La mansión estaba demasiado silenciosa.
Cielo no podía dormir.
Daba vueltas en la cama, con el corazón inquieto, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad desde la llegada de Bianca.
La frase que esa mujer le había dicho seguía repitiéndose en su mente, una y otra vez.
“Los hombres como él no aman… solo aprenden a poseer.”
Cielo apretó la sábana entre sus dedos.
No quería creerlo.
No quería.
Pero también sabía que Alessandro era peligroso, frío, calculador… y que el mundo en el que vivía no era uno donde el amor sobrevivía.
Aun así…
la forma en que él la miraba…
la manera en que la protegía…
no podía ser mentira.
Cielo se levantó despacio y caminó hacia la ventana. Desde allí se veía el patio interno iluminado por faroles antiguos. El aire nocturno olía a mar y a flores.
Y entonces lo vio.
Alessandro estaba abajo.
De pie en el jardín, hablando con Marco y otros dos hombres.
Su presencia imponía incluso a la distancia.
Su postura era recta, firme, como si el peso del mundo no fuera nada para él.
Pero Bianca también estaba allí.
Cielo sintió un pinchazo en el estómago.
Bianca caminaba a su alrededor con la misma seguridad con la que había entrado a la mansión. Lenta, elegante… como si el jardín también fuera suyo.
Cielo vio cómo Bianca se acercaba demasiado.
Cómo sonreía.
Cómo inclinaba la cabeza, hablándole con un tono suave, íntimo.
Y luego…
Bianca tocó el brazo de Alessandro.
Un gesto mínimo.
Pero suficiente para que Cielo sintiera una oleada de rabia que no supo controlar.
Cielo apretó la baranda de la ventana.
No tienes derecho a sentir celos, se dijo.
Pero su cuerpo no escuchaba.
Su pecho ardía.
Su garganta se cerraba.
Entonces Alessandro hizo algo.
Tomó la muñeca de Bianca y la apartó.
No con violencia… pero con una firmeza absoluta.
Bianca se quedó inmóvil.
Y aunque Cielo no escuchó lo que Alessandro dijo, sí vio el cambio en el rostro de Bianca.
La sonrisa se le borró.
Los ojos se le endurecieron.
Bianca retrocedió un paso.
Y en ese momento, levantó la mirada hacia la ventana.
Directo hacia Cielo.
Como si supiera que la estaban observando.
Bianca sonrió.
Una sonrisa venenosa.
Y levantó la mano en un saludo lento, provocador.
Cielo retrocedió de golpe.
El corazón le golpeaba el pecho como un tambor.
Está jugando conmigo…
Y lo peor era que estaba logrando su objetivo.
La orden
A la mañana siguiente, Rosalia entró a la habitación de Cielo con un vestido negro colgado en el brazo.
Cielo la miró confundida.
—¿Qué es eso?
Rosalia dejó el vestido sobre la cama.
—El capo ordenó que lo use esta noche.
Cielo frunció el ceño.
—¿Por qué?
Rosalia suspiró como si no quisiera decirlo.
—Porque habrá reunión.
Cielo se quedó helada.
—¿Reunión de… qué?
Rosalia bajó la voz.
—Hombres importantes. Los que deciden cosas… peligrosas.
Cielo sintió un escalofrío.
—¿Y yo por qué tengo que estar?
Rosalia la miró con seriedad.
—Porque Bianca está aquí.
Cielo apretó los labios.
Rosalia se acercó un poco más, casi en un susurro.
—Esa mujer no vino a visitarlo… vino a desafiarlo.
Cielo tragó saliva.
—¿Desafiarlo a él?
Rosalia negó lentamente.
—No… a usted.
Cielo sintió que el pecho se le apretaba.
—Rosalia…
—Escúcheme —dijo ella con firmeza—. Esa mujer quiere hacerla sentir pequeña. Quiere hacerla dudar. Pero si usted está al lado del capo esta noche… nadie va a poder tocarla.
Cielo bajó la mirada hacia el vestido negro.
Era hermoso.
Elegante.
Pero también parecía una armadura.
—¿Y si no quiero estar en medio de esto?
Rosalia le tomó la mano.
—Entonces tendrá que hacerse fuerte. Porque en este mundo… si uno no se defiende, lo devoran.
Cielo asintió, respirando hondo.
La timidez seguía dentro de ella.
Pero también había otra cosa.
Una valentía que Alessandro parecía despertar.
—Está bien —dijo finalmente.
Rosalia sonrió, aliviada.
—Eso, signorina. Hoy será su primera noche como alguien importante en esta casa.
Cielo tragó saliva.
No sabía si quería ser importante.
Pero sabía una cosa:
no iba a permitir que Bianca la humillara.
La cena
La noche cayó sobre Sicilia como un velo oscuro.
Cuando Cielo bajó las escaleras, el salón principal estaba lleno.
Hombres con trajes impecables.
Rostros serios.
Ojos que analizaban cada movimiento.
Cielo sintió que se le secaba la garganta.
El vestido negro abrazaba su cuerpo con elegancia, y el cabello le caía suelto sobre los hombros. Rosalia había insistido en ponerle un pequeño collar de plata.
—Para que parezca una reina —le había dicho.
Pero Cielo no se sentía una reina.
Se sentía como un intruso.
Hasta que lo vio.
Alessandro estaba de pie junto a la cabecera de la mesa.
Vestía un traje negro y camisa blanca abierta en el cuello.
Sus ojos se clavaron en ella.
Y por un segundo, todo el ruido del salón desapareció.
Su mirada cambió.
Se suavizó.
Se encendió.
Cielo sintió que el corazón se le aceleraba.
Alessandro caminó hacia ella.
Sin prisa.
Sin apuro.
Como si cada paso fuera una declaración.
Se detuvo frente a ella y la observó de arriba abajo.
—Estás hermosa —dijo en voz baja.
Cielo sintió calor en las mejillas.
—Gracias…
Alessandro inclinó un poco la cabeza.
—Quiero que esta noche no hables si no quieres.
Cielo lo miró.
—¿Por qué?
Alessandro se acercó más, como si su voz fuera solo para ella.
—Porque con solo estar a mi lado… ya estás diciendo todo.
Cielo tragó saliva.
Y entonces lo vio.
Bianca estaba sentada a la derecha de la cabecera.
Como si ese lugar le perteneciera.
Vestida de rojo otra vez.
Provocadora.
Perfecta.
Cuando vio a Cielo, sonrió.
Y la sonrisa no tenía nada de amable.