Bajo la sombra de De Luca

Capítulo 5 "La habitación prohibida"

Cielo no durmió.
No importaba cuánto lo intentara.
Su cuerpo estaba agotado, pero su mente no paraba de repetir lo mismo una y otra vez:
La sangre en la camisa de Alessandro.

El beso.
La forma en que él se apartó, como si tocarla fuera algo demasiado peligroso… demasiado real.
Y lo peor de todo…
Era que ella lo había sentido.
No solo deseo.
No solo adrenalina.
Había sentido algo más profundo.
Algo que no debía existir entre una chica como ella… y un hombre como él.

La mansión estaba en silencio, pero era un silencio falso. Cielo lo notaba. Como si cada pared escondiera un arma, un secreto, un peligro.
A veces escuchaba pasos en los pasillos.
Voces.
Y una palabra que se repetía en italiano, como un murmullo oscuro:

—Traditore…
Traidor.
Cielo se incorporó en la cama.
La luz tenue de la lámpara apenas iluminaba el cuarto. El reloj marcaba las tres de la madrugada.
Y entonces lo escuchó.
Un grito.
Lejano.
Ahogado.
Pero real.
Cielo se quedó inmóvil.
Su piel se erizó.
Otro grito.
Esta vez más fuerte.
Y luego… una voz masculina.

La voz de Alessandro.
No estaba gritando.
Pero estaba hablando con un tono que le heló la sangre.
No era el hombre que la había besado.
Era el capo.
Cielo se levantó de golpe, caminó hacia la puerta, apoyó la oreja.
Solo silencio.
Pero entonces se escuchó otro sonido.
Como un golpe.
Un cuerpo contra la pared.
Cielo retrocedió.
Su corazón empezó a latir como loco.
Están torturando a alguien…

La idea la mareó.
Y sin embargo, algo dentro de ella la empujó a moverse.
No era curiosidad.
Era miedo.
Porque si Alessandro estaba ahí…
si estaba herido…
si estaba haciendo algo terrible…
ella necesitaba verlo.
Necesitaba saber quién era él realmente.

Cielo abrió la puerta despacio.
El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por algunas luces tenues. No había nadie.
El silencio era inquietante.
Cielo caminó descalza, con pasos lentos, intentando no hacer ruido.
El aire olía a madera… y a algo metálico.
Sangre.
Su estómago se revolvió.
Siguió avanzando hasta que escuchó voces.
Dos hombres hablando.

—Non parlare… —dijo uno.

—Capo, non è necessario… —respondió otro.
Cielo se detuvo detrás de una esquina.
Y entonces vio.
Una puerta al final del pasillo, apenas abierta.
Una luz amarillenta salía de allí.
Y dentro…
se escuchaba un gemido.
Cielo tragó saliva.
Se acercó lentamente, sin respirar.
Cuando llegó a la puerta, apoyó la mano en el marco.
Miró por la rendija.
Y lo que vio…
la dejó helada.

En una habitación pequeña, con paredes de piedra, había una silla en el centro.
El hombre intruso estaba atado.
Su rostro estaba hinchado, la boca rota, y su camisa empapada en sangre.
Marco estaba a un lado, con expresión dura.
Y frente a él…
Alessandro.
Con la camisa arremangada.
Las manos manchadas.
El rostro oscuro.
Sus ojos eran como un abismo.

—Te lo voy a preguntar una sola vez —dijo Alessandro, con una calma aterradora—. ¿Quién te envió?
El hombre escupió sangre.

—No lo sé…
Marco lo golpeó.
El intruso gritó.
Cielo se tapó la boca.
Sintió que las piernas le temblaban.
No podía moverse.
No podía apartar la mirada.
Alessandro levantó la mano.
Marco se detuvo.
Alessandro se acercó despacio al intruso, agachándose para quedar a su altura.

—No me mientas —susurró Alessandro—. Porque si lo haces… vas a rogar por la muerte.
El intruso se rió, débil.

—¿Y ella?… ¿Ya te la cogiste, capo?
El aire se congeló.
Marco apretó los puños.
Pero Alessandro…
Alessandro no se movió.
Solo lo miró.
Y esa mirada era peor que cualquier golpe.
Era pura destrucción.
Cielo sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
Alessandro habló con una voz tan baja que parecía un veneno.

—Vas a morir por haber dicho su nombre con esa boca.
El intruso se quedó quieto.
Por primera vez… el miedo apareció en su rostro.

—No… espera…
Alessandro se incorporó.
Sacó un cuchillo.
Cielo sintió que el corazón se le detenía.

—No… —susurró ella, apenas audible.
Pero Alessandro lo escuchó.
Se giró.
Sus ojos se clavaron en la puerta.
Y en ella.
El mundo se detuvo.
Cielo sintió que el aire se le iba.
Alessandro la miró como si no pudiera creerlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con una voz grave, peligrosa.
Marco se giró también, sorprendido.

—¡Cielo! ¿Cómo…?
Cielo abrió la puerta lentamente y entró.
El olor a sangre la golpeó de lleno.
Le dieron ganas de vomitar.
Pero se obligó a mantenerse firme.

—Yo… escuché gritos.
Alessandro apretó la mandíbula.
Sus ojos eran oscuros, furiosos.

—Te dije que no salieras.

—No pude dormir —respondió ella, con la voz temblorosa pero sincera—. Y… escuché tu voz.
Alessandro dio un paso hacia ella.
La habitación era pequeña.
No había escapatoria.
El intruso sonrió, aunque estaba destruido.

—Mira… —escupió—. La princesita vino a ver tu monstruo.
Cielo miró al intruso.
Luego volvió a mirar a Alessandro.
Y lo vio.
No solo como un hombre poderoso.
Sino como un hombre roto.
Uno que había aprendido a sobrevivir a través de la violencia.
Cielo tragó saliva.

—¿Es necesario hacer esto?
Alessandro se quedó quieto.
Su mano aún sostenía el cuchillo.
Sus nudillos estaban blancos.

—Sí —dijo sin titubear.
Cielo sintió que el pecho le dolía.

—¿Lo vas a matar?
El intruso se rió.

—Claro que sí. Es lo único que sabe hacer.
Alessandro lo miró, furioso.



#5700 en Novela romántica

En el texto hay: romance y mafia

Editado: 13.02.2026

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