Bajo la protección del Jeque

Capítulo 15—Las miradas que preceden a la tormenta

Elara tardó más de lo habitual en vestirse esa mañana.

No porque no supiera qué ponerse, sino porque cada prenda parecía pertenecerle a una versión distinta de sí misma. La mujer que había sido hasta hace poco, la que aceptaba sin preguntar, la que sonreía para no incomodar… y la mujer que ahora se miraba al espejo con un anillo en el dedo y un futuro que ya no podía fingir pequeño.

Eligió un vestido sencillo, elegante, sin excesos. No quería parecer deslumbrada por el poder de Rayan ni pedir permiso con su apariencia. Quería verse como lo que era: una mujer que había tomado una decisión.

Cuando bajó al salón principal, encontró a su madre dando instrucciones al personal.

—Ese arreglo no va ahí —decía Margaux—. Quiero algo más sobrio, no es una fiesta.

Elara se detuvo.

—Es una cena —dijo—. No una coronación.

Margaux se giró, evaluándola de pies a cabeza.

—Todo el mundo la verá como algo más que una cena —respondió—. No seas ingenua.

Elara sostuvo su mirada.

—No lo soy. Solo me niego a empezar mi matrimonio pidiendo disculpas por existir.

Margaux abrió la boca para replicar, pero se contuvo. Algo en la postura de su hija era distinto. No desafiante. Inamovible.

—Vendrá gente importante —dijo finalmente—. Personas que querrán entender por qué tú.

Elara inclinó apenas la cabeza.

—Entonces que miren bien.

*****

Lucas la encontró minutos después en la galería.

—Mamá está nerviosa —comentó—. Eso siempre significa que algo va a salirse de control.

Elara sonrió de lado.

—Imagino que Camille esta invitada.

Lucas suspiró.

—Sí. Camille.

Se sentó frente a ella, serio por primera vez.

—Va a intentar algo —dijo—. No frontal. No vulgar. Camille no es así.

—Lo sé —respondió Elara—. Va a sonreír. A decir cosas “inocentes”. A insinuar.

Lucas la observó con atención.

—¿Y tú?

Elara respiró hondo.

—Por primera vez… no voy a quedarme callada.

Lucas sonrió, pero había algo de preocupación en sus ojos.

—Solo recuerda —dijo—: no necesitas destruirla. Basta con que no te destruyas tú.

Elara asintió.

—Eso aprendí tarde, pero lo aprendí.

Esa misma tarde, Gabriel la llamó a su despacho.

No era habitual. Gabriel no convocaba; resolvía.

Elara entró y lo encontró revisando documentos, serio como siempre.

—Siéntate —dijo sin levantar la vista.

Elara obedeció.

—La cena no es un gesto social —comenzó—. Es una prueba.

—Lo sé.

Gabriel alzó la vista.

—Van a medir tu carácter. Tu silencio. Tu reacción.

Elara sostuvo su mirada.

—No voy a gritar. Ni llorar.

—Eso espero —respondió él—. No porque quede mal… sino porque no lo necesitas.

Hubo un silencio breve.

—Si alguien cruza un límite —continuó Gabriel—, intervendré.

Elara negó con suavidad.

—No —dijo—. Esta vez… déjame hacerlo a mí.

Gabriel la observó largo rato. Luego asintió.

—Muy bien —respondió—. Pero no estarás sola.

Elara sonrió apenas.

—Nunca lo estuve. Solo no lo sabía.

******
Esa noche, Rayan llamó de nuevo.

—He pensado en la cena —dijo—. No me agrada que estés expuesta innecesariamente.

Elara apoyó el teléfono en el hombro, cerrando los ojos.

—No es innecesario —respondió—. Es parte de despedirme de lo que fui.

Rayan guardó silencio un instante.

—Quiero que confíes en mí, en que sabré manejar la situación —dijo ella—. Y que estés… disponible.

Rayan exhaló despacio.

—Eso es más difícil para mí —admitió—. Pero lo haré.

Elara sonrió.

—Gracias.

—Después de esa cena —añadió él—, nada volverá a ser igual.

—Lo sé.

—Y cuando viajes a mi país… —continuó— no habrá medias tintas. Te observarán. Te probarán.

Elara abrió los ojos.

—Entonces será mejor que empiecen a acostumbrarse.

Rayan dejó escapar una risa baja, casi imperceptible.

—Empiezo a entender por qué no pude soltarte.




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