El sonido de los motores afuera del restaurante fue suficiente para que el aire se volviera pesado.
Cielo sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.
Alessandro De Luca, en cambio, ni siquiera pestañeó.
Se levantó con una calma que parecía imposible, como si el peligro fuera parte de su rutina diaria. Como si la muerte fuera solo un invitado más en su mesa.
—Quedate detrás de mí —ordenó.
Su voz no era alta, pero era firme. Inapelable.
Cielo abrió la boca para protestar, para decir que no quería ser un problema… pero no salió ninguna palabra. Sus piernas se movieron solas, obedeciendo.
Alessandro hizo un gesto con la mano y dos hombres armados se acercaron.
—Cierren la entrada. Nadie entra, nadie sale —dijo con frialdad—. Y traigan el auto.
Uno de los hombres asintió y desapareció.
El otro se quedó, vigilando la puerta con el arma oculta bajo la chaqueta.
Cielo temblaba.
No por el frío.
Por la certeza de que, allá afuera, alguien estaba esperando para matarla.
Se aferró a la tela del vestido, apretándola entre sus dedos.
—¿Qué van a hacer? —susurró, intentando que su voz no se quebrara.
Alessandro giró la cabeza apenas hacia ella. Sus ojos oscuros la recorrieron con una intensidad que le erizó la piel.
—Sobrevivir —respondió simplemente.
Cielo sintió un nudo en el estómago.
El silencio se rompió con un golpe seco en la puerta principal.
¡BAM!
Luego otro.
¡BAM!
Alessandro no se movió. Solo observó.
Uno de los guardias se acercó a la ventana lateral y miró con discreción hacia afuera. Su expresión cambió al instante.
—Capo… son cinco autos —dijo en voz baja—. Y no son de los Santoro.
El nombre le sonó a Cielo como un disparo.
Santoro.
Había escuchado ese apellido en murmullos, en conversaciones a medias. Una familia rival. Brutal. Sin códigos.
Alessandro apretó la mandíbula.
—Entonces vinieron por sangre —murmuró.
Cielo sintió que el corazón le latía tan fuerte que le dolía.
—¿Por mí…? —preguntó, casi sin voz.
Alessandro la miró de nuevo.
Y por primera vez, Cielo notó algo en su expresión que no era frialdad.
Era molestia.
No con ella.
Con el mundo.
—Por vos… y por lo que trajiste —dijo—. Pero ahora también vinieron por mí.
El estómago de Cielo se hundió.
—Lo siento… yo no quería…
Alessandro levantó una mano.
—No pidas perdón por intentar vivir.
Esa frase le atravesó el pecho.
Como si alguien, por primera vez, entendiera su miedo sin juzgarla.
El guardia de la entrada se acercó rápidamente.
—Capo, están armados. Quieren entrar.
Alessandro respiró profundo, como si tomara una decisión final.
Luego, sin mirar a nadie más, le habló a Cielo:
—Vas a venir conmigo. Y vas a hacer exactamente lo que te diga.
Cielo tragó saliva.
—¿Y si… si no quiero?
Alessandro se acercó hasta quedar frente a ella.
Demasiado cerca.
Cielo sintió el perfume de su colonia: madera oscura, cuero y algo más… algo peligroso.
Alessandro inclinó la cabeza y le habló con voz baja, casi íntima.
—Cielo… no es cuestión de querer.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Es cuestión de seguir respirando.
Ella sintió un estremecimiento.
No por miedo únicamente.
Por la forma en que ese hombre podía ser tan aterrador… y al mismo tiempo, tan seguro.
Tan dominante… sin ser cruel.
Alessandro se giró hacia uno de sus hombres.
—Saquen a los clientes por la puerta trasera. Ahora.
Los hombres comenzaron a moverse rápido. El restaurante, que minutos antes parecía una escena de lujo tranquilo, se convirtió en un caos silencioso: mesas apartadas, puertas abriéndose, murmullos tensos.
Cielo miró alrededor, sintiendo que estaba dentro de una película… pero sin guion.
Y con una bala esperando su nombre.
Alessandro le tomó la muñeca.
Su mano era cálida, fuerte.
Y cuando la tocó, Cielo se quedó rígida.
No porque la lastimara.
Sino porque el contacto fue demasiado real.
Demasiado íntimo.
Como si ese simple agarre le dijera: “Ahora sos mía… y nadie te toca.”
Alessandro la llevó por un pasillo largo hacia la parte trasera del restaurante.
—Camina —ordenó.
—Estoy caminando… —susurró ella, casi sin aliento.
Alessandro no respondió, pero apretó su muñeca un poco más, como si se asegurara de que no se separara.
Llegaron a una puerta de metal.
Uno de los guardias la abrió.
Y el aire de afuera golpeó el rostro de Cielo con fuerza.
Un callejón oscuro.
Silencioso.
Demasiado silencioso.
Alessandro miró hacia ambos lados y luego la empujó suavemente detrás de él, cubriéndola con su cuerpo como un escudo.
Cielo sintió su espalda rozando su pecho.
Y fue un error.
Porque su piel reaccionó.
Su respiración se trabó.
Y por un instante olvidó el peligro.
Olvidó las armas.
Olvidó el miedo.
Solo sintió el calor de Alessandro De Luca pegado a ella, tan cerca que podía sentir el latido firme de su corazón.
Alessandro murmuró cerca de su oído:
—No te separes de mí.
Su voz vibró contra su piel.
Cielo asintió, incapaz de hablar.
Entonces un disparo sonó desde el otro extremo del callejón.
¡PAM!
Cielo gritó, pero Alessandro la cubrió al instante, girándola y empujándola contra la pared.
—¡Agachate! —ordenó.
Otro disparo.
¡PAM! ¡PAM!
El eco rebotó entre las paredes estrechas.
Alessandro sacó un arma de su chaqueta con rapidez, como si llevar un arma fuera tan natural como respirar.
Le hizo una seña a sus hombres.
—¡Fuego!
El callejón se llenó de balas, gritos y sombras corriendo.
Cielo se tapó la boca para no llorar.
Sus ojos ardían.
Su cuerpo temblaba.
Alessandro se movió delante de ella con una precisión fría, disparando con control, sin desesperación.
Como si ya hubiera vivido esto mil veces.
Y en medio del caos, Alessandro giró hacia ella.