Bajo la protección del Jeque

Capítulo 24—El peso que no supieron medir

La mañana en el palacio llegó con una falsa cortesía.

Elara lo notó desde que cruzó el umbral del salón privado de la Sultana Amirah. No era una invitación improvisada. Nada en ese lugar lo era. Cada cojín, cada mesa baja, cada bandeja de porcelana estaba colocada para recordar quién tenía el control… y quién debía adaptarse.

Nour estaba allí.

Sentada a la izquierda de la reina, impecable, delgada, envuelta en una túnica clara que caía recta sobre su cuerpo como si hubiera sido diseñada para no ocupar espacio de más. Cuando vio entrar a Elara, sonrió con una amabilidad tan pulida que dolía.

Elara llevaba un vestido sobrio, elegante, ceñido a su cintura y suave sobre sus caderas. No exagerado. No provocador. Pero imposible de ignorar. Su cuerpo no era recto ni frágil. Era presencia.

La reina Amirah alzó la vista lentamente.
—Elara —dijo—. Siéntate.

No hubo “por favor”.

Elara obedeció.

Una dama sirvió té, luego se retiró sin hacer ruido.
El silencio fue largo. Calculado.

—He pedido esta reunión —comenzó Amirah— porque deseo ayudarte.

Elara sostuvo la mirada.

—Agradezco su interés.

Nour intervino con suavidad.

—Adaptarse a nuestra cultura puede ser… exigente. No solo en costumbres, sino en disciplina personal.
Elara entendió el terreno que pisaba.

—Toda adaptación requiere aprendizaje —respondió—. Estoy dispuesta.

Amirah inclinó apenas la cabeza.

—Aquí valoramos la armonía —dijo—. En el cuerpo… y en el espíritu.

Sus ojos recorrieron a Elara sin disimulo.

No fue una mirada obscena.

Fue una mirada correctiva.

—Las esposas del linaje Al-Zahir representan equilibrio —continuó—. Moderación. Contención.

Nour tomó su taza.

—Algunas mujeres —añadió— necesitan más guía que otras para alcanzarlo.

Elara respiró hondo.

—¿Guía en qué sentido? —preguntó, aunque ya lo sabía.

La reina hizo un gesto con la mano. Una dama apareció de inmediato con una bandeja.

Sobre ella, pequeños cuencos, frutas cortadas con precisión, infusiones claras.

—Nuestro médico personal y nuestras asesoras —dijo Amirah— han preparado un plan nutricional adecuado para ti.

Elara bajó la mirada un segundo.

No para someterse.
Para no responder con rabia.

—¿Un plan? —preguntó.
—Una dieta —aclaró Nour, sin dureza—. Pensada para… refinar.

La palabra quedó suspendida.
Elara alzó la vista.

—¿Refinar qué? —preguntó con calma.

El silencio se volvió incómodo.

Amirah sostuvo la mirada de Elara.

—Tu figura —dijo finalmente— no es común aquí.

Elara asintió.

—Lo sé.

—Puede llamar la atención indebida —continuó la reina—. En este palacio, eso no siempre es bien recibido.

Elara sintió algo apretarse en su pecho. No vergüenza. Rabia contenida.

—Mi cuerpo no es una provocación —dijo—. Es el cuerpo que tengo.

Nour inclinó la cabeza, con falsa empatía.

—Nadie ha dicho lo contrario. Solo… creemos que podrías beneficiarte de un poco de contención.

Elara apoyó las manos sobre sus rodillas.

—Con respeto, Alteza —dijo mirando a la reina—, mi esposo no me pidió contención cuando decidió casarse conmigo.

El nombre no fue pronunciado, pero pesó.
Amirah apretó los labios.

—Rayan es un hombre —dijo—. Los hombres desean muchas cosas.

Elara sostuvo la mirada.

—Y aun así me eligió tal como soy.

El silencio fue definitivo.

Amirah dejó la taza.

—Puedes retirarte —dijo—. Las damas te explicarán el programa.

Elara se puso de pie.

—No seguiré una dieta impuesta —dijo con voz firme—. Si desean hablar conmigo, que sea como mujer. No como cuerpo que debe corregirse.

Nour se tensó.

La reina no respondió de inmediato.

—Veremos —dijo finalmente—. Cuánto dura esa convicción.

Elara inclinó la cabeza con respeto… y salió.

Con el corazón golpeándole el pecho.

Esa noche, Elara se despojó del vestido en silencio.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por lámparas bajas. Rayan entró sin anunciarse. No dijo nada al principio. Se acercó por detrás y apoyó las manos en su cintura, grandes, firmes, como si ese gesto fuera una respuesta a todo lo ocurrido.




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