseo herido y rabia.
—Durante todo nuestro noviazgo me rechazaste —continuó—. Siempre con la misma excusa.
Hizo una pausa.
—Y ahora resulta que no era que no querías… era que no me querías a mí.
Elara apretó los puños.
—Eso no te da ningún derecho.
Julien se acercó un poco más.
—Fui tu prometido. Me pertenecías.
—No —respondió ella, con voz firme—. Nunca pertenecí.
Julien alzó la mano, acercándose demasiado.
—Solo quiero lo que siempre me negaste, se que a esta hora tus padres no están, subamos a tu habitación.
Elara retrocedió, con el corazón golpeándole el pecho.
—Aléjate ahora mismo.
Julien intentó sujetarla del brazo.
—¡Sueltala!
La voz de Gabriel cortó el aire.
Elara se giró de inmediato.
Gabriel avanzaba hacia ellos desde la terraza, con el rostro inexpresivo, pero los ojos duros. Dos hombres del personal de seguridad se movieron detrás de él.
—Sal de esta propiedad —ordenó Gabriel—. Ahora.
Julien se quedó inmóvil.
—Esto no es asunto tuyo.
Editado: 22.01.2026