Bajo la protección del Jeque

Capítulo 29—Mover las piezas sin tocar el tablero

Elara ya no dudaba.

La duda había quedado atrás la noche en que puso palabras a una intuición que llevaba días creciendo dentro de ella, no como miedo, sino como certeza incómoda. Desde entonces, cada gesto del palacio confirmaba algo que su cuerpo y su mente habían empezado a leer con claridad.

No era paranoia.

Era intervención.

Aquella mañana se vistió sola. No porque hubiera despedido a las damas asignadas, sino porque necesitaba el espacio íntimo de decidir sin miradas evaluando cada movimiento. Eligió un vestido de corte occidental, largo, de un tono marfil cálido. La tela era ligera, de excelente caída, ajustada a la cintura y suelta sobre las caderas amplias que nunca habían sido un problema para ella… hasta llegar a ese lugar.

No intentaba ocultarlas.
Tampoco provocaba.
Existía.

Al salir de la habitación, el palacio parecía el mismo de siempre: silencioso, perfecto, impecable. Las damas inclinaron la cabeza. Los guardias mantuvieron la postura. Todo correcto.

Y, sin embargo, Elara notó algo que antes le había pasado desapercibido: las miradas no eran casuales.

En el desayuno, la escena se repitió con una precisión inquietante.

La mesa dispuesta con meticulosidad. El aroma del pan caliente, la fruta cortada con exactitud casi ceremonial. Y, como cada mañana, la infusión clara colocada frente a ella.

Elara la observó un segundo más de lo habitual.
No con gesto dramático.
Con atención analítica.

Tomó la taza entre las manos, dejó que el vapor le rozara el rostro, y la dejó a un lado sin beber. Tomó agua en su lugar y continuó comiendo con normalidad, participando en la conversación, sonriendo cuando correspondía.

Lo importante no era su gesto.
Era quién lo notaba.

Dos miradas se detuvieron en la taza intacta. Una pertenecía a una de las damas asignadas directamente por la reina. La otra, a Nour.

Elara lo registró sin alterar su respiración.

***

Fue más tarde, cuando el día comenzaba a apagarse y los corredores del palacio se vaciaban, que Elara decidió hablar.

Rayan cerró la puerta detrás de ellos con un gesto tranquilo, pero firme. No dio órdenes, no llamó a nadie. Ese silencio no era casualidad: era protección.

Elara permaneció de pie unos segundos, con las manos entrelazadas frente al cuerpo. Vestía una túnica ligera, de tela suave, que marcaba su cintura y dejaba caer la tela sobre sus caderas con naturalidad. No parecía frágil. Parecía concentrada.

—No es una sensación —dijo finalmente, sin rodeos—. No es miedo ni ansiedad.

Rayan no la interrumpió.

—Desde que llegué al palacio —continuó— mi cuerpo dejó de responder como siempre. No hablo solo de no quedar embarazada. Hablo de ciclos irregulares. Cambios que nunca tuve. Mi cuerpo siempre fue regular, Rayan. Siempre.

Rayan dio un paso hacia ella.

—¿Y cuándo notaste el patrón?

—Cuando entendí que no era solo mi cuerpo —respondió—. Son las infusiones.

Rayan se tensó apenas.

—Explícate.

Elara alzó la mirada, firme.

—Siempre son para mí. Siempre las mismas. Siempre “para el equilibrio femenino”. Las ofrecen con demasiada insistencia y demasiada calma. Las otras mujeres no las beben. No las necesitan y cuando dejé de tomarlas —añadió—, empezaron a observarme.

El silencio se volvió denso.

Rayan no habló de inmediato. Su mandíbula se endureció apenas, un gesto mínimo que delataba contención, no duda.

—¿Crees que lo hacen para impedir un embarazo? —preguntó, directo.

Elara no vaciló.

—Sí.

No fue una acusación histérica.

Fue una conclusión.

—No puedo probarlo aún —continuó—. Pero el objetivo es claro: ganar tiempo. Mantenerme “incompleta”. Justificar después lo que ya tienen decidido.

Rayan cerró los ojos un instante.

No para dudar.
Para contener.

—Nadie decide sobre el cuerpo de mi esposa —dijo con una calma peligrosa—. Nadie.

Elara se acercó un paso.

—Por eso te lo digo ahora —dijo—. No para que reacciones. Para que observemos juntos. Si los enfrentamos sin pruebas, se cubrirán. Si esperamos, cometerán un error.

Rayan la miró largo rato.

—¿Confías en que lo harán?

—Sí —respondió Elara—. Porque creen que soy más lenta de lo que soy.

Rayan apoyó la frente en la de ella.

—Entonces haremos esto a tu manera —dijo—. Pero cuando tenga la confirmación… no habrá misericordia.

Elara cerró los ojos.

—No la quiero —susurró—. Quiero que se detengan.

Rayan apoyó las manos en su cintura, firme, protector.




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