Bajo la protección del Jeque

Capítulo 18 —El día en que dejó de ser promesa

La mañana de la boda amaneció limpia, casi insolente en su belleza.

Elara se despertó antes de que la casa comenzara a moverse. Durante unos minutos se quedó mirando el techo, con una mano apoyada sobre el anillo, recordando con una claridad casi dolorosa que no estaba soñando. No era una historia que alguien hubiera decidido por ella. No era una huida. No era una revancha.

Era una elección.

Cuando bajó a desayunar, la mansión Montreux ya estaba despierta. Personal entrando y saliendo, flores llegando en cajas enormes, llamadas en voz baja. Su madre parecía flotar entre instrucciones, nerviosa y feliz a la vez. Su padre observaba todo con esa satisfacción contenida de quien sabe que el apellido quedará bien escrito en los libros correctos.
Gabriel estaba apoyado en el marco de una puerta, brazos cruzados, evaluándolo todo.

—Todavía puedes arrepentirte —dijo, sin ironía.

Elara sonrió.

—No quiero.

Gabriel la miró largo rato.

—Entonces hazlo bien —respondió—. Como todo lo que vale la pena.

*****

Elara no recordó en qué momento exacto dejó de temblar.

Tal vez fue cuando el vestido cayó sobre su cuerpo y el espejo dejó de mostrar a la mujer que siempre dudaba. Tal vez fue cuando sus manos dejaron de apretar el borde del tocador y comenzaron a sostenerse con firmeza.

El vestido no era ostentoso.

Era perfecto.

Seda marfil que caía como agua, ajustándose a su cintura con delicadeza, abriéndose suavemente sobre sus caderas como si hubiera sido diseñado para honrar su forma, no ocultarla. El escote era elegante, no tímido; las mangas largas de encaje fino abrazaban sus brazos con una transparencia que hablaba de sensualidad sin pedir permiso. La espalda, abierta con sutileza, dejaba ver piel suficiente para recordar que no era una novia ingenua, sino una mujer que había elegido.

Elara se miró.

Y por primera vez no pensó ¿seré suficiente?

Pensó: aquí estoy.

La puerta se abrió suavemente.
Lucas entró primero.
Se quedó quieto un segundo, mirándola como si necesitara acostumbrarse a la imagen.

—Vas a romperles el esquema a todos —dijo, con una sonrisa cargada de emoción—. A los que dudaron… y a los que te subestimaron.

Elara lo abrazó con fuerza.

—Gracias por quedarte —susurró—. Siempre.

Lucas le besó la frente.

—Siempre fui tu lugar seguro. Hoy solo cambia el escenario.

Cuando se separaron, Gabriel estaba en la puerta.

No sonreía. Nunca lo hacía en momentos importantes.

La miró largo rato.

Con una atención que Elara no le conocía.

—Estás… —empezó, y se detuvo—. Estás firme.

Elara tragó saliva.

—Lo estoy.

Gabriel se acercó un paso más.

—Ese hombre —dijo—. El que te espera abajo.

Elara sostuvo la respiración.

—Si alguna vez te hace sentir pequeña…

—No lo hará —interrumpió Elara, con suavidad.

Gabriel asintió.

—Lo sé. —Hizo una pausa—. Porque si lo hiciera, tendría que enfrentarse a mí.

Elara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Gabriel no la abrazó como Lucas.
La sostuvo por los hombros, apoyó la frente contra la de ella un segundo breve, intenso.

—Camina como lo que eres —dijo—. Mi hermana.

*****
La ceremonia estaba llena.
No de gente ruidosa.
De gente importante.
Políticos, empresarios, diplomáticos. Nombres que pesaban. Apellidos que no se sentaban sin entender por qué estaban allí.

Y entonces, él.

Rayan Al-Zahir estaba de pie al frente.
No parecía nervioso.
Parecía inamovible.

Vestía un traje oscuro impecable, líneas limpias, sin ostentación. Pero nadie dudaba de quién era. Su presencia no necesitaba presentación. Era uno de esos hombres cuyo nombre circula en listas que no se publican completas.

Cuando Elara apareció al inicio del pasillo, el murmullo fue inmediato.

No de admiración superficial.
De impacto.

Rayan levantó la vista.

Y por primera vez, algo en él se quebró apenas.
No debilidad.
Reconocimiento.

Camille estaba sentada en la tercera fila.
Y cuando vio a Elara avanzar, del brazo de Gabriel primero, luego de Lucas, su rostro perdió el control por una fracción de segundo.

Porque no vio a la mujer a la que había traicionado.
Vio a una novia imponente.
A una mujer deseada.
A una mujer elegida por un hombre que ella jamás podría alcanzar.

Camille apretó los dedos contra su falda.
Julien no respiraba bien.




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