Elara no volvió a ver a Julien.
La mansión Montreux amaneció con una calma extraña, como si algo se hubiera acomodado a la fuerza durante la noche. Los jardineros trabajaban en silencio. El personal se movía con una eficiencia casi solemne. Y Elara, aunque intentaba mantener su rutina, sentía que todo a su alrededor estaba a punto de inclinarse en una dirección definitiva.
La pulsera seguía en su muñeca.
No porque quisiera exhibirla, sino porque quitársela se sentía… incorrecto. Como negar algo que ya había sido marcado.
Gabriel la observó desde la cabecera de la mesa durante el desayuno.
—No vas a salir sola hoy —dijo sin rodeos.
Elara levantó la vista.
—No pensaba hacerlo.
Gabriel asintió.
—Bien.
No explicó más. Nunca lo hacía cuando ya había tomado una decisión.
Margaux dejó la taza con cuidado.
—He recibido una llamada del despacho Al-Zahir —anunció—. Solicitan una reunión formal esta misma semana.
Henri dobló el periódico con lentitud.
—¿Aquí?
—Sí —respondió Margaux—. El jeque vendrá personalmente.
Elara sintió un ligero vértigo.
—¿Para qué exactamente? —preguntó.
Margaux la miró con atención.
—Para hablar de futuro.
Gabriel intervino de inmediato.
—Elara estará presente —dijo—. No como observadora. Como parte implicada.
Henri sostuvo la mirada de su hijo mayor durante un largo segundo antes de asentir.
—Así será.
Elara apretó los dedos contra el borde de la mesa.
Nadie le había preguntado si quería esa reunión.
Pero por primera vez, tampoco la estaban excluyendo.
Camille no tardó en moverse.
Las llamadas comenzaron a llegar a Margaux desde “amistades preocupadas”. Comentarios suaves, insinuaciones cuidadosas, rumores envueltos en falsas advertencias.
—Dicen que en su cultura es común que un hombre tenga más de una esposa —comentó Margaux esa tarde, mientras revisaba unos documentos—. No lo dicen con mala intención, claro.
Elara la miró.
—¿Y tú qué piensas?
Margaux dudó apenas un segundo.
—Pienso que debemos asegurarnos de que todo esté claro antes de cualquier anuncio.
Elara entendió el mensaje.
No era miedo por ella.
Era miedo por la imagen.
Gabriel escuchaba desde el marco de la puerta.
—No permitiré que nadie siembre dudas sobre mi hermana —dijo—. Ni siquiera bajo la excusa de la prudencia.
Margaux suspiró.
—Gabriel, estamos hablando de un mundo distinto.
—No —respondió él—. Estamos hablando de hombres que creen que pueden decidir por ella. Y eso no volverá a pasar.
Elara sintió un nudo en la garganta.
*****
Esa misma noche, Rayan llegó a Valenfort nuevamente.
No hubo recepción social. No hubo prensa.
Se alojó en el hotel, pero pasó gran parte del tiempo en reuniones discretas, llamadas cifradas y conversaciones que nadie fuera de su círculo podía escuchar.
Adel entró a la suite con una carpeta en la mano.
—La familia Montreux está dividida —informó—. No en la aceptación, sino en los términos.
—Como esperaba —respondió Rayan.
—La madre teme por la exposición. El padre piensa en beneficios. El hermano mayor… —Adel hizo una pausa— parece medirlo a usted.
Rayan sonrió apenas.
—Gabriel Montreux no se impresiona con títulos —dijo—. Se impresiona con límites.
Se volvió hacia Adel.
—Y yo tengo muy claros los míos.
*****
El encuentro se fijó para dos días después.
Elara pasó la noche anterior sin dormir bien.
No por nervios.
Por intuición.
Sabía que algo se iba a cerrar. Que una puerta que siempre había estado entreabierta iba a cerrarse… o a abrirse de golpe.
Se levantó antes del amanecer y caminó por el jardín.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió pequeña.
Se sintió observada.
Rayan llegó puntual.
No llevaba escolta visible, pero su presencia bastó para que el ambiente cambiara. Henri y Margaux lo recibieron en el salón principal. Gabriel permaneció de pie, atento, sin sentarse.
Elara entró después.
Editado: 22.01.2026