La noche había caído por completo sobre la mansión De Luca.
Pero dentro de sus muros, nadie dormía.
Cielo estaba sentada al borde de la cama, con las piernas recogidas, abrazándose a sí misma como si eso pudiera calmar el temblor que todavía le recorría el cuerpo. El silencio en la habitación era engañoso… porque afuera, detrás de las paredes, se escuchaban pasos.
Voces bajas.
Órdenes murmuradas en italiano.
Y el sonido metálico de armas cargándose.
El miedo le apretaba el pecho.
Miró hacia la puerta una y otra vez, recordando las palabras de Alessandro:
"No abras a nadie… excepto a mí."
Cielo tragó saliva.
No sabía si eso la tranquilizaba… o la hacía sentir más vulnerable.
Porque la idea de que el único hombre que podía entrar era él, el capo, era una mezcla peligrosa entre seguridad y tentación.
Se levantó despacio y caminó hasta la ventana. Con cuidado, corrió apenas la cortina.
El jardín estaba iluminado por faroles antiguos, y la fuente seguía sonando con suavidad, como si todo fuera normal.
Pero no lo era.
Dos guardias caminaban con armas en mano.
Y más allá… cerca del portón, vio sombras moviéndose.
Cielo retrocedió.
Su respiración se aceleró.
De pronto, un ruido seco sonó desde abajo.
Como un golpe.
Luego otro.
Y un grito ahogado.
Cielo se quedó paralizada.
El corazón empezó a golpearle tan fuerte que creyó que iba a desmayarse.
Entonces escuchó un disparo.
Uno.
Luego otro.
Y el sonido rebotó en las paredes de la mansión como un trueno.
Cielo se tapó la boca con la mano para no gritar.
Dios mío…
La puerta de su habitación tembló con un golpe fuerte.
—¡Signorina! —se escuchó la voz de Rosalia del otro lado—. ¡No abra! ¡Quédese adentro!
Cielo sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Qué está pasando? —preguntó temblando, sin acercarse a la puerta.
—¡Nada que usted deba ver! —respondió Rosalia, con la voz alterada.
Otro disparo.
Esta vez más cerca.
Cielo retrocedió hasta la cama.
Y en ese instante… un grito masculino atravesó el aire.
No era un grito de miedo.
Era un grito de dolor.
Uno profundo.
Uno que le heló la sangre.
Cielo no sabía por qué… pero en su mente solo apareció un nombre.
Alessandro.
Su corazón se detuvo.
Sin pensarlo, corrió hacia la puerta.
—¡Alessandro! —gritó, olvidándose de todo.
Rosalia golpeó la puerta.
—¡No, no! ¡Signorina, no salga!
Pero Cielo ya estaba girando la llave con manos temblorosas.
La puerta se abrió.
Y el pasillo estaba lleno de caos.
Hombres corriendo, gritando órdenes, armas en mano.
Cielo apenas podía respirar.
Y entonces lo vio.
Alessandro.
Estaba al final del pasillo, con la camisa blanca manchada de rojo.
Sangre.
Mucha sangre.
Tenía un arma en la mano, y su rostro estaba endurecido, feroz, como si fuera una bestia contenida. Un hombre estaba arrodillado frente a él, sujetado por Marco.
El intruso tenía el rostro golpeado, la boca sangrando, y aún así sonreía como un idiota.
—Capo… —escupió el hombre—. Ella no te va a salvar.
Alessandro lo miró con desprecio.
—No sabes nada de ella.
Su voz era baja.
Fría.
Mortal.
Y entonces, sin pestañear, Alessandro levantó el arma y le apuntó directo a la cabeza.
Cielo soltó un grito.
—¡No!
Todos se giraron.
Marco abrió los ojos, sorprendido.
—¡Cielo, no!
Alessandro se congeló.
Como si el mundo entero se hubiera detenido.
Su arma seguía apuntando… pero su mirada se clavó en ella.
—¿Qué haces afuera? —preguntó, con una voz cargada de rabia… y miedo.
Sí.
Miedo.
Y eso fue lo más aterrador.
Porque un hombre como él no debía tener miedo de nada.
Pero lo tenía.
Por ella.
Cielo caminó hacia él con pasos temblorosos.
—Estás herido…
Alessandro apretó la mandíbula.
—No importa.
—Sí importa —dijo ella, con un hilo de voz—. ¡Estás sangrando!
Alessandro bajó lentamente el arma.
Marco se acercó rápido.
—Capo, debo terminar con esto.
Alessandro miró al hombre arrodillado. Sus ojos ardían de odio.
—Llévenselo —ordenó con voz dura—. Que hable.
El intruso soltó una risa.
—No vas a poder protegerla siempre…
Alessandro se acercó.
Y por un segundo, Cielo creyó que lo iba a matar ahí mismo.
Pero no lo hizo.
Solo se inclinó y le susurró algo al oído, tan bajo que Cielo no escuchó.
Pero vio la cara del hombre cambiar.
La sonrisa se borró.
Y el miedo apareció en sus ojos.
Marco lo arrastró sin decir nada.
Los demás hombres se dispersaron, siguiendo órdenes.
Y de repente, el pasillo quedó en un silencio espeso.
Solo quedaron ellos dos.
Alessandro y Cielo.
Ella lo miró con desesperación.
—¿Dónde te lastimaste?
Alessandro respiraba fuerte, como si aún tuviera la adrenalina ardiendo en sus venas.
—No es grave.
Pero Cielo no le creyó.
Su camisa estaba empapada en sangre a la altura del abdomen.
Ella dio un paso más cerca.
—Déjame ver.
Alessandro la miró como si estuviera luchando contra algo interno.
—No.
Cielo levantó la barbilla.
Por primera vez… no se sintió tímida.
—No me digas que no.
El silencio cayó.
Los ojos de Alessandro se oscurecieron.
Y por un segundo, Cielo sintió que acababa de desafiar al hombre más peligroso de Sicilia.
Pero él no se enojó.
Al contrario…
Sonrió apenas.
Una sonrisa mínima, cargada de algo que parecía admiración.
—Tenés más coraje del que creés.
Cielo tragó saliva.
—Y vos tenés menos cuidado del que decís.
Alessandro soltó una exhalación que sonó como una risa amarga.
—Ven.
La tomó del brazo con firmeza, pero sin lastimarla.
La llevó hasta una habitación cercana: un despacho amplio, con una biblioteca enorme y un escritorio de madera oscura.