Bajo la protección del Jeque

Capítulo 21—El lenguaje del veneno

El palacio dormía, pero no descansaba.

Elara lo comprendió antes incluso de abrir los ojos. Había algo distinto en el aire, una quietud demasiado pulida, como si la noche se hubiera detenido para observarla. El silencio no era natural; era impuesto.

La habitación estaba sumida en una penumbra dorada. Las lámparas de aceite seguían encendidas, proyectando sombras suaves sobre las paredes cubiertas de mosaicos antiguos. La cama, enorme, tallada en madera oscura con símbolos ancestrales, parecía un altar más que un lugar de descanso.

Rayan dormía a su lado.

Incluso dormido imponía respeto. Su cuerpo ocupaba el espacio con autoridad silenciosa; la respiración profunda, regular. La barba oscura, perfectamente cuidada incluso en reposo, marcaba la línea firme de su mandíbula. Elara había pensado la noche anterior que ese hombre parecía un rey incluso cuando cerraba los ojos.

Fue entonces cuando lo sintió.

No lo vio primero.
Lo sintió.

Un leve roce.
Un desplazamiento casi imperceptible sobre la alfombra.

Elara abrió los ojos de golpe.

El corazón se le detuvo un segundo… y luego comenzó a latir con violencia.

Cerca del borde de la cama, una serpiente se deslizaba con movimientos lentos y precisos. Su cuerpo era largo, musculoso, de un tono arena oscuro con dibujos irregulares que se confundían con el suelo. La cabeza triangular se alzó apenas, y la lengua bífida probó el aire.

No era una serpiente cualquiera.

Elara la reconoció por instinto, aunque jamás había visto una tan de cerca.

—Rayan… —susurró, con la voz apenas audible—. No te muevas.

Rayan despertó en el mismo instante.

No hubo confusión.
No hubo preguntas.

Sus ojos se abrieron y pasaron de la calma absoluta a la alerta total en una fracción de segundo. Siguió la dirección de la mirada de Elara… y comprendió.

Pero no era una.

Rayan tensó el cuerpo.

Desde el otro lado de la habitación, cerca de las cortinas, otra serpiente avanzaba lentamente. Más pequeña, pero igual de peligrosa. Y junto al biombo decorativo, casi invisible entre las sombras, una tercera se enroscaba con paciencia.

Elara sintió cómo el terror le subía por la columna vertebral.

—Son víboras de arena —murmuró Rayan—. Echis carinatus.

Su voz era baja, firme.

—Son extremadamente venenosas —continuó—. Rápidas. No atacan sin provocación… pero alguien las trajo para que el miedo hiciera el trabajo.

Elara apenas respiraba.

—No te muevas —repitió él—. Confía en mí.

Con una lentitud calculada, Rayan deslizó su cuerpo fuera de la cama, colocándose delante de Elara, entre ella y las serpientes. Su postura cambió por completo: ya no era el esposo, ni el hijo, ni el heredero.

Era el jeque.

Tomó una vara decorativa de metal macizo apoyada junto a una columna. El movimiento fue silencioso, preciso. Cuando la primera víbora se lanzó, Rayan actuó.

El golpe fue seco.

Letal.

El cuerpo del animal quedó inmóvil sobre la alfombra.

Antes de que la segunda reaccionara, Rayan ya estaba girando, golpeando con una fuerza controlada que no dejaba margen de error. La tercera intentó huir, pero uno de los guardias, alertado por el movimiento, irrumpió en la habitación y la inmovilizó con rapidez.

Elara permaneció sentada en la cama, pálida, temblando apenas, pero sin gritar.

Cuando todo terminó, tres cuerpos yacían en el suelo.

El olor metálico del veneno se mezcló con el del incienso.

Rayan se giró hacia ella.

—¿Estás herida?

Elara negó con la cabeza.

—No.

Rayan cerró los ojos un segundo.

Y entonces, el aire cambió.

—Esto —dijo, con una calma aterradora— no fue una advertencia.

Presionó un botón oculto en la pared.

—Fue una declaración de guerra.

En segundos, la habitación se llenó de movimiento contenido. Guardias armados, personal del palacio, Adel entrando con el rostro pálido pero atento.

—¿Quién tuvo acceso a esta habitación? —preguntó Rayan.

—Solo personal autorizado —respondió Adel—. Y… —tragó saliva—. Las damas asignadas por la Sultana.

Rayan no levantó la voz.

—Tráelos a todos —ordenó—. Ahora.

Y luego añadió:

—Y llama a mi madre.
—Y a Nour Al-Haddad.

*****

La Sultana Amirah entró con paso firme, sin una arruga fuera de lugar, como si hubiera sido despertada para una audiencia menor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.