La mansión De Luca estaba envuelta en un silencio extraño.
No era el silencio tranquilo de la noche… era uno tenso, cargado, como si las paredes supieran que algo iba a pasar.
Cielo estaba sentada en el sofá del salón principal, abrazando una taza de té que Rosalia le había preparado. Aún le costaba sentirse cómoda allí. Todo era demasiado grande, demasiado lujoso… demasiado ajeno.
Y sin embargo, Alessandro se había asegurado de que nada le faltara.
Ese pensamiento le provocó una punzada en el pecho.
Porque Alessandro De Luca no era un hombre amable.
No era un hombre bueno.
Pero con ella…
con ella era distinto.
Cielo levantó la vista cuando escuchó pasos acercándose. Marco apareció primero, con el rostro serio.
—Signorina —dijo con voz firme—. El capo quiere verla en el salón. Ahora.
Cielo sintió que su estómago se apretaba.
—¿Pasó algo?
Marco la observó un segundo, como si evaluara qué decirle.
—Hay una visita.
Eso fue todo.
Cielo dejó la taza sobre la mesa y se levantó lentamente. Sus manos estaban frías. No sabía por qué, pero la palabra visita en aquella casa sonaba como amenaza.
Siguió a Marco por el pasillo largo hasta llegar al salón principal, el más elegante de toda la mansión.
La puerta estaba entreabierta.
Cielo entró… y lo primero que vio fue a Alessandro.
Estaba de pie, con el saco oscuro perfectamente acomodado sobre sus hombros. Sus manos descansaban en los bolsillos, pero su postura decía una sola cosa:
control.
dominio.
autoridad absoluta.
Pero no fue Alessandro lo que hizo que Cielo se quedara quieta.
Fue la mujer que estaba frente a él.
Alta.
Delgada.
Hermosa de una forma peligrosa.
Vestía un vestido rojo ajustado, con tacones negros que sonaban contra el mármol como un anuncio de guerra. Su cabello oscuro caía en ondas elegantes, y su perfume invadía el aire incluso desde la distancia.
La mujer sonrió apenas al ver a Cielo.
Una sonrisa lenta.
Sutil.
Como si ya supiera quién era.
—Así que esta es ella… —dijo con un italiano suave, seductor.
Cielo tragó saliva.
Alessandro giró la cabeza hacia Cielo.
Sus ojos se endurecieron al verla allí, como si quisiera asegurarse de que no se sintiera intimidada.
—Cielo —dijo, sin levantar la voz—. Ven.
La manera en que pronunció su nombre hizo que el corazón de Cielo diera un salto.
Ella caminó lentamente hasta quedar junto a él.
Alessandro no la tocó, pero su cercanía era una especie de protección silenciosa.
La mujer en rojo la observó de arriba abajo.
Y luego miró a Alessandro.
—No puedo creerlo… —murmuró—. Tú, Alessandro De Luca… escondiendo a una niña en tu casa.
Cielo sintió que le ardía la cara, pero antes de que pudiera hablar, Alessandro respondió con frialdad:
—No es una niña.
La mujer sonrió más, como si disfrutara provocarlo.
—¿Ah, no?
Cielo sintió que esa mujer no estaba ahí por casualidad.
Y lo peor…
era que parecía conocer a Alessandro demasiado bien.
Alessandro dio un paso hacia adelante, interponiéndose levemente entre Bianca y Cielo.
—Bianca —dijo, pronunciando el nombre como una advertencia—. No viniste a mi casa para hablar de ella.
Entonces Cielo entendió.
Ese nombre…
Bianca.
Lo había escuchado antes, en murmullos de los hombres, en el tono tenso de Rosalia.
No era cualquier mujer.
Era alguien del pasado de Alessandro.
Bianca apoyó una mano sobre el respaldo del sillón, inclinándose con elegancia.
—Vine a saludarte, caro mio —dijo, con una voz dulce
—. Hace tiempo que no te veía.
Alessandro no reaccionó. No sonrió. No se movió.
Solo la miró como si fuera una molestia.
—No estoy de humor para juegos.
Bianca soltó una risa suave.
—Nunca estás de humor para juegos… excepto cuando se trata de cosas que te interesan.
Sus ojos se deslizaron hacia Cielo.
Cielo se sintió observada como un animal en una jaula.
—¿Qué quieres? —preguntó Alessandro.
Bianca se encogió de hombros.
—Solo vine a advertirte.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Advertirme de qué?
Bianca se enderezó y caminó lentamente hacia ellos, sin prisa.
Cielo notó cómo sus tacones resonaban con calma. Bianca se movía como si la mansión también fuera suya.
Como si no le tuviera miedo a nada.
—La guerra se está acercando —dijo Bianca—. Y tú lo sabes.
Alessandro apretó la mandíbula.
—No hay guerra.
Bianca lo miró como si se burlara.
—Claro… porque Alessandro De Luca nunca pierde el control.
Luego volvió a mirar a Cielo.
—Pero esto… esto es nuevo.
Cielo tragó saliva.
Alessandro dio un paso, quedando delante de Cielo por completo.
—No la mires así.
Bianca alzó una ceja.
—¿Así cómo?
Alessandro respondió con una voz baja y peligrosa:
—Como si fuera un objetivo.
La sonrisa de Bianca se desvaneció por un segundo.
Luego volvió, más falsa.
—¿Qué es ella para ti, Alessandro?
El aire se congeló.
Cielo sintió que el corazón le golpeaba fuerte.
Alessandro se quedó quieto.
Y cuando habló, lo hizo sin dudar:
—Es alguien bajo mi protección.
Bianca se rió.
—¿Protección? Qué palabra tan bonita…
Bianca se acercó más, demasiado.
—¿Desde cuándo tú proteges a alguien sin cobrarlo?
Cielo sintió una punzada en el pecho.
Bianca sabía lo que estaba haciendo.
Estaba sembrando dudas.
Pero Alessandro no cayó.
No titubeó.
Solo dijo:
—Desde que ella llegó.
Bianca lo miró fijamente.
—¿La tocaste?
Cielo se tensó.
Alessandro apretó la mandíbula y sus ojos se oscurecieron.
—Eso no es asunto tuyo.
Bianca sonrió.
—Entonces sí.
Cielo sintió que la sangre le subía al rostro.
No por vergüenza…
por rabia.
Pero Alessandro se giró hacia Cielo, y su voz se suavizó apenas: