El café negro y sin azúcar quemaba a través del vaso de cartón, pero el dolor en mis dedos no era nada comparado con el nudo que tenía en el estómago.
Regresar al piso cincuenta se sintió como caminar voluntariamente hacia el patíbulo. Cuando entré a la oficina, Leonardo ni siquiera se molestó en mirarme. Señaló con un leve gesto de la barbilla una pequeña mesa de cristal situada en una esquina de su inmenso despacho.
—Ese es tu sitio —dijo, con voz monótona—. No quiero archivadores a la vista, no quiero carpetas desordenadas y, sobre todo, no quiero ruido. Trabajarás ahí, donde pueda verte.
Tragué saliva, asimilando la humillación. No iba a tener una oficina propia, ni siquiera un cubículo fuera de su vista. Iba a ser un adorno más de su despacho, vigilada cada segundo de mi jornada.
—Entendido —respondí, dejando el café sobre su escritorio con cuidado de no derramar una sola gota.
—Tu agenda ya está sincronizada con la mía —continuó, finalmente levantando la vista. Sus ojos grises me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa. Llevaba un traje de sastre gris que le había pertenecido a mi hermana mayor; formal, pero un poco desgastado—. Primera regla, Lucía: tu aspecto físico es la imagen de mi empresa. Ese traje es un insulto a la estética de Montesinos Holding. En el cajón de tu mesa hay una tarjeta de crédito corporativa. Esta tarde irás a las boutiques del centro comercial del complejo y comprarás un guardarropa adecuado.
—Mi ropa está perfectamente limpia, señor Montesinos —repliqué, sintiendo que las mejillas me ardían de indignación.
—No te he preguntado si está limpia, te he dicho que la cambies —su tono fue lapidario, carente de cualquier emoción—. Segunda regla: a partir de este instante, tu teléfono personal se queda en ese cajón. Solo usarás el dispositivo de la empresa que está sobre tu mesa. No quiero llamadas de amigos, no quiero distracciones de tu madre, no quiero una vida social que interfiera con mis necesidades. Tu tiempo me pertenece.
—¿Ni siquiera puedo llamar para saber cómo está mi madre? —la voz me tembló, y me odié por mostrar debilidad ante él.
Leonardo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el escritorio. Una chispa de fría crueldad brilló en sus pupilas.
—Tu madre está bajo el cuidado de los mejores médicos en la clínica que yo mismo estoy pagando desde esta mañana. Si hay una emergencia, los médicos me llamarán a mí. Tú no tienes por qué preocuparte... a menos que decidas romper el contrato y dejarla en la calle. ¿Es eso lo que quieres?
El chantaje implícito me golpeó el pecho como un puño físico. Me obligué a apartar la mirada para que no viera las lágrimas de rabia que amenazaban con salir.
—No, señor Montesinos —susurré, abriendo el cajón de mi nueva mesa para lanzar mi teléfono dentro, como si estuviera encerrando una parte de mi alma.
—Excelente. Empieza a digitalizar estos archivos.
El resto de la mañana se convirtió en una tortura silenciosa. El sonido de mis dedos sobre el teclado era lo único que rompía el gélido ambiente del despacho. Leonardo se sumergió en videoconferencias y llamadas internacionales, ignorando mi presencia por completo, como si yo fuera un mueble más. Sin embargo, podía sentir su mirada clavada en mi nuca cada vez que me movía. Era una presión constante, un recordatorio de que estaba atrapada.
A las dos de la tarde, Leonardo salió para una reunión almuerzo sin decir una sola palabra. El silencio que dejó a su paso fue un alivio instantáneo. Me levanté de la silla, estirando las piernas por la tensión, y me acerqué a la gran estantería de madera que ocupaba la pared trasera de la oficina.
Había libros de economía, derecho internacional y biografías de magnates, pero en la esquina inferior, casi oculta, vi una hilera de carpetas de cuero antiguo que no encajaban con la estética moderna del lugar. El membrete de una de ellas me heló la sangre: Mendoza & Asociados. Auditoría 2018.
Era la antigua constructora de mi padre. La que quebró hace años, mucho antes de que empezara la crisis final que lo llevó a la muerte. Con el corazón latiéndome a mil por hora, saqué la carpeta y la abrí sobre mis manos. Mis ojos recorrieron fechas, balances y transacciones. No entendía mucho de contabilidad avanzada, pero algo me llamó la atención: una serie de transferencias millonarias desde la empresa de mi padre hacia una cuenta fantasma, justo en el mismo mes en que el padre de Leonardo, el fundador original de Montesinos Holding, se había suicidado tras un escándalo financiero.
Se me cortó la respiración. ¿Mi padre había tenido algo que ver con la ruina de la familia de Leonardo?
—Te dije que no quería desorden, Mendoza.
La voz de Leonardo, tan fría y repentina como una ráfaga de viento ártico, me hizo dar un brinco. La carpeta se me resbaló de las manos y las hojas se esparcieron por el suelo de parqué. Él estaba de pie bajo el umbral de la puerta. No se veía enojado; su rostro estaba completamente inexpresivo, lo cual lo hacía diez veces más aterrador. Se acercó a mí con pasos lentos y felinos, deteniéndose justo antes de pisar los papeles. Miró el suelo y luego me miró a mí. La tensión en el aire se volvió tan espesa que casi podía cortarse.
—¿Qué estás haciendo con eso? —preguntó, su voz bajando a un tono peligrosamente suave.