Bajo la protección del Jeque

Capítulo 36 —La sombra del Sultán

La primera vez que Elara escuchó el nombre del Sultán en boca del palacio, no fue como una presentación.

Fue como una advertencia.
Ocurrió esa misma tarde, cuando las damas de “orientación” se reunieron con una cortesía exagerada, más cuidadosa que otros días.

Elara estaba sentada en un salón pequeño, con Lucas y Gabriel a cierta distancia, escoltados por Adel y guardias formales. No era un encierro. Era un mensaje: aquí, incluso la visita es observada.
Una de las damas mayores se inclinó con sonrisa tensa.

—Su Alteza… hemos recibido instrucciones de Su Majestad.

Elara alzó la mirada.

—¿La reina? —preguntó.

La dama dudó un segundo.

—Del… Sultán —corrigió.

La palabra cayó con un peso distinto.

Lucas se tensó. Gabriel no cambió el gesto, pero sus ojos se endurecieron.

Elara no se movió.

—¿Qué tipo de instrucciones? —preguntó.

La dama bajó la voz.

—Que se cuide la imagen del hogar real… hasta que el heredero regrese.

Elara entendió el verdadero significado:
No hagas ruido. No te defiendas demasiado. No provoques.
Elara sonrió.

—¿El Sultán pidió eso? —preguntó con suavidad.

La dama tragó saliva.

—Se… entiende que sí.

Elara inclinó la cabeza.

—Entonces dígale a Su Majestad… —hizo una pausa mínima— …que mi imagen es dignidad. No silencio.

La dama parpadeó, desconcertada.

Y ese desconcierto fue la prueba de que el nombre del Sultán se usaba como arma, aunque él aún no hubiera hablado.

Esa noche, Samir envió un mensaje cifrado a Adel.
Una sola línea.

“El Sultán observa.”

Nada más.

Elara lo leyó y sintió un frío interno.

Lucas estaba en su sala privada, caminando de un lado a otro.

—Esto ya no es solo suegra mala —dijo—. Esto es… reino.

Gabriel se apoyó en el marco de una puerta.

—Siempre fue reino —corrigió—. Solo que ahora lo están diciendo en voz alta.

Elara se sentó con calma.

—No he visto al Sultán —dijo.

Gabriel la miró.

—Y eso es lo peor —respondió—. Porque el que manda de verdad no aparece hasta que decide cortar.

Elara sintió un peso en el pecho.

—¿Cortar qué? —preguntó Lucas, inquieto.

Gabriel lo miró como si fuera obvio.

—Cortar el caos.

Lucas apretó los puños.

—Yo no quiero que corten a Elara.

Elara levantó la mano.

—No van a cortarme —dijo con calma—. No si yo me mantengo firme.

Gabriel la observó.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —preguntó.

Elara lo miró.

—Me estoy quedando.

Gabriel asintió lentamente.

—Exacto —dijo—. Te estás quedando en un sitio que fue diseñado para que te fueras.

Lucas se detuvo.

—¿Y si Rayan tarda? —preguntó, con miedo real.

Elara sintió el golpe.
No lo negó.

—Entonces —respondió— aprenderé a resistir más tiempo.

***
Esa noche, la reina Amirah convocó a Nour.
En privado.
No con gritos.
Con hielo.

—Trajiste el nombre del Sultán a la mesa —dijo Amirah.

Nour tragó saliva.

—Creí que…

Amirah la cortó.

—No creas. Aprende.

Nour bajó la mirada.

—Elara es más fuerte de lo que pensábamos.

La reina sonrió, pero fue una sonrisa sin belleza.

—No —corrigió—. Elara tiene algo peor.

Nour alzó la vista.

—¿Qué?

—Familia —dijo Amirah—. Y ahora… testigos.

Nour palideció.

La reina se levantó con elegancia.

—Si el Sultán decide intervenir —dijo—, no me importa tu orgullo ni tu deseo. Te apartarás.

Nour sintió que el suelo se abría.

—Pero… yo…

La reina la miró.

—Tú eres una posibilidad. No una certeza.

Nour apretó los labios.

—Y Rayan… —susurró.

La reina no respondió. Solo caminó hacia la ventana.

—El Sultán no tolera el desorden —dijo al fin—. Y si cree que Elara lo causa, la querrá fuera. Si cree que yo lo causé… entonces yo perderé algo peor que el poder.




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