Bajo la Sombra del Ceo Cruel

CAPÍTULO 3 Insoportablemente cruel

Me temblaban las manos mientras recogía del suelo los documentos que acababan de destapar un pasado que no sabía que existía. Cada hoja era un pedazo de verdad que Leonardo parecía guardar como un arma secreta, lista para ser usada en el momento más cruel. Mis dedos rozaron el membrete de Mendoza & Asociados una vez más, y sentí un vuelco en el estómago. No entendía mucho de números, pero entendía de silencios. Y aquel expediente guardaba demasiados.

Cuando por fin reuní los papeles y devolví la carpeta a su lugar —con sumo cuidado, como si fuera una bomba a punto de estallar—, me obligué a girarme para enfrentarlo. Él ya estaba sentado otra vez, con la mirada fija en la pantalla de su computadora, tecleando con una indiferencia que parecía coreografiada. Como si lo ocurrido jamás hubiera pasado. Como si yo no existiera.

—No tuve nada que ver con lo que hizo mi padre —dije, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz, porque por dentro era un manojo de nervios.

Leonardo levantó la vista. Esa frialdad en sus ojos me recorrió la espalda como una corriente helada. Durante unos segundos, no dijo nada. Solo me miró, con esa forma suya de desnudar a las personas sin tocarlas.

—El árbol genealógico no se poda, Lucía —respondió al fin, con una lentitud que hacía cada palabra más pesada—. Las culpas se heredan igual que las enfermedades. ¿O acaso no viniste a pedir clemencia cuando tu madre cayó enferma y nadie más en este mundo quiso ayudarte?

—Vine a trabajar —respondí, apretando los puños a los costados para que no notara el temblor de mis manos—. Firmé un contrato. Voy a cumplirlo. Pero no voy a pagar por crímenes que no cometí.

Leonardo soltó una risa seca, sin humor. Se levantó de la silla con una lentitud calculada, como un depredador que sabe que su presa no tiene adónde huir. Caminó hacia mí, y esta vez no me acorraló contra la estantería. Se limitó a detenerse a un par de pasos, dejando que la distancia entre nosotros se sintiera como un abismo.

—¿Crees que la justicia funciona así, Mendoza? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Crees que el mundo se divide entre culpables e inocentes con una línea clara? Tu padre arruinó a mi familia. Destruyó el nombre de mi padre. Lo empujó a tomar una decisión de la que nunca pudo volver. Y ahora tú estás aquí, con su misma sangre, queriendo que yo haga la diferencia entre tú y él.

—Porque la hay —respondí, sintiendo que la indignación le ganaba la batalla al miedo—. Yo no soy mi padre. Nunca lo fui.

—Da lo mismo —dijo él, y su voz se volvió peligrosamente suave—. Pagarás igual. Con cada hora, con cada minuto de tu tiempo que me pertenece. Con cada café que me sirves, con cada archivo que digitalizas, con cada día que te sientas en esa mesa de cristal y respires el mismo aire que yo. Y cuando termine el año, cuando tu madre esté sana y el contrato se cumpla, seré yo quien decida si te quedas o te vas.

—No va a sobornarme con mi propia libertad —repliqué, aunque mis piernas temblaban y estoy segura de que lo notó.

—No te estoy sobornando, Lucía. Te estoy advirtiendo.

Se dio la vuelta y regresó a su asiento, dejándome plantada en medio del despacho con el pecho encendido de rabia y confusión. El silencio volvió a caer sobre la habitación, denso y frío. Solo se oía el zumbido apenas perceptible del edificio, ese ruido de los rascacielos que nunca están del todo en calma.

Me obligué a volver a mi sitio. Me senté frente a la pantalla, retomé la digitalización de los archivos, pero mi mente ya no estaba en los números. Estaba en esa carpeta de cuero viejo. En la fecha: 2018. En las transferencias millonarias que mi padre había hecho hacia una cuenta que no figuraba a nombre de nadie.

¿Qué demonios había hecho mi padre?

A las seis de la tarde, Leonardo se puso el abrigo sin mediar palabra. Ya tenía la mano en el picaporte de la puerta cuando se detuvo.

—Mañana a las siete. No llegues tarde.

Y se fue.

El ascensor tardó una eternidad en llegar. Cuando por fin bajé a la planta baja, crucé el vestíbulo de mármol sintiéndome diminuta, vigilada. El guardia de seguridad me dedicó una mirada de reojo, como si supiera algo que yo no. Afuera, la noche cayó sobre el complejo empresarial, y la llovizna fina humedeció mis hombros mientras caminaba hacia la parada del autobús.

En el bolsillo de mi chaqueta, el teléfono seguía apagado, dentro del cajón de esa mesa de cristal. Leonardo me lo había arrancado como quien arranca una venda. Sin él, sin nadie a quien llamar, el camino de regreso al pequeño apartamento que compartía con mi madre se sintió más largo que nunca.

Al llegar, la encontré dormida en el sofá, con la manta de lana subida hasta la barbilla. Su respiración era débil, pero constante. Me arrodillé a su lado y apoyé la frente en el borde del sofá, cerrando los ojos.

—Todo va a salir bien, mamá —susurré, aunque ya no estaba segura de nada.

Aquella noche no pude dormir. Di vueltas en la cama, repasando una y otra vez lo que había visto en la carpeta. Pensé en llamar a algún amigo de mi padre, a algún abogado, a cualquiera que pudiera explicarme qué demonios había pasado entre las dos familias. Pero no tenía teléfono. Y aunque lo tuviera, ¿a quién iba a llamar? Todos dieron la espalda a los Mendoza después de la quiebra.




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