Bajo la sombra de De Luca

Capítulo 10 "El Consejo"

La noche cayó sobre la mansión De Luca como un manto oscuro.
Las luces exteriores se encendieron una por una, iluminando los jardines como si fueran territorio sagrado. El aire estaba frío, pero dentro de la casa la tensión era sofocante.

Cielo estaba en la habitación, caminando de un lado al otro, con el corazón golpeándole fuerte.
Podía escuchar pasos en los pasillos.
Voces graves.
Órdenes rápidas.
Y cada tanto, el sonido metálico de armas siendo revisadas.
Rosalia entró con un vestido negro en sus manos.

—Signorina… el Capo pidió que se cambie.
Cielo se giró.

—¿Para qué?
Rosalia tragó saliva.

—Esta noche viene el Consejo.
Cielo se quedó helada.

—¿Consejo?
Rosalia asintió lentamente.

—Los hombres más peligrosos de Italia… estarán aquí.
Cielo sintió un nudo en el estómago.

—¿Por qué me quiere allí?
Rosalia dudó.
Luego dijo en voz baja:

—Porque el Capo no oculta lo que ama.
Cielo se quedó sin palabras.
Rosalia dejó el vestido sobre la cama.
Era elegante. Largo. Ajustado en la cintura. Con una abertura discreta en la pierna.
Cielo lo miró nerviosa.

—Yo no puedo…
Rosalia se acercó y tomó sus manos.

—Sí puede. Solo camine como si la casa fuera suya.
Cielo soltó una risa corta, casi incrédula.

—Pero no lo es.
Rosalia la miró firme.

—Lo es… porque él la eligió.
Cielo sintió que se le erizaba la piel.
Respiró profundo.
Y se cambió.

El gran salón
Cuando Cielo bajó las escaleras, el gran salón ya estaba preparado.
Había una mesa larga, pesada, de madera oscura. Botellas de vino caro. Copas de cristal. Hombres vestidos con trajes negros.
Muchos hombres.
Todos con rostros duros.
Miradas frías.
Algunos con cicatrices.
Otros con ojos demasiado tranquilos para ser normales.

Y en el centro…
Alessandro De Luca.
De pie, con un traje impecable y una camisa blanca abierta en el cuello. Parecía un rey oscuro.
Cuando la vio, su mirada cambió.
Por un segundo, solo un segundo… dejó de ser el Capo.
Y volvió a ser el hombre que la besaba como si ella fuera su salvación.
Alessandro caminó hacia ella.
Cielo sintió que todos los ojos se clavaban encima.
Alessandro se detuvo frente a ella.

—Estás hermosa —murmuró.
Cielo bajó la mirada.

—No sé si debería estar aquí…
Alessandro le levantó el mentón.

—Sí deberías.
Sus dedos fueron suaves.

—Quiero que todos sepan quién eres.
Cielo tragó saliva.

—¿Y quién soy?
Alessandro la miró con una seriedad peligrosa.

—La única mujer que tiene mi lealtad completa.
Cielo sintió que el pecho le ardía.
Alessandro tomó su mano y la llevó hacia la mesa.
Los hombres callaron.
Uno de ellos, un hombre mayor con barba gris y mirada afilada, habló:

—De Luca… ¿es cierto lo que se dice?
Alessandro se sentó en la cabecera.
Sin soltar la mano de Cielo.

—Depende de qué se diga.
Otro hombre, más joven, con ojos claros y una sonrisa burlona, se inclinó hacia adelante.

—Que encerraste a Bianca Moretti en tu sótano.
Un murmullo recorrió la mesa.
Cielo sintió el estómago caer.
Alessandro no cambió ni un músculo.

—Es cierto.
El hombre de ojos claros sonrió.

—Eso es una declaración de guerra.
Alessandro apoyó el codo sobre la mesa.

—No. Es una respuesta.
El hombre mayor frunció el ceño.

—Bianca pertenece a los Moretti. Tocar a una Moretti es tocar un imperio.
Alessandro se inclinó un poco hacia adelante.
Su voz fue calmada.

—Entonces díganle a su imperio que no toque lo mío.
Cielo sintió que el aire se congelaba.
El hombre joven miró a Cielo.

—¿Y ella? ¿Quién es?
Cielo sintió que el cuerpo se le tensaba.
Pero Alessandro habló antes de que ella pudiera reaccionar.

—No la mires así.
El hombre joven sonrió con diversión.

—Solo estoy curioso.
Alessandro apoyó su mano sobre el muslo de Cielo.
El contacto fue firme.
Protector.
Un mensaje silencioso.
Ella está conmigo.

—Curioso vas a estar cuando te falten dientes —dijo Alessandro con calma.
La mesa quedó en silencio.
El hombre mayor soltó una risa seca.

—Siempre tan directo, De Luca.
Alessandro no sonrió.

—Siempre tan vivo.
Marco apareció en la puerta y se acercó al oído de Alessandro.
Le susurró algo.
Cielo vio cómo el rostro de Alessandro se endurecía.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja.
Alessandro la miró un segundo.
Luego se giró hacia los demás.

—Bianca no actuó sola.
El hombre joven levantó una ceja.

—¿Y cómo lo sabes?
Alessandro golpeó la mesa con un dedo.

—Porque el hombre armado que estaba con ella llevaba el símbolo de los Vitale.
El salón se llenó de murmullos.
El hombre mayor se incorporó.

—Los Vitale están muertos.
Alessandro negó.

—No todos.
Cielo sintió que el corazón le latía más rápido.
Alessandro miró alrededor.

—Alguien está moviendo piezas desde las sombras.
El hombre joven se inclinó hacia adelante.

—¿Insinúas que hay un traidor en el Consejo?
Alessandro lo miró fijo.

—No lo insinúo. Lo afirmo.
El silencio fue absoluto.
Cielo sintió miedo.
Ese tipo de silencio… era el que venía antes de la sangre.
Uno de los hombres, con tatuajes en el cuello, habló:

—¿Y qué quieres que hagamos?
Alessandro se recostó en su silla.

—Quiero que recuerden algo.
Señaló a Cielo con una simple mirada.

—Ella es intocable.
Todos miraron a Cielo.
Ella sintió que la piel se le erizaba.
Alessandro continuó:

—Si alguien aquí, o alguien que ustedes conocen, intenta acercarse a ella…
Su voz bajó.
Se volvió oscura.



#5700 en Novela romántica

En el texto hay: romance y mafia

Editado: 13.02.2026

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