El auto avanzaba por las calles de Sicilia como una sombra silenciosa, deslizándose entre el tráfico nocturno sin llamar la atención. Cielo iba en el asiento trasero, con el corazón todavía acelerado, apretando con fuerza su bolso contra el pecho como si eso pudiera darle algo de control sobre la situación.
No había dejado de temblar desde el restaurante.
Alessandro De Luca iba adelante, serio, concentrado en la carretera. Su perfil era impecable, como tallado en piedra. No parecía un hombre que dudara. No parecía un hombre que se equivocara.
Y eso era lo que más asustaba.
A su lado, Marco conducía con las manos firmes en el volante, pero sus ojos se movían constantemente, atentos a cualquier cosa.
El silencio era pesado.
Hasta que Cielo no aguantó más.
—¿A dónde me llevan? —preguntó con la voz suave, pero intentando que no sonara como un ruego.
Alessandro la miró por el retrovisor.
Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella.
—A un lugar seguro.
—No me respondiste… —Cielo tragó saliva—. ¿A dónde?
Alessandro apretó la mandíbula.
—A mi casa.
La palabra cayó como un golpe.
Su casa.
Cielo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era imposible que eso sonara normal. No importaba lo tranquilo que él hablara… no importaba que la hubiera protegido.
Era un hombre peligroso.
Un hombre con poder.
Y ella estaba yendo directo al corazón de su mundo.
—Yo… yo no puedo quedarme en tu casa —susurró.
Alessandro no respondió de inmediato.
La mirada que le dedicó por el espejo fue más intensa.
—No es una invitación, Cielo.
Ella abrió la boca, indignada, pero ninguna palabra salió.
Porque en el fondo sabía que no tenía elección.
Marco giró hacia una carretera más amplia, y las luces de la ciudad comenzaron a quedar atrás. El paisaje cambió. Las casas se volvieron más grandes, más aisladas, y el aire se sentía más frío.
Después de veinte minutos, un portón enorme apareció frente a ellos.
Hierro negro.
Altísimo.
Dos guardias armados se acercaron al auto.
Cielo sintió que se le secaba la garganta.
Marco bajó la ventanilla y dijo algo en italiano. Los hombres asintieron inmediatamente y el portón se abrió con lentitud, como si estuviera revelando un mundo oculto.
El auto entró.
Y lo que Cielo vio la dejó sin aliento.
Una mansión.
No… una villa.
Grande, elegante, rodeada de jardines impecables y luces cálidas. Había fuentes, esculturas, árboles perfectamente recortados. Todo parecía sacado de una película.
Pero lo que más le heló la sangre fue la seguridad.
Hombres caminando por los jardines, patrullando.
Armas en sus cinturones.
Ojos atentos.
Era un castillo moderno… pero hecho para la guerra.
El auto se detuvo frente a la entrada principal.
Marco bajó primero, abriendo la puerta para Alessandro.
Alessandro salió con esa calma que parecía inhumana.
Luego se acercó a la puerta trasera.
Y la abrió.
Cielo se quedó quieta, mirándolo.
Él extendió su mano.
—Baja.
Ella tragó saliva, dudando.
—No soy tu prisionera.
Alessandro inclinó un poco la cabeza, como si estuviera analizando cada pensamiento que cruzaba por su mente.
—No. Pero estás bajo mi protección.
Cielo respiró hondo y bajó.
El aire nocturno olía a tierra húmeda y flores. Era hermoso… pero el miedo seguía apretándole el pecho.
Alessandro caminó junto a ella hacia la entrada. No la tocó. No la empujó.
Pero su presencia era tan dominante que era como si la estuviera sosteniendo sin necesidad de hacerlo.
Cuando entraron, Cielo sintió que su mundo se hacía pequeño.
El interior era todavía más impresionante.
Mármol, techos altos, cuadros antiguos, lámparas enormes.
Todo gritaba riqueza.
Y control.
—Dios… —susurró ella sin querer.
Alessandro la miró de reojo.
—No es un hotel. No te emociones.
Cielo lo miró, ofendida.
—No me estoy emocionando. Estoy… sorprendida.
Él soltó una pequeña risa seca.
Fue mínima.
Pero fue real.
Y esa risa, por alguna razón, le hizo sentir algo extraño.
Como si por un segundo hubiera visto al hombre detrás del capo.
Una mujer apareció desde un pasillo.
Era mayor, quizás unos cincuenta y tantos, cabello oscuro recogido y un rostro serio, pero cálido.
—Signore De Luca —dijo con respeto—. La cena está lista.
Alessandro negó con la cabeza.
—No ahora. Prepara una habitación para ella.
La mujer miró a Cielo con atención.
—Claro… sígame, signorina.
Cielo miró a Alessandro.
—¿Y si quiero irme?
Alessandro dio un paso hacia ella.
Solo uno.
Pero fue suficiente para que Cielo sintiera el calor de su cuerpo cerca.
—No vas a irte esta noche.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Hay gente buscándote.
El corazón de Cielo se encogió.
—¿Quiénes?
Alessandro apretó la mandíbula, como si la respuesta le molestara.
—Hombres que no entienden la palabra “no”.
Cielo sintió que la sangre se le helaba.
Entonces… todo era real.
Lo que había pasado no era un susto.
Era una amenaza.
—¿Por qué? —preguntó ella, casi sin voz—. Yo no soy nadie.
Alessandro la miró con intensidad.
—Eso crees tú.
Cielo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Él no respondió.
Solo se giró hacia la mujer.
—Rosalia, llévala a la habitación del ala este.
Rosalia asintió.
—Sí, signore.
Cielo sintió un impulso de seguir preguntando, de exigir respuestas, pero el cansancio y el miedo le estaban pesando demasiado.
Así que siguió a Rosalia.
Subieron una escalera amplia y elegante. El silencio era tan profundo que los pasos resonaban como ecos.
Rosalia abrió una puerta.
Cielo se quedó parada en el umbral, sorprendida.
La habitación era enorme.
Cama grande, cortinas blancas, balcón con vista al jardín, un baño privado que parecía de lujo.
Todo era demasiado.
Como si no perteneciera ahí.