Bajo la Sombra del Ceo Cruel

Capítulo 1 El precio de las cenizas

El olor a flores marchitas y a tierra húmeda se me había quedado grabado en la piel. Miré el fondo del sobre negro que sostenía entre mis manos temblorosas. Dentro no quedaba nada. Ni un centavo, ni una respuesta; solo la fría realidad de que el legado de mi padre no era más que un castillo de naipes derrumbado.

Hacía apenas tres días que lo habíamos enterrado. El infarto fulminante de mi padre no solo se había llevado al hombre que más amaba en el mundo, sino que había levantado la alfombra de nuestra vida de lujos ficticios, revelando un abismo de deudas que ahora amenazaba con tragarnos a mí y a mi madre enferma.

—Tienes tres días, Lucía. Ni un minuto más.

La voz del abogado de la familia seguía resonando en mi cabeza como una sentencia de muerte. Nuestras cuentas bancarias estaban congeladas, la casa familiar hipotecada hasta el cuello y el nombre de mi padre manchado por desfalcos que yo aún no lograba comprender. Pero lo peor no era la quiebra; lo peor era el acreedor principal. El hombre que había comprado cada una de nuestras deudas como quien colecciona trofeos de caza.

Leonardo Montesinos.

El mismísimo diablo del sector corporativo. Un hombre cuya crueldad en los negocios era tan legendaria como su fortuna. Lo había visto de lejos en un par de galas benéficas: alto, de facciones esculpidas en mármol y unos ojos grises tan fríos que parecían congelar el aire a su alrededor. Mi padre siempre me había advertido que me mantuviera alejada de él, describiéndolo como un monstruo sin escrúpulos. Ahora, el monstruo era el dueño de mi destino.

El edificio de Montesinos Holding se erigía en el centro del distrito financiero como un monolito de cristal negro y acero. Al entrar, me sentí asfixiada por la opulencia minimalista del vestíbulo. El eco de mis propios tacones sobre el mármol pulido sonaba como una cuenta regresiva.

Subí al piso cincuenta en un ascensor privado que me revolvió el estómago. Cuando las puertas se abrieron, una secretaria de aspecto impecable y sonrisa ensayada me guió a través de un pasillo silencioso hasta unas imponentes puertas de madera de nogal.

—El señor Montesinos la recibirá ahora —dijo, haciéndose a un lado.

Tragué saliva, enderecé la espalda y empujé las puertas.

La oficina era inmensa, rodeada de ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, pero el ambiente era gélido. Sentado detrás de un escritorio de diseño, Leonardo Montesinos revisaba unos documentos en una tableta. No levantó la mirada de inmediato. Me obligó a quedarme de pie en mitad de la habitación, haciéndome sentir cómo los segundos se estiraban de manera humillante.

—Llegas dos minutos tarde, Mendoza —dijo finalmente. Su voz era un barítono profundo, pausado y carente de cualquier rastro de calidez.

—El tráfico estaba...

—No me interesan las excusas —me interrumpió. Dejó la tableta sobre la mesa y clavó sus ojos grises en mí. Sentí un escalofrío físico—. Me interesa saber si vienes a pagar los doce millones de dólares que tu padre me debía, o si vas a hacerme perder el tiempo.

Apreté los puños a los costados, clavándome las uñas en las palmas para no flaquear.

—Sabe perfectamente que no tengo ese dinero, señor Montesinos. Ha bloqueado todas nuestras cuentas.

Una sonrisa amarga, casi imperceptible, curvó sus labios. Se reclinó en su silla de cuero, evaluándome de arriba abajo con una mirada analítica que me hizo sentir completamente desnuda.

—Entonces, ¿qué haces aquí? ¿Vienes a mendigar compasión? Porque estás en el lugar equivocado. Tu padre era un estafador mediocre que jugó con fuego y se quemó. Lo único que lamento es que muriera antes de que pudiera ver cómo le arrebataba hasta el último gramo de su dignidad.

El insulto hacia mi padre encendió una chispa de rabia en mi pecho, barriendo por un instante el miedo.

—¡No hable así de él! Él ya no está para defenderse. No voy a tolerar...

—Tú no estás en posición de tolerar o prohibir nada, Lucía —me cortó, poniéndose de pie con una elegancia depredadora.

Era mucho más alto de lo que recordaba. Se acercó a mí lentamente, rodeando el escritorio, hasta quedar a escasos centímetros. El aroma a su costosa colonia de madera y ámbar me envolvió, mareándome.

—Estás en la quiebra —continuó, su voz ahora era un susurro peligroso—. Tu madre necesita un tratamiento médico que no puedes pagar, y mañana mismo la policía judicial los desalojará de su casa. No tienes cartas para jugar en esta mesa.

Contuve la respiración, negándome a dar un paso atrás. El calor que emanaba de su cuerpo contrastaba violentamente con la frialdad de su mirada.

—¿Qué es lo que quiere de mí? —pregunté, con la voz rota por la frustración.

Leonardo extendió la mano hacia su escritorio, tomó una carpeta de piel negra y la arrojó sobre la mesa auxiliar que estaba junto a mí.

—Un contrato —sentenció—. Trabajarás para mí. Serás mi asistente personal, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Harás lo que yo diga, cuando yo lo diga, sin cuestionar, sin quejas y sin vida privada.

Parpadeé, confundida. ¿Un puesto de asistente para saldar una deuda multimillonaria? No tenía sentido.




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