Bajo la protección del Jeque

Capítulo 34—La ausencia del heredero

Rayan no anunció su partida con ceremonias.

En el palacio, las grandes ausencias no se proclamaban. Se entendían por los pasillos más silenciosos, por los guardias que cambiaban de ruta, por Adel recortando palabras y volviéndose sombra.
Elara supo que algo había cambiado incluso antes de que él se lo dijera.

La mañana posterior al “Salón de las Madres”, el palacio tenía la respiración contenida. No por culpa de Elara. No por la reina.

Por el heredero.

Rayan la encontró en el balcón interior, donde la luz caía filtrada por celosías y la brisa traía olor a agua y jazmín. Elara llevaba una túnica clara, de tela suave, atada en la cintura con un cinturón fino. El corte se adaptaba al país sin borrar su esencia occidental. Sus rizos castaños estaban recogidos a medias, y sus ojos, entre verdes y grises, miraban un punto fijo en el jardín como si lo estuvieran leyendo.

—Te estás preparando —dijo Rayan.

No era pregunta.

Elara no giró al instante.

—Me estoy acostumbrando a escuchar el palacio —respondió—. Hoy suena distinto.

Rayan se acercó por detrás, apoyó una mano en su cintura, donde su cuerpo se ensanchaba con esa curva que a él lo volvía brutalmente posesivo en silencio.

—Tengo que salir —dijo.

Elara cerró los ojos un segundo, apenas. No dramatizó.

—¿Cuánto tiempo?

Rayan respiró hondo.

—No lo sé.

Esa honestidad era más peligrosa que cualquier mentira.

Elara giró despacio y lo miró a los ojos.

—¿El Sultán? —preguntó, sin titubeos.

Rayan no respondió con palabras. Le bastó una mirada.

Elara asintió, comprendiendo.

—¿Me dejas… sola? —preguntó, y su voz no tembló.

Pero la pregunta tenía filo. No era miedo infantil. Era consciencia del tablero.

Rayan le tomó el rostro con ambas manos.

—No —dijo—. Te dejo con el palacio.

Elara lo sostuvo.

—Eso es lo mismo.

Rayan sonrió apenas, oscuro.

—No. Porque tú ya no eres la misma mujer que llegó.
Elara tragó saliva.

Rayan bajó la voz, como si el palacio pudiera escuchar incluso a través del mármol.

—Khalil y Samir están conmigo —dijo—. Adel se queda aquí. Y mi cadena se queda contigo.

Elara apretó los dedos sobre la manga de él.

—¿Y la reina?

Rayan la miró sin pestañear.

—La reina se cree lista —respondió—. Pero todavía no ha entendido que tú también aprendiste a mover piezas.

Elara sostuvo su mirada.

—No quiero una guerra —dijo.

Rayan apoyó la frente en la de ella.

—Ya empezó sin que la pidieras —murmuró—. Lo que tú decides es si la pierdes… o la conviertes en tu lugar.

Elara respiró hondo.

—¿Qué espera ella que ocurra? —preguntó.

Rayan no tardó.

—Que te aísles. Que dudes. Que te enfermes de inseguridad.

Elara soltó una exhalación lenta, como si alineara su mente.

—Entonces haré lo contrario.

Rayan sonrió, y por primera vez en días, esa sonrisa tuvo algo de orgullo limpio.

—Eso —dijo— es lo que me vuelve incapaz de soltarte.

Elara levantó una mano y tocó la barba de él, un gesto íntimo, humano, lejos del protocolo.

—Vuelve —pidió, sin pedir permiso.

Rayan tomó esa mano y la besó.

—Volveré —respondió—. Y cuando vuelva, quiero encontrarte de pie.

Elara lo miró.

—Me vas a encontrar de pie.

El día se torció al mediodía.
No con una catástrofe.
Con una invitación.
Otra.

Esta vez, no era el “Salón de las Madres”. Era un evento de caridad dentro del palacio, con damas influyentes, cámaras seleccionadas y una narrativa preparada. El tipo de evento donde el poder se maquillaba de bondad.

Elara leyó la tarjeta: “Presencia obligatoria de la esposa del heredero, para mostrar unidad y tradición.”

Unidad.
Tradición.
Palabras bonitas para decir: control.

Adel la miró con esa lealtad silenciosa que ya le pertenecía.

—Mi señora, puedo decir que no se siente bien.

Elara negó con calma.

—No —respondió—. Hoy no me escondo.

Se vistió con una mezcla perfecta: un vestido largo de inspiración occidental, confeccionado con tela local, ceñido en la cintura y fluido en la falda. El color era profundo, sobrio, elegante. No se disfrazaba. Se adaptaba sin desaparecer.




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