El llamado a la cena no fue un anuncio.
Fue una orden antigua, transmitida sin palabras.
Las puertas interiores del palacio se abrieron al mismo tiempo, como si el edificio respirara al unísono. Servidores vestidos con túnicas color marfil avanzaron en filas silenciosas, marcando el camino hacia el comedor principal. Elara caminó junto a Rayan, consciente de cada paso, de cada mirada que se posaba en ella con una curiosidad que no intentaba disimularse.
El comedor era inmenso.
No por tamaño solamente, sino por intención.
Columnas de piedra tallada sostenían un techo alto decorado con geometrías doradas que reflejaban la luz de enormes lámparas suspendidas. Las paredes estaban cubiertas por tapices antiguos que narraban batallas, alianzas, dinastías que habían gobernado antes incluso de que el mundo moderno tuviera nombre. El suelo, de mármol pulido, reflejaba las sombras como un espejo frío.
En el centro, una mesa larga, baja, de madera oscura trabajada a mano, rodeada de cojines bordados con hilos de oro y azul profundo. No había sillas. Aquí nadie se acomodaba para sentirse cómodo. Se acomodaba para pertenecer.
Elara bajó la mirada un segundo para ajustar su respiración.
Su vestido era distinto a todo lo que había usado antes.
No occidental.
No completamente tradicional.
Una creación pensada para ese lugar.
La tela era ligera, de un tono verde profundo que resaltaba sus ojos cambiantes. La caída era fluida, marcando su cintura y deslizándose sobre sus caderas con una elegancia natural, sin rigidez. Las mangas largas y ajustadas terminaban en delicados bordados dorados. El escote era discreto, pero no sumiso. Su cabello castaño caía suelto, apenas contenido a los lados, como una declaración silenciosa: no he venido a ocultarme.
A su lado, Rayan vestía una túnica oscura de líneas impecables, ceñida a su cuerpo con una sobriedad que solo aumentaba su presencia. La barba, perfectamente cuidada, delineaba un rostro fuerte, masculino, de rasgos duros suavizados por unos ojos que rara vez mostraban emoción… salvo cuando se posaban en ella.
Elara lo notó.
Siempre lo notaba.
En la cabecera de la mesa estaban los padres de Rayan.
El Sultán Khaled Al-Zahir era un hombre imponente incluso sentado. Alto, de hombros anchos, barba entrecana perfectamente recortada, rostro severo donde cada línea parecía haber sido ganada en negociaciones, no en guerras abiertas. Sus ojos oscuros observaban el mundo con una calma peligrosa, como quien siempre calcula dos movimientos por delante.
La Sultana Amirah era belleza contenida y autoridad pura. Su piel era clara, sus rasgos finos, el cabello oscuro recogido en un peinado impecable que dejaba al descubierto un cuello largo y elegante. Vestía una túnica de seda color marfil con bordados tan finos que parecían dibujados a mano. No levantó la voz. No necesitó hacerlo jamás.
Cuando Rayan se acercó, ambos lo miraron… y luego miraron a Elara.
No con rabia.
Con medición.
—Tomen asiento —dijo Khaled finalmente.
Elara se sentó junto a Rayan, a su derecha, consciente del peso simbólico de ese lugar.
A la izquierda de la Sultana, Nour Al-Haddad ocupaba su sitio.
Era hermosa. De una belleza refinada, pulida por años de saber exactamente cómo moverse, cómo sonreír, cómo inclinar la cabeza. Su vestido tradicional en tonos perla y oro hablaba de linaje, de corrección, de elección aprobada. Cuando vio a Elara sentarse como esposa legítima, algo cruzó fugazmente su mirada.
No fue sorpresa.
Fue resentimiento contenido.
Más allá, apoyado con aparente desinterés, estaba Zahir, el primo. Vestía con elegancia relajada, barba corta, sonrisa fácil. Sus ojos no se apartaban de Elara. No por descortesía. Por fascinación.
La cena comenzó.
Los platos fueron llegando uno tras otro, servidos con una precisión casi ritual.
Primero, panes calientes, crujientes por fuera, suaves por dentro, acompañados de aceites aromatizados con hierbas desconocidas para Elara. Luego, pequeñas bandejas con hummus especiado, cremas de berenjena ahumada, dátiles rellenos de frutos secos y miel.
Elara probó despacio.
El sabor era intenso. Profundo. Diferente.
Amirah no apartó la mirada.
—Nuestra comida puede resultar fuerte para quien no creció aquí —comentó—. No todos se adaptan.
—No vine buscando agrado —respondió Elara con calma—. Vine a conocer el lugar donde vive mi esposo.
Khaled alzó una ceja.
Rayan no intervino, pero su pulgar rozó la mano de Elara bajo la mesa. Un gesto mínimo. De apoyo. De aviso.
Llegaron los platos principales.
Cordero cocido lentamente, especias profundas, arroz perfumado con azafrán, frutos secos, verduras asadas. El aroma era envolvente. Elara sintió cómo los sabores le llenaban la boca de algo completamente nuevo.
—Debe ser difícil —dijo Nour, con una sonrisa medida—. Dejar su país, su familia, todo lo que conoce… por amor.
Elara entendió el filo.
Editado: 22.01.2026