Bajo la protección del Jeque

Capítulo 13—Dos formas de cuidar

Gabriel cerró la puerta con cuidado.
No con prisa.
No con brusquedad.

Elara permanecía de pie junto a la ventana, con las manos apoyadas en el marco, mirando el jardín sin verlo realmente. El reflejo del cristal le devolvía una imagen que apenas reconocía: los labios aún enrojecidos, los ojos brillantes, la respiración que no había terminado de normalizarse.

—¿Estás bien? —preguntó Gabriel.

No fue una pregunta automática.
Fue real.
Elara asintió sin girarse.

—Sí… creo que sí.

Gabriel no se acercó de inmediato. Se quedó a unos pasos de distancia, respetando ese espacio que siempre había sabido cuándo dar y cuándo quitar.

—No tienes que explicarme nada —dijo—. Pero si quieres hacerlo, te escucho.

Elara cerró los ojos un instante.

—Me da miedo —confesó al fin—. No él… sino lo que despierta todo esto.

Gabriel cruzó los brazos.

—Eso es normal.

—No —negó ella, girándose por fin—. No lo es. Nunca me había pasado. Nunca alguien me miró así. Nunca alguien habló por mí… sin hacerme sentir pequeña.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Porque nadie antes se atrevió a verte completa.

Elara tragó saliva.

—Toda mi vida he sentido que… sobraba. Que no encajaba. Que era la correcta, la tranquila, la que no molesta. Y de pronto aparece él… y actúa como si yo fuera algo que se protege con los dientes.

Gabriel exhaló despacio.

—Eso es lo que me preocupa.

Elara frunció el ceño.

—¿Por qué?

Gabriel dudó. Rara vez lo hacía.

—Porque los hombres como él no aman a medias —respondió—. Y cuando aman… arrasan.

Elara bajó la mirada.

—No me pidió nada —dijo—. No me exigió que dijera que sí. Me dio tiempo.

Gabriel se acercó entonces.

—Eso habla bien de él —admitió—. Pero no lo absuelve.

Elara sonrió con tristeza.

—Siempre fuiste así conmigo —murmuró—. El único que no me trató como un adorno.

Gabriel se tensó apenas.

—Porque nunca lo fuiste.

Se hizo un silencio largo.

—¿Crees que me va a destruir? —preguntó ella en voz baja.

Gabriel no respondió de inmediato.

—Creo que puede hacerlo —dijo al fin—. Y también creo que puede ser el único que no lo haga… si tú no te pierdes en el camino.

Elara levantó la vista.

—¿Y si me equivoco?

Gabriel sostuvo su mirada con firmeza.

—Entonces caerás —dijo—. Pero no sola.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—¿Te opondrías si digo que sí?

Gabriel negó lentamente.

—No —respondió—. Me opondría si alguien decidiera por ti. No si eres tú quien elige.

Elara respiró hondo.

—Me besó.

Gabriel no se inmutó.

—Lo vi en tus ojos antes de que lo dijeras.

Elara soltó una risa nerviosa.

—No fue como con Julien —añadió—. No tuve que convencerme de nada.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Eso también es peligroso —dijo—. Pero no te voy a mentir: prefiero ese peligro a verte marchitarte aquí.

Elara se acercó y apoyó la frente en su pecho, como cuando era niña.

Gabriel dudó solo un segundo antes de colocar una mano firme en su espalda.

—Prométeme algo —dijo él.

—¿Qué?

—Que si alguna vez sientes que te estás borrando para encajar en su mundo… me lo dirás. Y yo iré por ti.

Las lágrimas resbalaron sin permiso.

—Te lo prometo.

Gabriel cerró los ojos un instante.

—Y prométeme otra cosa.

—Dime.

—Que no vas a conformarte con menos de lo que eres.

Elara sonrió entre lágrimas.

—Nunca lo hice —susurró—. Solo me cansé de esperar que alguien lo notara.

Gabriel separó un poco el rostro para mirarla.

—Yo siempre lo noté —dijo—. Solo que no sabía cómo decirlo.

Elara respiró hondo, sintiendo algo acomodarse dentro de ella.

—Gracias —murmuró.

Gabriel asintió.
—Ve —dijo—. Descansa. Mañana el mundo volverá a intentar decidir por ti.

Elara sonrió con suavidad.

—Esta vez no estoy sola.




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