Bajo la protección del Jeque

Capítulo 25—Cuando el cuerpo se vuelve territorio

El rumor no llegó como un escándalo.

Llegó como llegan las cosas verdaderamente peligrosas en el palacio:

En voz baja, con sonrisas educadas, envuelto en supuesta preocupación.

Elara lo sintió antes de oírlo.

Fue en el desayuno, cuando entró al salón secundario acompañada por dos damas asignadas. Las conversaciones no se detuvieron, pero bajaron un tono. Las miradas se alargaron. Una mujer mayor la observó con detenimiento, no el rostro, sino el cuerpo. Luego susurró algo a la mujer sentada a su lado.

Elara se sentó sin decir nada.

La mesa estaba servida con una abundancia casi insultante: panes calientes, frutas, miel, quesos, carnes. Pero frente a ella, el plato era distinto. Más pequeño. Más… medido.

Una de las damas se inclinó.

—Indicaciones de la reina —dijo con suavidad—. Algo ligero esta mañana.

Elara levantó la vista.

—No pedí indicaciones —respondió.

La dama dudó.

—Son recomendaciones —añadió—. Para su bienestar.

Elara sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Mi bienestar no se decide sin mí.

La dama retrocedió, incómoda.
Elara tomó el pan de la mesa central y lo colocó en su plato. Luego hizo lo mismo con fruta, con queso. No exageró. Pero eligió.

El murmullo se extendió como una onda.
En otro extremo del salón, Nour observaba.
No con enojo.
Con satisfacción.

Más tarde, el comentario llegó completo.

—Dicen que la reina está preocupada —susurró una mujer—. Que Elara no encaja del todo con el ideal del palacio.
—Que necesita disciplina —respondió otra—. Refinamiento.
—Una dieta —añadió una tercera—. Como todas al principio.

Elara escuchó.
No interrumpió.
No reaccionó.

Pero algo dentro de ella se tensó como un hilo a punto de romperse.

***

El encuentro con Zahir fue “casual”.

Siempre lo era.
Elara caminaba por uno de los patios interiores, intentando despejar la mente, cuando él apareció apoyado contra una columna, como si el palacio mismo lo hubiera colocado allí.

—Te ves pensativa —dijo.

Elara no se detuvo.

—No estoy de humor para conversaciones.

Zahir caminó a su lado, sin invadir, pero sin retirarse.

—Difícil no estarlo —comentó—. Cuando todo el mundo cree tener derecho a opinar sobre tu cuerpo.

Elara se detuvo entonces.

—¿Qué sabes tú de eso?

Zahir la miró con seriedad inusual.

—Más de lo que imaginas —respondió—. He oído los comentarios. La “preocupación”. La dieta.

Elara apretó los dedos.

—No necesito que me defiendas.

—Lo sé —dijo él—. Pero alguien debería decir lo obvio.

Elara lo miró con cautela.

—¿Qué cosa?

Zahir se permitió recorrerla con la mirada, sin lascivia, pero sin fingir indiferencia.

—Que el problema no es tu cuerpo —dijo—. Es que no saben qué hacer con él.

Elara sintió una incomodidad distinta. No era humillación. Era exposición.

—Ten cuidado —advirtió—. Hablas de la reina.

Zahir sonrió apenas.

—Hablo de miedo.

Se detuvo frente a ella.

—Tu esposo te desea —continuó—. Eso aquí es peligroso cuando no estaba previsto.

Elara dio un paso atrás.

—No te metas.

Zahir inclinó la cabeza.

—No me meto. Observo.

Y bajó la voz.

—Pero otros no observan. Actúan.

Antes de que Elara pudiera responder, Zahir se apartó, dejándola con una sensación incómoda en la piel.

No había sido una defensa inocente.
Había sido una advertencia… con curiosidad.

***
Rayan se enteró esa misma tarde.
No por rumores.
Por cifras.

Adel entró a su despacho con una tableta en la mano.

—Han modificado el menú de la Alteza Elara —dijo—. También han redistribuido a las damas que la acompañan. La reina ha autorizado “ajustes”.

Rayan dejó el documento que estaba revisando.

—¿Ajustes?
—Restricción calórica —respondió Adel—. Y comentarios… velados.

El silencio de Rayan fue inmediato y pesado.

—¿Quién más lo sabe?
—Todos —respondió Adel—. Ya no es privado.

Rayan se levantó.
No con prisa.
Con decisión.

—Convoca a la corte esta noche —ordenó—. Cena completa. Todos los presentes.




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