Elara no durmió profundamente.
No por terror.
Por vigilancia.
En el palacio, el sueño era un lujo. Y ella estaba aprendiendo a no regalarlo.
Amaneció con la certeza de que el día traería otra forma de presión.
Las “orientaciones” comenzaron temprano. Damas de distintos rangos aparecieron con sonrisas rígidas, listas para corregir su postura, su manera de vestir, su dieta, su silencio.
Elara escuchó. Sonrió. Respondió lo justo.
Y no bebió nada que no hubiera elegido.
Al mediodía, Adel anunció una visita.
—Mi señora… llegaron hombres de su país.
Elara se quedó inmóvil.
Su primera reacción fue la incredulidad.
La segunda, un nudo en el pecho.
—¿Quiénes? —preguntó.
Adel bajó la voz.
—Sus hermanos.
Elara sintió que el aire cambiaba.
No porque fueran “refuerzos”.
Porque eran… hogar.
El encuentro fue en un salón neutro, sin símbolos de la reina ni del consejo. Un espacio de tránsito, de audiencias menores.
Elara entró con pasos controlados.
Y ahí estaban.
Lucas, con su energía conocida, el rostro tenso de preocupación que intentaba esconder bajo una sonrisa. Vestía elegante, occidental, pero con detalles sobrios. Ya no parecía el chico del set. Parecía un hombre que venía a plantar bandera en un territorio hostil.
Y Gabriel, imponente, serio, con esa frialdad de negocios que Elara siempre había respetado. El mismo que rara vez se acercaba emocionalmente. El mismo que, cuando lo hacía, era porque algo dentro de él había decidido que no había vuelta atrás.
Elara se quedó quieta un segundo.
Lucas fue el primero en moverse.
—Elara… —dijo, y su voz se quebró un poco.
Ella no se lanzó como niña.
Caminó con dignidad… y lo abrazó igual.
Lucas apretó fuerte, como si quisiera comprobar que estaba entera.
—No te vayas a romper aquí —susurró—. Te juro que si te rompes, yo…
Elara se separó y lo miró.
—No me voy a romper.
Lucas tragó saliva y sonrió, orgulloso.
Gabriel se acercó después. No fue abrazo inmediato. Gabriel era Gabriel.
La miró de arriba abajo, evaluando no su vestido, sino su estado.
—Te ves… distinta —dijo.
Elara sostuvo su mirada.
—Estoy aprendiendo —respondió.
Gabriel asintió lentamente.
—Bien.
Esa palabra, en Gabriel, era un abrazo.
Lucas soltó una risa nerviosa.
—Yo quería venir antes —dijo—, pero… no era fácil.
Elara lo miró con ternura.
—Lo sé.
Gabriel observó el salón, las puertas, la distancia de los guardias.
—Esto es un teatro —dijo, seco.
Elara sonrió apenas.
—Sí.
Lucas bajó la voz.
—¿Dónde está Rayan?
Elara sintió el golpe, pero lo sostuvo.
—Tuvo que salir.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Entonces la reina mueve piezas.
Elara no preguntó cómo lo sabía. Gabriel leía el mundo así.
—Ya empezó —respondió.
Lucas se inclinó hacia ella.
—¿Te han hecho algo? —preguntó con rabia contenida.
Elara respiró hondo.
—Han intentado —dijo—. Pero no han logrado.
Gabriel la miró fijamente.
—¿Qué están intentando? —preguntó.
Elara dudó un segundo… y decidió confiar.
—Control —respondió—. Mi cuerpo. Mi imagen. Mi lugar.
Lucas palideció.
Gabriel no.
Gabriel se quedó frío.
—¿Quién? —preguntó.
Elara bajó la voz.
—La reina… y Nour.
Lucas apretó los puños.
—Esa… esa mujer.
Gabriel alzó una mano.
—No te aceleres —le dijo a Lucas—. Aquí la emoción es combustible para el enemigo.
Lucas tragó saliva, obedeciendo.
Elara miró a Gabriel.
—¿Por qué viniste? —preguntó.
Gabriel la sostuvo.
—Porque eres mi hermana —dijo—. Y porque nadie juega con el apellido Montreux.
Elara se quedó quieta.
Eso era gigantesco.
Lucas sonrió.
—Y porque me llamó Rayan —soltó de golpe.
Editado: 13.02.2026