Bajo la sombra de la luna

Prólogo

La tormenta afuera era implacable.

La nieve caía sin descanso, y el viento azotaba los muros del palacio con una fuerza brutal. En lo alto, la luna apenas lograba asomarse, opacada por una densa capa de nubes oscuras.

Dentro del castillo, el ambiente no era menos tenso. En una de las habitaciones del gran palacio, los pasillos oscuros , los gritos y jadeos de una mujer rompían el silencio de la noche.

—Por favor, señora… un poco más, ya veo su cabeza — dijo la partera, con la voz cargada de urgencia mientras observaba a la joven mujer de cabellos rubios pegados a su frente , empapada en sudor, con el rostro pálido y la mirada debilitada por el dolor.

A su lado, otra chica de su misma edad, rubia clara y de ojos azules grisáceos le sostenía la mano con fuerza, intentando transmitirle ánimo.

—Falta poco… por favor, empuje con todas sus fuerzas.– Volvió a repetir la partera mirándola suplicante con miedo a que el parto se fuera a pasar.

La mujer reunió lo último que le quedaba de sus fuerzas y con último esfuerzo reunió el valor para pujar.

Por un breve instante la habitación se mantuvo en silencio, todo se detuvo… hasta que el llanto de un bebé llenó la habitación.

—¿Está… sano? —preguntó la joven que estaba de pie, soltando la mano de su amiga mientras se acercaba con preocupación a ver a su sobrino o sobrina.

La partera sonrió al ver a la recién nacida.

—Es una niña, mis señoras.– dijo alegremente mientras otra ayudante le tendría una manta para limpiar a la pequeña y con otra envolverla.

Una niña.

Una pequeña princesa.

—Quiero verla… —susurró la mujer desde la cama, con la voz débil y una sonrisa apenas visible , extendiendo los brazos con ansiedad contenida.

Pero antes de que la partera pudiera entregársela, la puerta se abrió.

—Llamaré a mi herma… —la chica rubia no culmino su frase al ser interrumpida al instante.

El rey había entrado, los que estaban en la habitación bajaron la cabeza en señal de respeto, su hermana menor lo miró con la ceja levantada por el sonido que emitió la puerta.

—¿Es una niña? —preguntó, con una sonrisa que apenas ocultaba su emoción.

Realmente no le importaba si era niña o niño, siempre deseo ser padre. Se acercó a su esposa, rodeándola con el brazo mientras sus ojos descendían hacia el pequeño bulto que sostenían sus brazos, no le importo verla todo sudada y con ojeras visibles de cansancio, para el, ella era la mujer de su vida y la más hermosa.

Pero la emoción no duró mucho, cuando su mano bajo la manta y sus ojos se abrieron de golpe, en cuanto vio el fino y apenas visible cabello de la recién nacida… su expresión cambió.

Blanco.

El cabello de la niña era blanco.

Un blanco puro.

Antinatural.

El silencio se volvió pesado, denso los grados en la habitación bajaron al 0.

—¿Por qué su cabello es blanco? —preguntó de golpe ,sonó más como una amenaza que una pregunta de preocupación o curiosidad.

—Señor… hay casos donde— Intento decir la partera, en sus años de experiencia le enseñaron que a veces lo hijos no son la copia de sus padres.

—¡Cállate! —la interrumpió, haciendo que la partera bajara la cabeza de inmediato.

Sus ojos se clavaron en la mujer en la cama, quien lo miraba aterrorizada, en la mirada azulada de su esposo una ira hirviente que estaba a punto de estallar, trago saliva en seco por qué ni ella misma comprendía como su hija nació con ese cabello blanco, tan bonito, en sus ojos era perfecto.

Cuando por fin la vida le comenzaba a sonreír algo malo debía que suceder.

—Ahora explícame esto.

Ella lo miró, confundida, aún débil.

—Yo también estoy… sorprendida…

—¿Con quién me fuiste infiel? —escupió las palabras, su voz cargada de furia—. ¡Habla Eryel!

—¡No! — negó de inmediato, incorporándose como pudo a pesar del dolor que aún recorría su cuerpo—. ¡Nunca te he sido infiel! Esa niña es tuya… lo juro.

—No mientas —replicó el rey, dando un paso atrás como si el simple hecho de estar cerca de la recién nacida le resultara insoportable—. No hay nada en ella que me pertenezca.

—Hermano, por favor… —intervino la joven rubia, colocándose entre ambos—. Está débil, acaba de dar a luz. Esto no es momento para...

—¡Apártate! —rugió él, perdiendo por completo la compostura.

El silencio cayó de nuevo, más tenso que antes. Eryel en la cama apretó las sábanas con fuerza, sus ojos llenándose de lágrimas.

—Escúchame… —susurró, con la voz rota—. Esa niña es un milagro…

Pero en cuanto pronunció la palabra, el aire pareció enfriarse, El hombre soltó una risa seca, amarga y llena de sarcasmos.

—¿Milagro? —repitió con desprecio—. No me insultes.

Sus ojos volvieron a la niña.

Al cabello blanco.

A ese blanco imposible.

—Esto es una burla..– señaló a la recién nacida que comenzaba a moverse inquieta por los gritos.

—¡Es tu hija! —dijo con determinación la otra rubia que ya estaba arta de la actitud de su hermano —. No puedes...

—No es mía —la volvió a interrumpir con frialdad—. Y no permitiré que se me humille de esta manera, eres mi hermana Nyrela debes estar a mi lado.

La mujer en la cama rompió en llanto, al ver como dos guardias entraban al cuarto y su pequeña era arrebatada de sus brazos.

—Por favor… —suplicó, extendiendo los brazos—. Déjame verla otra vez … solo déjame sostenerla…

—Llévense a la niña.

La palabras sonaron con la frialdad de la tormenta que amenazaba afuera. El tiempo pareció detenerse en ese instante mientras el corazón de Eryel experimentaba el peor miedo de su vida, las palabras de su esposo eran ley y lo que dictaba se cumplía.

—¿Qué…? —susurró, con la voz quebrándose.

—¡No! — Nyrela se giró hacia él, horrorizada—. ¡No puedes hacer eso!

—¡Llévensela! —repitió con más fuerza, ignorando por completo los gritos de ambas mujeres.



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En el texto hay: fantasia, magia, destino

Editado: 24.04.2026

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