Bajo la sombra de De Luca

Capítulo 8 "La Trampa de Bianca"

La noche se sintió interminable.
Cielo apenas pudo dormir después de lo ocurrido. La frase de Alessandro seguía resonando en su mente como un juramento que le quemaba el pecho.
“Cielo es la mujer que yo elegí.”
Era demasiado.
Demasiado intenso.
Demasiado grande para una chica como ella.
Y aun así… una parte de Cielo no quería huir. No quería negar lo que sentía. Porque por primera vez en su vida alguien la había elegido con seguridad, sin dudar, sin miedo.
Pero la paz duró poco.

A la mañana siguiente, cuando Cielo bajó a desayunar, la mansión parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
Rosalia estaba en la cocina, preparando pan tostado y café. Marco caminaba por el pasillo, hablando con dos hombres armados.
Y Bianca…

Bianca estaba sentada en el salón, como si fuera una reina en territorio ajeno.
Vestía un conjunto blanco elegante, el cabello perfectamente acomodado y una copa de vino en la mano, aunque aún era temprano.
Cuando vio a Cielo, sonrió con suavidad.

—Buenos días, querida.
Cielo se detuvo en seco.
Rosalia la miró desde la cocina con tensión.
Cielo tragó saliva, obligándose a mantener la calma.

—Buenos días.
Bianca se levantó despacio y caminó hacia ella.
Sus tacones resonaron como advertencia.

—Dormiste bien? —preguntó, con una voz falsa, dulce.
Cielo apretó los dedos.

—Sí.
Bianca inclinó la cabeza, observándola con interés.

—Debes estar muy confundida…
Cielo frunció el ceño.

—¿Confundida por qué?
Bianca se acercó un poco más.

—Por Alessandro.
Cielo sintió que el corazón le dio un salto.
Bianca sonrió.

—Es encantador cuando quiere. Protector. Dominante… casi irresistible.
Cielo no respondió.
No le iba a dar ese gusto.
Bianca se inclinó hacia ella y bajó la voz.

—Pero no te equivoques, Cielo. Alessandro De Luca no cambia por nadie.
Cielo sintió el pecho apretarse.
Pero recordó la voz de Alessandro en el pasillo, firme, sincera:
“No dejes que nadie te haga dudar de mí.”
Cielo alzó la mirada.

—No estoy equivocada.
Bianca se quedó quieta un segundo.
Luego soltó una risa suave.

—Qué adorable.
Sus ojos se clavaron en los de Cielo.

—¿Sabes qué me gusta de ti? Que todavía crees que el amor te va a salvar.
Cielo sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres?
Bianca sonrió más.

—Nada… por ahora.
Se giró y caminó hacia la puerta del jardín.
Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.

—Ven conmigo, Cielo. Quiero mostrarte algo.
Cielo se tensó.
Rosalia salió de la cocina de inmediato.

—Signorina, no…
Pero Bianca levantó la mano.

—Tranquila. No voy a morderla.
Cielo miró a Rosalia.
Rosalia negó con la cabeza.

—No vaya sola.
Bianca rodó los ojos.

—¿De verdad creen que voy a hacer algo en la mansión de Alessandro?
Cielo sintió que su instinto gritaba que no debía ir.
Pero también sintió algo más fuerte:
No quería verse débil.
No quería que Bianca pensara que podía intimidarla.
Cielo respiró hondo.

—Está bien. Voy.
Rosalia abrió los ojos, preocupada.

—Cielo…

—No te preocupes —dijo Cielo, intentando sonar segura—. Solo será un momento.
Bianca sonrió, satisfecha.
Y salió al jardín.
Cielo la siguió.
El jardín trasero
El jardín era hermoso.
Flores blancas, árboles altos, una fuente de piedra en el centro. El sonido del agua era suave, casi hipnótico.

Bianca caminaba con lentitud, como si estuviera paseando por un lugar que le pertenecía.
Cielo se mantuvo a unos pasos de distancia.

—¿Qué querías mostrarme? —preguntó.
Bianca se giró.
Su sonrisa desapareció por un instante.

—La verdad.
Cielo frunció el ceño.

—¿Qué verdad?
Bianca se acercó a la fuente y apoyó la copa sobre el borde.

—Alessandro no es un hombre que se enamore —dijo—. Es un hombre que elige… porque necesita algo.
Cielo sintió una punzada en el pecho.

—No me importa lo que pienses.
Bianca la miró con calma.

—¿De verdad?
Se acercó un poco más.

—Dime, Cielo… ¿ya te acostaste con él?
Cielo sintió que la cara le ardía.

—Eso no es asunto tuyo.
Bianca sonrió, como si lo hubiera esperado.

—Te va a consumir, ¿sabes?
Cielo apretó los puños.

—Alessandro no es así conmigo.
Bianca levantó una ceja.

—Todavía.
Cielo sintió rabia.

—¿Por qué haces esto?
Bianca la observó en silencio.
Y entonces, por primera vez, su expresión cambió.
Se volvió dura.
Fría.

—Porque yo lo conozco.
Se acercó más, bajando la voz.

—Y porque sé lo que Alessandro hace con las cosas que ama.
Cielo tragó saliva.

—¿Qué hace?
Bianca sonrió, pero ya no era dulce.
Era cruel.

—Las destruye.
Cielo retrocedió un paso.

—Eso no es cierto.
Bianca se inclinó, acercando su rostro al de Cielo.

—Él dice que te eligió. Pero tú no entiendes lo que eso significa.
Cielo sintió que el aire se volvía pesado.
Bianca susurró:

—Significa que ahora eres un blanco.
Cielo se quedó helada.
Y entonces escuchó un sonido.
Un ruido leve.
Como un crujido.
Detrás de los árboles.
Cielo se giró rápidamente.

—¿Qué fue eso?
Bianca sonrió.

—Nada.
Pero su mirada… su mirada decía lo contrario.
Cielo sintió que el corazón se le aceleraba.
Y en ese momento, una figura apareció detrás de los árboles.

Un hombre vestido de negro.
Armado.
Cielo se quedó sin aire.
Bianca no se movió.
No gritó.
No se asustó.
Solo miró al hombre… como si lo estuviera esperando.
Cielo abrió los ojos.

—¿Bianca…?
Bianca la miró con calma.

—Te lo dije, querida.
Su voz fue suave.



#5700 en Novela romántica

En el texto hay: romance y mafia

Editado: 13.02.2026

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