Bajo la protección del Jeque

Capítulo 17—Las reglas que no se negocian

Elara no regresó a la mesa inmediatamente.
Rayan la condujo a una sala lateral, lejos de las miradas, lejos del murmullo elegante que aún flotaba en el salón principal. No era una habitación improvisada; era uno de esos espacios pensados para conversaciones privadas, con sillones bajos, paredes revestidas en madera oscura y una luz tenue que no invitaba a la ternura, sino a la verdad.

—Siéntate —dijo Rayan.

No fue una orden dura, pero sí definitiva.

Elara obedeció, todavía con el pulso acelerado. Rayan permaneció de pie unos segundos más, como si necesitara asegurarse de algo dentro de sí antes de hablar.

—¿Te tocó? —preguntó.

Elara levantó la vista.

—No.

—¿Te amenazó?

—No —repitió—. Se humilló solo.

Rayan asintió lentamente. Sus manos se cruzaron detrás de la espalda. Esa postura no era casual: era la de un hombre que decide qué se corta y qué se deja vivir.

—Quiero que entiendas algo, Elara —dijo—. No voy a sobreprotegerte. No necesito hacerlo. Te defendiste sola y lo hiciste bien.

Ella tragó saliva.

—Pero…

—Pero —continuó él— no permitiré que vuelva a acercarse a ti. Ni hoy. Ni mañana. Ni en ningún país del mundo.

Elara sostuvo su mirada.

—No quiero que causes un escándalo —dijo—. No quiero que mis padres…

Rayan se inclinó apenas hacia ella.

—Un escándalo es ruido —respondió—. Yo trabajo con consecuencias.

Elara sintió un escalofrío. No de miedo. De comprensión.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.

Rayan no respondió de inmediato.

Se enderezó, tomó su teléfono y marcó un número sin mirar la pantalla.

—Adel —dijo—. Quiero un informe completo de Julien Moreau. Ahora. Negocios, cuentas, alianzas, deudas, todo. Y comunícate con París y Ginebra.

Hizo una pausa.

—Sí. Esta noche.

Colgó.

Elara lo miró, conteniendo la respiración.

—Rayan...

Él se volvió hacia ella.

—No voy a tocar su matrimonio —dijo—. Eso sería burdo. Tampoco voy a enfrentarlo en público. Eso lo haría sentir importante.

Se acercó un paso más.

—Voy a quitarle lo único que realmente le importa: la ilusión de control.

Elara apoyó las manos en sus rodillas.

—¿Y Camille?

Rayan la observó un segundo más de lo necesario.

—Ella eligió bien —respondió—. Eligió a un hombre que cree que el mundo le debe algo. Vivir con eso es castigo suficiente… por ahora.

Elara no supo si sentirse aliviada o inquieta.

—Quiero volver al salón —dijo al cabo—. No quiero que noten nada.

Rayan asintió.

—Eso me gusta de ti —dijo—. No huyes.

Le ofreció el brazo.

—Vamos.

*****

El regreso fue impecable.

Ni una mirada fuera de lugar. Ni un murmullo sospechoso. Para el resto de los invitados, Elara y Rayan simplemente habían salido a tomar aire. Camille los observó con atención, intentando leer algo en sus gestos, pero no encontró nada.

Gabriel lo notó, en cambio.

Cuando Rayan se acercó a él con la excusa de un comentario trivial, Gabriel inclinó apenas la cabeza.

—¿Está bien? —preguntó en voz baja.

—Lo está —respondió Rayan—. Y lo estará más.

Gabriel sostuvo su mirada. Dos hombres distintos, dos formas de poder. Se entendieron sin palabras.

—Eso espero —dijo Gabriel—. Porque no me agrada repetir advertencias.

Rayan no sonrió.

—No hará falta.

*****

Julien, desde el otro extremo del salón, no dejó de mirar a Elara.

Había algo distinto en ella. No era arrogancia. No era desprecio. Era ausencia. Como si él hubiera dejado de existir en su campo de visión.

Eso lo enfureció más que la bofetada.

Se acercó a Camille y murmuró algo al oído. Ella frunció el ceño, incómoda.

—No ahora —le dijo—. No esta noche.

Julien apretó los labios.

—Ese hombre no es lo que parece.

Camille lo miró, cansada.

—Ese hombre es exactamente lo que parece —respondió—. Y tú deberías dejar de provocarlo.

Julien se apartó, herido en el orgullo.

No vio cuando uno de los asistentes se acercó discretamente.

—Señor Moreau —dijo con cortesía—. El señor Al-Zahir desea hablar con usted. En privado.




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